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domingo, 27 de diciembre de 2015

DOMINGO INFRAOCTAVA DE NAVIDAD (Sagrada Familia)


Primera Lectura: Eclo 3,2-6.12-14
Salmo Responsorial: Salmo 127
Segunda Lectura: Col 3, 12-21
Evangelio: Lc 2, 42-52


Fiesta de la familia, proclama la liturgia. Fiesta de la familia concreta, objetiva, real de la que cada uno proviene o que cada uno ha formado o desea formar. En estos tiempos, esta fiesta chirría y nos hace pensar: es casi una provocación que sobrevuela por encima de nuestros líos políticos y sociales al respecto, que infunde vigor y energía a nuestra cotidianidad, que da densidad a nuestra Navidad, socialmente tan aguada.
Qué nos guste o no, la familia está y permanece en el corazón de nuestro recorrido vital, de nuestra educación, a menudo es causa de mucho sufrimiento, de alguna desilusión y, gracias a Dios, causa de inmensa alegría.
Es bonito que Dios haya querido experimentar la experiencia familiar.
Da que pensar que, para hacerlo, haya elegido una familia tan desdichada y complicada.
Asombra que la Iglesia se obstine en proponer esta familia como modelo, una familia en la que la pareja vive en la abstinencia, el hijo es la presencia del Verbo de Dios, y los esposos se ven obligados a escapar a causa de la imprevista notoriedad del recién nacido...
Pero no es en esta diversidad en lo que queremos seguir a María y José, sino en su concreción de pareja que ve su vida trastocada por la acción de Dios y el delirio de los hombres; en su capacidad de ponerse en juego, en serio, sin chantajes, sin angustias, para formar parte de un proyecto más grande, el que Dios tiene sobre el mundo.
María abraza fuerte contra sí al recién nacido que siente el calor y el olor de su piel. José está ahora más sereno. La aventura del nacimiento de su hijo primogénito lejos de casa le ha puesto fuertemente a prueba pero ahora, después de aquella tumultuosa noche llena de emociones y señales, el joven José se siente lleno de confianza en el futuro. Jesús ya ha sido ofrecido al Dios de Israel, como estaba prescrito, y en el grandioso Templo de Jerusalén un viejo sacerdote ha cogido al niño en brazos profetizando sobre él. Después de la larga y dolorosa permanencia en Egipto, María y José vuelven a Nazaret, dónde Jesús crece.
Y en Jerusalén es también donde un Jesús adolescente se escapa de sus padres, para discutir con los doctores de la Ley, como nos narra el evangelio de hoy. ¡Qué bonito es encontrar a unos padres en dificultad con el hijo en plena juvenil!

Dura realidad
Se podría seguir varias páginas, en una torpe tentativa de concretar las aventuras de la familia de Nazaret. Pero estamos todos tan cogidos por las emociones de la Navidad que hasta podemos olvidar, o pasar por alto, el peso concreto que, como cada familia, María y José han tenido que afrontar.
Hoy celebramos a la Sagrada Familia, tan diferente de nuestras familias, con una madre Virgen, un padre adoptivo y un hijo que es Dios, y sin embargo tan idéntica a las nuestras en lo que a las dinámicas afectivas se refiere.

viernes, 25 de diciembre de 2015

SOLEMNIDAD DE LA NATIVIDAD DEL SEÑOR (C)


Primera Lectura: Is 52, 7-10
Salmo Responsorial: Salmo 97
Segunda Lectura: Heb 1, 1-6
Evangelio: Jn 1, 1-18


Contemplación
Aquel niño grita, llora, hipa, gime con una lastimera voz, como hacen los cachorros de hombre recién nacidos. Con sus ojos entornados y las minúsculas manos cerradas en un puño, apoya la cara arrugada en el tierno seno de su madre. Por un instante abre los ojos, como para asegurarse, luego cae de nuevo en el sueño.
La madre, inexperta, saca mete el dedo meñique en una taza de barro y se lo apoya en los pequeños labios que se entreabren y se bañan de leche de cabra.
El frío del desierto roza las casas de Belén y María arregla la manta de lana que protege el cuerpo desnudo del recién nacido. Sonríe, María, y mira a su  firme apoyo, José, sentado sobre la paja, exhausto del largo viaje y de las emociones de las últimas horas.
También yo guardo silencio, en un rincón del establo, sin hacer ruido, suspendido entre la emoción y el cansancio. San Ignacio dice en sus Ejercicios, en la Contemplación del Nacimiento, que contemplemos las personas, a nuestra Señora, a José y al niño Jesús, haciéndome yo un pobrecito y esclavito indigno, mirándolos, contemplándolos, y sirviéndolos en sus necesidades, como si presente me hallase, con todo acatamiento y reverencia…
He venido aquí con mi oración, en un rincón, sin molestar. Impactado por esta crisis global que parece no acabar, por los miedos ante el futuro, por la locura que está arrastrando nuestro mundo hacia el abismo. Luego miro a María y José, y pienso en cuánto más duro fue para ellos, para esta esta joven pareja.      Y aquí está Dios. 
Y veinte siglos después seguimos todavía descolocados por este hallazgo en nuestra contemplación: aquí, en el pesebre está Dios. A miles de kilómetros de la espantosa imagen que de Él nos hemos hecho. Dios es así realmente: aquel niño es Dios. Un inerme enorme, poderosamente frágil, débil por elección.
Un recién nacido que suscita ternura, que dan ganas de cogerlo en brazos y acariciarlo.
Y también aquí está el hombre
María ha creído en las palabras del arcángel Gabriel y ha puesto su vida en las manos de Dios. Y ahora está allí, con el misterio del universo apretado contra sí. Trastornada y meditabunda, con su inmenso corazón de discípula, fluctuando entre la alegría de haberse convertido en madre y el asombro de tener a Dios colgado del cuello. María, la primera entre los locos de Dios, la primera creyente, la primera entre las mujeres, benditas hijas de Eva, que comparten con Dios el poder de engendrar la vida.

