Traducir

Buscar este blog

domingo, 26 de abril de 2015

DOMINGO 4º DE PASCUA (Ciclo B)

Primera lectura: Hch 4, 8-12
Salmo Responsorial: Salmo 117
Segunda lectura: 1 Jn 3,1-2
Evangelio: Jn 10, 11-18


Jesús Resucitado abre el corazón de Tomás y afloja su dureza y su dolor;  presente entre sus apóstoles, les abre la mente a la inteligencia de las Escrituras, para entender la profundidad del Misterio, para revelarnos que él es el único Pastor, que sabe a dónde conducirnos, que lo hace en serio, que lo hace con pasión. Su muerte no ha sido un accidente de tráfico sino la ofrenda de su vida por sus ovejas.
Los apóstoles han vivido con Jesús por tres largos años. Sólo después de la resurrección superan la cercanía superficial que han tenido con Jesús y empiezan a explorar las profundidades del Misterio. Como nosotros, cristianos viejos, podíamos decir, que necesitamos la luz del Resucitado para descubrir quién es realmente Jesús. Y quiénes somos nosotros.

Pregunta esencial
¿Yo, a quién le importo? ¿Quién me importa a mí? ¿Para quién soy admirable, importante, esencial? En el recorrido de la vida esta pregunta, antes o después, se convierte en la única pregunta esencial.
Cuando experimentamos la fragilidad de nuestro ser y nuestros límites, cuando vemos que los éxitos más anhelados no llenan nuestro corazón sino que lo abren a deseos nuevos e insaciables, cuando la vida se estrella contra un muro, nos hacemos esta pregunta simple y terrible: ¿yo, a quién le importo?

En el corazón humano
Importamos a quien nos quiere, a quienes nos han engendrado, ciertamente. Pero, demasiado a menudo, sabemos que la vida nos hace chocar con los límites de nuestros padres. Convertirse en adultos y llegar a ser padres, significa, también, encontrarse con la fragilidad y el egoísmo que habita dentro de cada corazón, de cada familia.
Para muchos, para la mayoría – espero - importa la persona con la que se ha construido una vida de pareja y una familia, aunque al pasar los años y el entibiarse los sentimientos suscitan alguna amargura de más y alguna desilusión.
Para todos, importamos a nuestro jefe, a los vecinos, a los colegas, aunque sólo sea por el interés, por un provecho, o una recompensa.
Y nosotros también, si somos honestos con nosotros mismos, sabemos que, casi siempre, queremos a quien nos quiere o a aquellos de quien esperamos sacar un provecho.
¿Quién conduce nuestra vida? No nos creamos el cuento de la autonomía y la independencia: estamos impregnados de prejuicios, distraídos por la espera de quien está a nuestro alrededor, seducidos por el modelo de vida que nos llega por los medios de comunicación. Son muchos los pastores de nuestra vida: el carácter, la educación, lo que los demás esperan de nosotros, los modelos sociales.

Es normal, inevitable que sea así: darse cuenta de ello es el primer paso para elegir y cambiar. Para elegir a qué pastor nos conviene seguir. Es natural que sea así, es instintivo, es obvio.
Queremos a quien nos quiere, somos queridos por quien tiene un interés o una expectativa sobre mí. Todos funcionamos así.
Todos, excepto el Dios de Jesús.


Amor gratuito
Jesús nos dice hoy que él es el único pastor que me quiere, que me conoce y me valora, sin pensar en tener una ventaja por ello.
Los otros patrones son mercenarios, me quieren para obtener un provecho. Es verdad: a mi jefe le caigo bien si soy productivo; a veces, también mis amigos y mis parientes me quieren con tal de que me porte según lo que ellos esperan de mí.
En cambio Dios nos quiere gratuitamente, ¿cuándo llegaremos a entenderlo? No nos quiere porque seamos buenos sino que, amándonos, nos hace buenos. No nos quiere ni siquiera para que le adoremos, Dios es libre incluso del protagonismo divino.
Dios no puede más que amar, escribían los Padres de la Iglesia, porque es puro amor, entregado sin condiciones, gratuitamente, por pura gracia, como se decía hace algún tiempo.
Su amor sin condiciones es verdadero y auténtico: Jesús elige entregar  su vida libremente, no es obligado a ello, simplemente lo desea y lo hace, porque de verdad nos quiere.

Nosotros
También nosotros, hechos a su imagen, estamos llamados a amar, a decir a los hermanos que no creen cuál es el verdadero rostro de Dios, a alejar la idea mercenaria que considera válidos sólo a los que producen o consumen.
También nosotros podemos convertir nuestro corazón y aprender a amar gratuitamente. Necesitamos para ello un trabajo lento y doloroso de purificación, pero posible.
Somos las ovejas de nuestro buen pastor. Vivir como ovejas (no como estúpidos carneros) significa tomar en serio las palabras de Jesús, significa referirnos a él en nuestras opciones cotidianas, significa amar y querernos como él nos pide, vivir como resucitados, como personas salvadas que somos.
No se trata de salvar el mundo, el mundo ya está  salvado, se trata más bien de crear zonas francas, espacios de verdad y autenticidad en nuestras histéricas ciudades en los que cada uno sea “uno mismo” y permita a los demás ser “ellos mismos.”
Realizando este gran sueño, esperando que el Reino de Dios contagie a todas las personas y las haga felices, esperando la vuelta gloriosa del Maestro, es donde cada uno descubre que es amado y que tiene un gran proyecto por realizar. Que uno sea premio Nobel o un peón poco importa, cada uno tiene un destino que realizar, una vocación que vivir. Aprender a amar gratis porque somos amados gratis y somos bien queridos por nuestro Dios.
Jesús el “buen pastor” como escribe Juan, nos fascina por su libertad interior y su capacidad de amar de manera adulta y libre.

Curas
En este proyecto algunos hermanos somos llamados por Dios y por la comunidad a hacer presente a Cristo en el ministerio de la Palabra (explicar las Escrituras) y en la celebración de la Eucaristía y el Perdón.
Imitando al Buen Pastor, con todos nuestros defectos y nuestros límites, nos convertimos en los pioneros de este camino hacia el Reino. ¡Quered a vuestros curas! ¡Guapos o feos, simpáticos o antipáticos, jóvenes o viejos! Pedidnos lo más precioso que tenemos: Cristo.
Para lo demás, ayudadnos a caminar en la serenidad del Evangelio y, sobre todo, no nos juzguéis mal porque el misterio de una llamada al sacerdocio es lo más comprometido y totalizador que le puede pasar a una persona y no debe ser nunca banalizado por nuestra superficialidad. Porque cada cura, incluso el más incoherente, al menos una vez ha dicho un sí total y apasionado al Proyecto de Dios sobre él y sólo por eso es digno de gran respeto.
Nuestra Iglesia necesita pastores atrevidos y no asustados, ni encerrados en las sacristías, ni cabreados con el mundo, ni pedantes y estirados, sino  hermanos con el corazón atravesado por las historias de las personas con las que se encuentran, de las se hacen cargo para llevarlas a Cristo.
Es lo que el Papa Francisco pide a los sacerdotes: no pueden ser “pastores con cara de vinagre, quejosos ni, lo que es peor, pastores aburridos”. Son necesarios los pastores “con olor a oveja” y “sonrisa de padre”. “Nada que ver con esos que huelen a perfume caro y te miran desde lejos y desde arriba”.

¡Qué el Señor no haga nunca que echemos de menos en nuestras comunidades pastores según su corazón!