domingo, 20 de diciembre de 2015

DOMINGO 4º DE ADVIENTO (Ciclo C)


Primera Lectura: Miq 5, 1-4
Salmo Responsorial: Salmo 79
Segunda Lectura Heb 10, 5-10
Evangelio: Lc 1, 39-45


Quedan pocos días para celebrar lo más inaudito de Dios.
No estamos simulando el nacimiento de Jesús. El Señor ya ha nacido, ha muerto, ha resucitado y vive glorioso. Nosotros, en este tiempo que nos es dado, en esta vida más o menos satisfactoria que vivimos, tenemos la tarea de dejar nacer Dios en nuestros corazones. No es Dios el que tiene que nacer, sino nosotros.
Cada Navidad es un  acontecimiento estrepitoso, extraordinario y único. Hoy tenemos que renacer.
En este mundo convulso y violento, con una crisis económica y de valores  que trunca el aliento, con la decadencia que estamos viviendo en occidente, con el miedo al futuro que nos hace a todos peores, es donde hemos de renacer dejando nacer a Dios en nuestros corazones. Dejarlo nacer no como cuando éramos jóvenes, no como hace un año, no como hace tres años, sino ahora en las circunstancias concretas de nuestra vida hoy.
Estamos llamados a mirar más allá, arriba, en el otro, dentro de cada uno. Dios viene. Se hace sitio entre el estiércol y elige nacer en el aire acre de un pequeño establo.

María
La pequeña María siente que su regazo crece, con aquella poesía y magia que sólo las mujeres, semejantes a Dios, pueden vivir. El Verbo de Dios crece dentro de ella, y con la Palabra hecha carne también crecen los titubeos y las dudas. María sube junto a Isabel: tal vez ella sabrá darle una respuesta definitiva a sus inquietudes, quizás ella sabrá decirle que sí, que todo lo que le pasa es verdad. Y así sucede.
Isabel se seca las manos en el mandil y reconoce a su pequeña prima  María, que ya se ha hecho mujer. Se le acerca sonriendo y moviendo la cabeza.
¿Cómo has hecho para creer?, le dice. Sólo una adolescente puedo tener el ánimo de creer. Sólo quién se atreve puede hacer milagros. Recordémoslo en este momento oscuro de la historia, en este inhumano año en el que, no obstante, hemos de redescubrir la fe. Una fe que hace bailar.

Danzas
Isabel lo sabe. Todo ha sido verdad, no fue un flash deslumbrante, no fue un golpe de sol. De verdad, aquel regazo porta lo incontenible.
María, sacudida aún por cuánto le ha sucedido, empieza a bailar con su divertida pariente, y a felicitar a Dios que la salva a ella y a nosotros. En sus palabras advertimos la tensión y el estupor ante lo inaudito que va tomando forma.
Es verdad. Dios ha elegido venir y hacerse presente. El Dios de Israel está aquí, en el vientre de aquella pequeña Hija de Sión.
No se trata sólo de las cansadas promesas escuchadas por la boca de un viejo rabino de Nazaret que suspira siguiendo con el dedo el pergamino desgastado del rollo de Isaías. Es verdad, todo es auténtico, Dios viene por fin.
Y las dos mujeres cantan y bailan y lloran en el soleado patio de la casa de la vieja Isabel. La generosa barriga con el crío que patalea dentro es la presencia de aquella profecía que señalaba al Mesías… y el Mesías ya está aquí.

domingo, 13 de diciembre de 2015

DOMINGO 3º DE ADVIENTO (Ciclo C)

Compartid, no robéis, no seáis violentos, vivid alegres...

Primera Lectura: Sof 3, 14-18
Salmo Responsorial: Is 12, 2-6
Segunda Lectura: Flp 4, 4-7
Evangelio: Lc 3, 10-18


Todos somos buscadores de felicidad. Nuestra vida se consume tras la afanada búsqueda de la alegría y podemos leer nuestras vidas conforme al deseo, que llevamos dentro de nosotros, de vivir en la alegría. Todos, bien o mal, buscamos la felicidad pero no sabemos bien a quién hacer caso.
También la Biblia tiene que algo decirnos en esto. En la Escritura se usan más de veinticinco términos para describir la felicidad. Y eso para desmentir a aquellos que piensan que la religión es una experiencia triste y dolorosa. Y también para invitar a los católicos, que viven la fe como una cruz, a convertirse a la alegría. En este tercer domingo de Adviento, a la espera del Señor, la alegría es la protagonista de la liturgia.
El profeta Sofonías exulta de júbilo porque ante la desastrosa indiferencia de Israel, el Señor, en lugar de azuzar su legítima cólera, promete una nueva alianza. Pablo invita los filipenses a alegrarse por la presencia del Señor que viene a visitarnos continuamente allá donde estemos. Pero es Juan Bautista, el protagonista del tiempo de Adviento, el que se atreve a más.

¿Qué debemos hacer?
La gente que ha bajado desde Jerusalén hasta las cercanías de Jericó para ver al Bautista, un profeta de pasión ardiente, queda turbada, inquieta, sacudida. ¿Y si Juan tuviera razón? ¿Si, de verdad,  la vida no fuera ese caos enmarañado que nos da más trabajo que alegrías? Es exigente Juan Bautista, duro como sólo los profetas saben serlo.
Alguno, se acerca tímidamente al profeta y le pregunta: ¿Qué debemos hacer? Ésta es también la pregunta que surge en nuestro corazón cuando nos miramos dentro, cuando dejamos que el silencio evidencie y desenmascare nuestra sed de felicidad y de bondad; cuando una tragedia inesperada nos despierta a la dureza y a la verdad de la vida; cuando queremos prepararnos a una Navidad que no se quede simplemente en un emotivo cosquilleo, sino que llegue a ser una auténtica conversión a la luz y a la paz, tan necesitada en estos tiempos.
Juan responde con pequeños consejos, banales en apariencia, muy distintos de las grandes proclamas que esperaríamos, de las exigentes opciones radicales que debería proclamar. Él responde: compartid, no robéis, no seáis  violentos. Uno se queda asombrado con esto… y hasta un poco decepcionado.

domingo, 6 de diciembre de 2015

DOMINGO 2º DE ADVIENTO (Ciclo C)


Primera Lectura: Bar 5, 1-9
Salmo Responsorial: Salmo 125
Segunda Lectura: Flp 1, 4-6.8-11
Evangelio: Lc 3, 1-6

Podemos celebrar cientos de navidades sin que Dios nazca jamás en nuestros corazones.
Por eso necesitamos un tiempo de interioridad, para poder de una vez acoger la luz del Señor. Para que el día de la llegada del Señor no nos caiga encima improvisadamente y nos encuentre desprevenidos. ¡Sería tragicómico pasar la vida invocando la llegada del Señor, y que no nos encuentre en el momento de su llegada interior!
Ciertamente, no es fácil y todo nos va contracorriente: las crisis económica y de valores, el ambiente pringoso que se estimula en este tiempo, el impulso navideño perpetrado por el mercado que hace su punto de apoyo en los buenos sentimientos para vender más, las dificultades de la vida de cada día.
No es fácil, pero es posible: Cristo nos pide levantar la mirada, en vez de lamentarnos, nos pide mirar más allá, nos pide mirar a otro lugar, siempre más allá. Lo importante es llegar a la verdadera Navidad con el corazón ligero, sin permitir que se nos recargue de disipación, de aturdimiento y de las preocupaciones de la vida.
Dios viene, él toma la iniciativa, él da el primer paso para acercarse a nosotros. La Escritura nos revela el rostro de un Dios que establece relaciones, que busca a cada persona, que la corteja. Pero la historia, espléndida y dramática, entre Israel y su Dios no ha sido siempre dichosa y fecunda.
Ahora, en el Adviento, Dios viene para explicarse, para contar quien es, para expresarse. Dios viene a revelarse.

Comienzo
El áulico y solemne inicio de la predicación del Bautista confirma la intención que tiene Lucas de contar acontecimientos históricos, no edificantes y piadosos cuentos de gente devota. Lucas, discípulo de Pablo, no ha visto a Jesús nunca en su vida. Como nosotros, es alguien que se sentido fascinado y seducido por la predicación de otros, en su caso, por el fuego de la palabra de Pablo. Lucas era antioqueno, un griego, culto y fino, que escribe su evangelio después de Marcos, contemporáneamente con Mateo. Y ya entonces Lucas quería demostrar que él no iba tras cuentos y fábulas sino su anuncio se basaba bases sólidas.
La descripción de la situación geo-política del tiempo de la predicación del Bautista nos asombra, y quiere recordarnos hoy, una y otra vez, que no corramos tras fantasías, porque nuestra fe se apoya en sólidas bases, (aunque algunos cristianos se comportan como personajes de opereta).
Tras las palabras de Lucas hay historia, no mitos. ¡Dios quiera que Lucas nos haga avergonzarnos, al menos un poco, de nuestra impresionante ignorancia evangélica!

Otras historias
Lucas quiere también decirnos otras cosas.
Todos los personajes, enumerados en el texto evangélico que hemos escuchado, quién más quién menos, tienen en su mano el poder absoluto, saben que pueden decidir la suerte de los pueblos; se sienten y son grandes. La Palabra de Dios elude elegantemente a todos los señores de la época y se posa sobre un machacado treintañero, macerado por el viento del desierto y por el ayuno, un loco de Dios hosco y rabioso que se consume en las riberas del Jordán; la Palabra de Dios se posa sobre Juan el Bautista.

domingo, 29 de noviembre de 2015

DOMINGO 1º DE ADVIENTO (Ciclo C)

"Levantaos, alzad la cabeza" (Lc 21, 28)
Primera Lectura: Jer 33, 14-16
Salmo Responsorial: Salmo 24
Segunda Lectura: 1 Tes 3, 12–4, 2
Evangelio: Lc 21, 25-28.34-36
   
Son las imágenes en tiempo real las que nos sacuden en profundidad. Las que andan rodando por internet, insoportables por su crudeza, tanto visual como de los profundos sentimientos de odio, violencia y venganza que anidan en el corazón humano. Como las noticias que cada mañana, antes de empezar el día, golpean de lleno en la cara al leer los periódicos nacionales e internacionales en línea.
Fotos que encuadran un cúmulo de ruinas de lo que queda de una casa destrozada por un cohete, asomando la cabeza de un niño de siete u ocho años, con el rostro acartonado en su última mirada de miedo, en medio de otros cadáveres de hombres y mujeres deshechos por la metralla. Daños colaterales, los llaman.
Y todo rodeado con explicaciones para justificar la necesidad de las intervenciones armadas, la inevitabilidad de tales daños, y unos y otros alineándose en pro o en contra de éstos o aquéllos. Todos, discutiendo y acusándose; en definitiva, alimentando la violencia que critican, pero sin dar un paso por construir la paz.
 La guerra en Siria, los refugiados que huyen del horror del Estado Islámico, son sólo uno de los muchos conflictos presentes en el mundo, y tantas veces olvidados porque a los poderosos no les interesa que tengan publicidad.
En esta situación, hoy, estrenamos un nuevo Adviento.

Navidades y sangre
¿Para qué sirve la presencia de Cristo entre nosotros? ¿Para qué sirve comenzar un nuevo Adviento y prepararnos a celebrar una Navidad cada vez menos cristiana, tratando de quitarnos de encima una crisis económica y de valores que nos ha llevado por delante? ¿Para qué sirve repetir y remachar las cosas, rebuscar y rezar, si la impresión que tenemos es de estar rodeados por una muerte que no acaba?
En este triste comienzo del camino de Adviento, es Lucas el que viene en nuestro socorro. Viene para espabilarnos y animarnos.

viernes, 27 de noviembre de 2015

27 de noviembre de 1975


Majestades.
Excelentísimos señores de las Misiones Extraordinarias.
Excelentísimo señor Presidente del Gobierno.
Excelentísimo señor Presidente de las Cortes y del Consejo del Reino.
Excelentísimos señores.
Hermanos:

Habéis querido, Majestad, que invoquemos con Vos al Espíritu Santo en el momento en que accedéis al Trono de España. Vuestro deseo corresponde a una antigua y amplia tradición: la que a lo largo de la historia busca la luz y el apoyo del Espíritu de sabiduría en la coronación de los Papas y de los Reyes, en la convocación de los Cónclaves y de los Concilios, en el comienzo de las actividades culturales de Universidades y Academias, en la deliberación de los Consejos.
Y no se trata, evidentemente, de ceder al peso de una costumbre: En Vuestro gesto hay un reconocimiento público de que nos hace falta la luz y la ayuda de Dios en esta hora. Los creyentes sabemos que, aunque Dios ha dejado el mundo a nuestra propia responsabilidad y a merced de nuestro esfuerzo y nuestro ingenio, necesitamos de Él, para acertar en nuestra tarea; sabemos que aunque es el hombre el protagonista de su historia, difícilmente podrá construirla según los planes de Dios, que no son otros que el bien de los hombres, si el Espíritu no nos ilumina y fortalece. Él es la luz, la fuerza, el guía que orienta toda la vida humana, incluida la actividad temporal y política.
Esta petición de ayuda a Dios subraya, además, la excepcional importancia de la hora que vivimos y también su extraordinaria dificultad. Tomáis las riendas del Estado en una hora de tránsito, después de muchos años en que una figura excepcional, ya histórica, asumió el poder de forma y en circunstancias extraordinarias. España, con la participación de todos y bajo Vuestro cuidado, avanza en su camino y será necesaria la colaboración de todos, la prudencia de todos, el talento y la decisión de todos para que sea el camino de la paz, del progreso, de la libertad y del respeto mutuo que todos deseamos. Sobre nuestro esfuerzo descenderá la bendición de quien es el «dador de todo bien». Él no hará imposibles nuestros errores, porque humano es errar; ni suplirá nuestra desidia o nuestra inhibición, pero sí nos ayudará a corregirlos, completará nuestra sinceridad con su luz y fortalecerá nuestro empeño.
Por eso hemos acogido con emocionada complacencia este Vuestro deseo de orar junto a Vos en esta hora. La Iglesia se siente comprometida con la Patria. Los miembros de la Iglesia de España son también miembros de la comunidad nacional y sienten muy viva su responsabilidad como tales. Saben que su tarea de trabajar como españoles y de orar como cristianos son dos tareas distintas, pero en nada contrapuestas y en mucho coincidentes. La Iglesia, que comprende, valora y aprecia la enorme carga que en este momento echáis sobre Vuestros hombros, y que agradece la generosidad con que os entregáis al servicio de la comunidad nacional, no puede, no podría en modo alguno regatearos su estima y su oración.

domingo, 22 de noviembre de 2015

SOLEMNIDAD DE CRISTO REY Domingo 34º del Tiempo Ordinario (Ciclo B)


Primera Lectura: Dn 7, 13-14
Salmo Responsorial: Salmo 92
Segunda Lectura: Ap 1, 5-8
Evangelio: Jn 18, 33-37


Nuestro año litúrgico termina con una no-fiesta, una fiesta de apariencia solemne, que habla de un rey, que habla de triunfos, que desempolva tal vez  los antiguos lujos de una iglesia militante en permanente choque con el poder mundano – recordar la doctrina de las dos espadas, la del Papa y la del Emperador, en los primeros siglos de la cristiandad -, un poder a veces secretamente deseado, a veces confrontado, que imagina muy ingenuamente, la victoria definitiva de Cristo en esta tierra, más bien como ambición que como realidad.
Una fiesta que vuelve a invocar una improbable soberanía de Cristo, como un happy end, un final feliz  que necesitamos absolutamente para fijarnos en el año que está pasando y relanzar el año que está por venir.
Pero al leer el evangelio uno se queda desconcertado, como es natural.

Poderes
Hay dos poderes en confrontación: el de la Roma imperial y de su representante, el procurador Poncio Pilatos, y aquel desventurado y ridículo carpintero de Nazaret que se hace pasar por Dios.
El gran Juan, en la obra maestra del diálogo entre Jesús y Pilatos, pone en escena una verdadera representación teatral: Pilatos se cree fuerte, cree tener bien agarrado a ese fantoche y lo desprecia, a él y todos los judíos que le obligan a usar mano de hierro y que, según nos cuenta la historia, se estaban volviendo la piedra de tropiezo en su carrera hacia el Senado.
Pilatos se divierte tomando el pelo a ese pobre carpintero que también ha perdido el apoyo de sus superiores religiosos. Bromea, lo escarnece, le propone un diálogo aparentemente justo, finge justicia y equidad.
El poder a menudo se convierte en una farsa y una burla, que sólo se defiende a sí mismo y se enfrenta a quien lo obstaculiza.
Los saduceos y los sacerdotes del templo tienen que pedir permiso al odiado Pilatos, que detenta el ius gladii, el derecho de muerte, para deshacerse de aquel embarazoso Nazareno.
El Sanedrín quiere matar a Jesús pero no puede. Pilatos quiere salvar a Jesús para humillar al Sanedrín pero no puede. Ambos terminarán haciendo lo que no quieren. Las componendas, el miedo y el cálculo los hacen convertirse en títeres de sus propias ambiciones.
Pilatos, durante todo el diálogo con Jesús, sólo hace preguntas. No se cuestiona, sólo pregunta. Y, además, no escucha las respuestas.

Tú lo dices
“¿Eres rey?”  - “Tú lo dices”, responde Jesús a Pilatos.
“¿Eres el Hijo de Dios Altísimo?”  - “Tú lo dices”, responde  Jesús al Sumo Sacerdote en otro lugar.
“Tú lo dices”: somos libres de creer o no, Dios no se impone, nunca.
Más aún, la apariencia engaña: este hombre derrotado no se parece en nada a un rey, y mucho menos a un Dios. Esto siempre será así:  nuestro Dios se esconde, nos deja libres, remueve nuestras conciencias, nos pide que nos alineemos, nos obliga a hacer una elección.
El poder que Jesús viene a ejercer es el poder que está al servicio de la verdad. Que no se nutre a sí mismo, que no se da autobombo, que huye de la gloria y de la apariencia.

Preguntas impertinentes
Vaya clase de rey que nos ha tocado, amigos, un rey de opereta que entra en Jerusalén cabalgando en un pollino, y no un caballo blanco; un rey ultrajado y burlado por unos aburridos soldados romanos; un rey que suscita la compasión y el desprecio del intranquilo gobernador Pilatos. Vaya rey, sin ejército, sin poder, sin furia, sin delirios de omnipotencia.

domingo, 15 de noviembre de 2015

DOMINGO 33º DEL TIEMPO ORDINARIO (Ciclo B)


 Primera Lectura: Dn 12, 1-3
Salmo Responsorial: Sal 15
Segunda Lectura: Heb 10, 11-14.18
Evangelio: Mc 13, 24-32

Estamos a punto de concluir el año litúrgico; dentro de poco despediremos a Marcos y su evangelio para iniciar, junto con Lucas, un nuevo recorrido en preparación de la Navidad. Pero antes, Marcos nos invita todavía a una reflexión incómoda y comprometida.
En estos tiempos en que todos estamos ocupados en sobrevivir, la Iglesia se atreve a pedirnos ir más allá, a no pararnos a una visión pequeñita y autorreferencial de nuestra vida.
Hoy la Palabra de Dios nos orienta en una dirección difícil y comprometida, nos invita a mirar hacia adelante, hacia otro lugar y con otra mirada.

Crisis
La comunidad de Marco estaba en dificultad. En la década de los 60 del siglo I ayuda a comprender lo que dice el texto de este domingo.
- El año 61 hubo un gran terremoto en Asia Menor que destruyó doce ciudades en una sola noche
- El 63 hubo un terremoto en Pompeya y Herculano, distinto de la erupción del Vesubio el año 79.
- El 64 tuvo lugar el incendio de Roma, al parecer decidido por Nerón y del que culpó a los cristianos.
- El 66 se produce la rebelión de los judíos contra Roma; la guerra durará hasta el año 70 y terminará con el incendio del templo y de Jerusalén.
- El 68 hubo otro terremoto en Roma, poco antes de la muerte de Nerón.
- El 69, profunda crisis a la muerte de Nerón, con tres emperadores en un solo año (Otón, Vitelio y Vespasiano).
 En la mentalidad apocalíptica, terremotos, incendios, guerras, disensiones son signos indiscutibles de que el fin del mundo es inminente. El imperio romano atravesaba una crisis profunda, pareciendo estar en disolución. La situación era muy parecida a la que estamos viviendo, una situación de final de sistema, de transición de época. Algunos exegetas incluso creen que Marcos reabrió su obra, ya concluida, para insertar un capítulo nuevo, el decimotercero, redactado precisamente para alentar a los discípulos.
El lenguaje es el habitual en tiempo de Jesús, hecho de imágenes enigmáticas y de hipérboles, no para tomarlo al pie de la letra sino para ser interpretado correctamente. Es un mensaje de esperanza que no quiere asustar sino alentar: caerán las estrellas, es decir los astros venerados por las religiones paganas. La pequeña fe cristiana, en cambio, está protegida por su Señor y no tiene que nada temer.
¿Qué sucederá mañana? ¿Cómo va a acabar la Historia? ¿Qué será de nosotros?
Muchas predicaciones, más bien medievales, y películas de “serie B” nos representan el fin del mundo como un delirio de llamas y destrucción, como un juicio final hecho de calima y de miedo.
No es así. Nosotros creemos que Cristo, resucitado y ascendido al Padre, volverá en la plenitud de los tiempos, volverá para completar su Reino, las almas de nuestros difuntos retomarán los mismos cuerpos transfigurados y renacidos y eso será la plenitud. Entretanto – y esto es verdaderamente doloroso – el simpático de Dios nos ha confiado, a esta frágil Iglesia, la tarea de hacer crecer su Reino en esta tierra.

domingo, 8 de noviembre de 2015

DOMINGO 32º DEL TIEMPO ORDINARIO (Ciclo B)

Verdadera pobreza = dar con el corazón
Primera Lectura: 1 Re 17, 10-16
Salmo Responsorial: Sal 145
Segunda Lectura: Heb 9, 24-28
Evangelio: Mc 12, 38-44

Al fin del año litúrgico y del comentario del evangelio de Marcos, vamos encadenando una serie de páginas centrales, desconcertantes y urticantes, de cosas que sería tan bonito quitar de nuestro cristianismo “hecho a medida” y que, en cambio, nos son dadas como perlas preciosas, como ocasión para reemprender el camino de la fe.
 La invitación de Jesús, hoy, es un inquietante latigazo que nos deja pasmados: pocas veces, en los evangelios, expresa el Señor de manera tan directa su preocupación. Los discípulos – nosotros - pueden llegar a ser como los escribas, ésta es la preocupación del Maestro. Y tenía de qué preocuparse.

Escribas
Los escribas, en un principio, eran sencillamente personas que sabían leer y escribir, y que por tanto asumieron un papel importante para la transmisión de los documentos importantes. Luego, con la reforma del devoto rey Josías, unos siglos antes de Cristo, su importancia fue aumentando excesivamente, hasta ser ellos los que custodiaban la Ley, los que la interpretaban y los que juzgaban  si alguien la violaba.
Jesús los acusa sin contemplaciones y sin medias tintas.
Son vanidosos y hacen de su servicio una desmedida búsqueda de poder. Quieren vestir un uniforme para hacerse reconocer, quieren el respeto temeroso de los pobres ciudadanos, les gusta ser considerados como autoridad, están siempre presentes en los acontecimientos sociales, gozan de su posición y no perdonan la ocasión de mostrarse ostentosamente.
Pienso en la denuncia constante que el Papa Francisco hace del “carrerismo” de los clérigos dentro de la Iglesia. Buscar desaforadamente los primeros sitios, las vestimentas, los aplausos y las invitaciones oficiales, ejercen un maligno atractivo sobre muchos pastores que no se dan cuenta de que se han convertido en un espectáculo que aleja a tantas personas del evangelio y de la Iglesia. Son un grave contra testimonio.
Pero también en nuestro pequeño mundo podemos soñar con llegar a ser como los escribas buscando la visibilidad y el honor en lo que hacemos y decimos. Tenemos que juzgarnos de verdad a nosotros mismos con severidad.
  
Escribas y viudas
Los escribas devoraban los dineros de las viudas, hemos escuchado en el evangelio. Si la viudez ya representa un estado de gran dolor, de laceración interior, de trituración de los afectos, quedar viudas en tiempo de Jesús, era una verdadera tragedia.

domingo, 25 de octubre de 2015

DOMINGO 30º DEL TIEMPO ORDINARIO (Ciclo B)


Primera Lectura: Jer 31, 7-9
Salmo Responsorial: Sal 125
Segunda Lectura: Heb 5, 1-6
Evangelio: Mc 10, 46-52

  
Jesús está a punto de subir a Jerusalén. Menos de treinta kilómetros lo separan de su muerte.
La última etapa, Jericó, cierra la parte central del evangelio de Marcos. En las últimas semanas hemos leído los variados discursos que Jesús les ha hecho a sus discípulos, temas centrales como el matrimonio, el seguimiento, la pobreza. Pero los discípulos, todavía el domingo pasado, parecen no entender nada.
Jericó era la última etapa para los romeros que subían a Jerusalén: por eso, a la salida de la ciudad, decenas de mendigos se amontonaban esperando conseguir algunas monedas de los pasajeros bien dispuestos.
Entre ellos Bartimeo, que se va a convertir en el modelo del discípulo.

Bartimeo
La narración de la curación del ciego es una brillante metáfora del camino que hace un discípulo. El camino del verdadero discípulo. No como los apóstoles que están ciegos de verdad, ilusionados todavía con fundar un reino terrenal, minimizando las profecías referidas a la muerte de Jesús.
Bartimeo está en la cuneta del camino, no puede hacer más que esperar como muchas personas que encontramos hoy, resignadas por la situación económica, por el desaliento existencial, con una perspectiva limitada y asfixiante de la vida. Como tantos, Bartimeo sólo vive de limosna.
Hasta que oye hablar de Jesús. No lo conoce, pero alguien le había contado cosas de él. Ahora el deseo y la curiosidad, toman la delantera.
Bartimeo empieza susurrando y termina gritando. Pide piedad.
Piedad, porque no tiene luz en el corazón. Piedad, porque está paralizado por el miedo. Piedad, porque no sabe lo qué hacer.
Como ese grito atávico que sale de lo profundo cuando la vida nos apalea y no nos resignamos. Como ese deseo que parece volverse loco en nosotros cuando nos planteamos el sentido de la vida. Como la toma de conciencia de ser mendigo, cuando no tenemos en nosotros mismos las respuestas que buscamos, y tenemos que esperarlas de otros.

Silencios y gritos
A Bartimeo se le pide cortésmente que se calle. Como nos solicitan a nosotros en tantas ocasiones.
Nos lo piden los amigos del bar; los que consideran una tontería el descubrimiento de la interioridad; los que, sin haber buscado, impiden que otros partan y salgan de sí. Pero también nos lo piden los creyentes que ponen palos en las ruedas y límites a la acción de Dios; los que ponen condiciones, que miran desde lo alto  y desde la prepotencia de sus certezas de fe a quién mendiga un poco de sentido.
Es mejor guardar silencio, amigos, resignarse... Dios no existe y, si existe, seguro que no es para alguien cómo tú…
En cambio Bartimeo grita, vocea.

domingo, 18 de octubre de 2015

DOMINGO 29º DEL TIEMPO ORDINARIO (Ciclo B)


 Primera Lectura: Is 53, 10-11
Salmo Responsorial: Salmo 32
Segunda Lectura: Heb 4, 14-16
Evangelio: Mc 10, 35-45


Lo apóstoles no entendieron nada. La escena del hombre rico se cerró con la apremiante pregunta de los Doce, hecha por Pedro en nombre de todos: ¿y nosotros que lo hemos dejado todo, qué?
Jesús los animó: dejar todo por el Reino significa encontrar cosas nuevas... lo del ciento por uno. Fin, aplauso, se acabó.
Luego, continúa el evangelio de Marcos con el tercer anuncio de la Pasión. Con un Jesús visiblemente aturdido que les cuenta a sus amigos que está dispuesto a morir con tal que no traicionar la imagen de Dios que lleva impresa en su corazón.
Es el evangelio de hoy. Uno de los más terribles que la historia nos ha entregado. Efectivamente, los exegetas hacen notar que, cuando Marcos escribe el evangelio, el arrogante Santiago ya había sido matado, y Juan pasará la vida hablando de Jesús más que pensando en en ningún cargo de gobierno. Aprendieron la lección… a la fuerza.
Un evangelio tan fuerte que Lucas lo salta a pie juntillas y Mateo lo suaviza, atribuyéndole a la madre de los “boanerges” esta inconsciente iniciativa.
La cosa es que parece que los discípulos lo dejaron todo. En teoría.

Incomprensión
Los protagonistas hoy, son Juan y Santiago. Juan el perfecto, el místico, el águila, la profundidad, le pide a Jesús una recomendación, pide sentarse a la derecha de Jesús en el momento en que se establezca el Reino de los cielos, concibiéndolo como un reino político e inmediato, a punto de producirse.
No basta con haber tenido grandes dones místicos y señales de la presencia de Dios en la oración para evitar cometer enormes errores. También los hermanos y las hermanas que, entre nosotros, hayan elegido el camino de la contemplación tienen que vigilar siempre el riesgo de la gloria mundana querida y buscada...
La paradoja es buscada por Marco. No se trata de un fervoroso joven que patina tan clamorosamente, sino de dos discípulos que, apenas han oído el tercer anuncio de la Pasión, buscan la vía de escape en el poder. ¡Peor aún, los otros diez la toman con ellos por haberse atrevido a ser los primeros en tomar la iniciativa de lo que todos estaban pensando!
Marcos parece remitir aquí a la trágica situación de Israel cuando, muerto Salomón, se dividiría en dos partes, con diez tribus al norte y a dos al sur.
Jesús queda, de nuevo, desconcertado. Sabe que su Reino es servicio, sabe que su postura le va a costar sangre y estos tipos hablando de privilegios y de cargos, de primas y de beneficios.
Parece que estamos leyendo uno de los miserables informes actuales en los que políticos cortos y mezquinos malversan dinero público mientras muchas familias se hunden en la desesperación. Terrible.

domingo, 11 de octubre de 2015

DOMINGO 28º DEL TIEMPO ORDINARIO (Ciclo B)


 Primera lectura: Sab 7, 7-11
Salmo Responsorial: Salmo 89
Segunda lectura: Heb 4, 12-13
Evangelio: Mc 10, 17-30



Un hombre rico se acerca a Jesús corriendo, como si tuviera una enfermedad. Corre para saber cómo vivir en la lógica de Dios.
Es correcto y honesto en su planteamiento: sabe que la salvación no “se merece” sino que se recibe en herencia si se desea con corazón puro. Es una postura teológicamente impecable.
Jesús lo acoge con simpatía, y le pide con sencillez que observe los mandamientos. Y fijaros: Jesús ignora los primeros, los que se refieren a Dios, y se centra en los que se refieren a las personas. Es decir: sólo sirviendo al ser humano respetamos y damos gusto al Dios que lo ha creado.
El rico contesta que esos mandamientos los ha observado siempre, desde su más tierna edad. Quizás tenga razón, quizás presuma, da lo mismo. Jesús lo ama, mirándole fijamente.
Una mirada de bien, una mirada que ve lo positivo, aunque el rico exagere. Jesús tiene siempre y para siempre una mirada positiva sobre de nosotros, también cuando disimulamos y no vemos las sombras de nuestro corazón.
Jesús ama y pide. Pide porque ama. Y se atreve a pedir todo: “deja todas tus riquezas”. Y aquí se acaba el rollito místico.

Riquezas
Marcos pone en la mitad de su evangelio las cosas más comprometidas: la semana pasada el matrimonio, hoy las riquezas. Es necesario conocer Cristo antes de poder vivir sus irritantes exigencias, sentirnos queridos antes de poder atrevernos a hacer nada.
Jesús no le pide al rico que tire el dinero, sino que lo comparta. Le pide entrar en la lógica de sentirnos hermanos, de saber que la riqueza es un regalo de Dios, pero que la pobreza es culpa del rico.
El rico no se entera, seguirá siendo rico, pero triste. No usa la sabiduría de la que habla e invoca la primera lectura que hemos escuchado. Ni acoge la espada de la Palabra que penetra hasta el fondo, descrita en la Carta a los Hebreos.
Su problema no es la riqueza sino el egoísmo. Lo entienden muy bien los discípulos, que no son ricos pero que sienten malestar por esta Palabra. Hermanos, la riqueza no es cuestión de cartera sino de corazón.
Jesús insiste: una lógica tan mezquina, “rica”, impide entrar en la lógica de Dios. ¡Incluso la familia (!) puede convertirse en una rica posesión, incluso los afectos. Por eso hace falta dejarlo todo, y el Señor nos lo devuelve todo de la manera correcta.

Lo original
Jesús no condena a toda costa la riqueza, ni exalta la pobreza sin más.
Lo digo porque a menudo nosotros los católicos resbalamos en el moralismo criticando el dinero… sobre todo de los otros, e invitando a la generosidad… también de los otros. Jesús, en cambio, ama al hombre rico, lo mira con ternura, ve en él una gran fuerza y la posibilidad de crecer en la fe. Le pide librarse de todo para tener más, le pide hacer la mejor inversión de su vida.