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domingo, 8 de noviembre de 2015

DOMINGO 32º DEL TIEMPO ORDINARIO (Ciclo B)

Verdadera pobreza = dar con el corazón
Primera Lectura: 1 Re 17, 10-16
Salmo Responsorial: Sal 145
Segunda Lectura: Heb 9, 24-28
Evangelio: Mc 12, 38-44

Al fin del año litúrgico y del comentario del evangelio de Marcos, vamos encadenando una serie de páginas centrales, desconcertantes y urticantes, de cosas que sería tan bonito quitar de nuestro cristianismo “hecho a medida” y que, en cambio, nos son dadas como perlas preciosas, como ocasión para reemprender el camino de la fe.
 La invitación de Jesús, hoy, es un inquietante latigazo que nos deja pasmados: pocas veces, en los evangelios, expresa el Señor de manera tan directa su preocupación. Los discípulos – nosotros - pueden llegar a ser como los escribas, ésta es la preocupación del Maestro. Y tenía de qué preocuparse.

Escribas
Los escribas, en un principio, eran sencillamente personas que sabían leer y escribir, y que por tanto asumieron un papel importante para la transmisión de los documentos importantes. Luego, con la reforma del devoto rey Josías, unos siglos antes de Cristo, su importancia fue aumentando excesivamente, hasta ser ellos los que custodiaban la Ley, los que la interpretaban y los que juzgaban  si alguien la violaba.
Jesús los acusa sin contemplaciones y sin medias tintas.
Son vanidosos y hacen de su servicio una desmedida búsqueda de poder. Quieren vestir un uniforme para hacerse reconocer, quieren el respeto temeroso de los pobres ciudadanos, les gusta ser considerados como autoridad, están siempre presentes en los acontecimientos sociales, gozan de su posición y no perdonan la ocasión de mostrarse ostentosamente.
Pienso en la denuncia constante que el Papa Francisco hace del “carrerismo” de los clérigos dentro de la Iglesia. Buscar desaforadamente los primeros sitios, las vestimentas, los aplausos y las invitaciones oficiales, ejercen un maligno atractivo sobre muchos pastores que no se dan cuenta de que se han convertido en un espectáculo que aleja a tantas personas del evangelio y de la Iglesia. Son un grave contra testimonio.
Pero también en nuestro pequeño mundo podemos soñar con llegar a ser como los escribas buscando la visibilidad y el honor en lo que hacemos y decimos. Tenemos que juzgarnos de verdad a nosotros mismos con severidad.
  
Escribas y viudas
Los escribas devoraban los dineros de las viudas, hemos escuchado en el evangelio. Si la viudez ya representa un estado de gran dolor, de laceración interior, de trituración de los afectos, quedar viudas en tiempo de Jesús, era una verdadera tragedia.

Sin servicios sociales, sin apoyo a la familia, a menudo la viuda se veía obligada a limosnear o, peor, a prostituirse, para poder vivir. Por eso, la condición de la viuda era la peor que se podía imaginar: sola, sin subsistencia económica, despreciada porque era mendigo o prostituta.
Frente a estas actitudes tan extendidas, son las viudas, las últimas de la sociedad, las que son protagonistas en la Palabra de Dios de hoy.

Sarepta
La primera viuda se encuentra en Sarepta de Sidón, fuera del territorio de Israel. Elías, el gran profeta, le pide acogida a las puertas de la ciudad. Esta pobre mujer, sin medios de subsistencia, acepta hospedar a este desconocido, extranjero, compartiendo con él la última porción de comida que le queda.
Esta inmensa señal de generosidad cambiará de su vida: el aceite del cántaro y la harina en la artesa no volverán a faltar jamás.
Y lo mismo pasa con la viuda del Evangelio, a la que Jesús ve entrar humildemente en el templo, y echar discretamente en el tesoro algunas monedas, mientras que los notables de la ciudad y los devotos se empujaban para que se notasen las considerables sumas de dinero que daban a las cajas del templo recién reconstruido.
Jesús alaba la generosidad y pone de modelo a esta mujer que, como ofrenda al Señor, dio de lo que le era necesario, e ignora las generosas ofrendas publicadas con grandes titulares del millonario de turno.

Astenia mortal
Hay momentos en la vida en que lo perdemos todo: la salud, el trabajo, una persona querida (y no necesariamente porque muera), las ganas de vivir. Momentos insoportables, terribles, en los que tenemos la impresión de que no sobrevivimos.
Como la viuda de Elías, vamos arrastrando un paso tras otro, y nos mantenemos vivos obligados por algún afecto (como el hijo para la viuda), pero resignados al ver como se consumen las fuerzas y las energías.
¡Cuántas personas así conocemos en la vida! ¡Cuántos amigos llenos de fuerza y de humor se han estrellado contra el muro de la vida!
Sin embargo, en esos momentos de dispersión existencial, de dolor absoluto, con Dios o sin Dios presente, podemos hacernos capaces de acoger, de regalar, de compartir, de no dejarnos ahogar por la rabia absoluta y ver más allá del dolor y del sufrimiento.
La viuda de Sarepta sabe que aquel extranjero está en unas condiciones parecidas a las suyas. Elías, mirado con desprecio, evitado, probablemente no habría encontrado nunca un alojamiento en Sidón si no hubiera sido por la viuda.
Elías y la viuda se parecen. Los pobres, si están reconciliados y confiados en Dios, saben ser una fuente de agua viva para los que son pobres como ellos. Son los pobres en el espíritu, son los bienaventurados.
La viuda del Evangelio -¡qué ingenua! dirán algunos- pone lo poco que tiene en la hucha del templo, para Dios. No sabe dónde acabará el dinero, quizás sea malgastado por el sacristán de turno, quizás sirva para comprar detergente para el suelo, eso no importa, su gesto es absoluto, profético, lleno de una ternura infinita. Y por eso, Jesús lo alaba.

Luz
También nosotros, cuando somos incapaces de experimentar ninguna emoción, o ningún deseo de vivir, podemos convertirnos en luz, plenitud, regalo y esperanza. Obviamente, cuando lo hagamos no nos daremos cuenta de ello, y quizás tampoco importa. Como no le importa a quien de verdad ha dado todo, a quién de verdad  ha sido machacado por la vida y el dolor... y sólo le queda generosidad.
Hay santos que asombran a la Iglesia por su dinamismo y su fuerza interior. Otros santos que la edifican por su entrega transparente, por el modo como afrontan las fatigas de la vida.
Como Moisés, el gran libertador, el más grande de la historia de Israel; el que ha visto Dios cara a cara; el que recibió en sus manos las palabras que Dios daba a la humanidad para vivir; el que, siendo príncipe de Egipto, renunció a su rango y se hace esclavo y muere en las alturas del Golán, sin entrar nunca en la tierra prometida de Israel.
Hermano machacado por la vida, hermana herida, viudos y viudas sin amor ni respeto, decepcionados de vosotros mismos y de la vida, de las personas y de los hechos, dad en limosna lo que tenéis dentro, aunque sea poco, hacedlo por Dios, hacedlo porque creéis en la vida, desesperadamente.
Y nosotros discípulos, frágil pueblo de Dios, aprendamos de las viudas, de los pobres a contar con el Absoluto, a abandonarnos en serio a las manos de El que todo lo puede.
¡No es la fama y la gloria, no es la devoción, no es la apariencia, aunque sea clerical y católica, lo que nos salva, sino el ser mendigos de la luz. ¡Que el Señor nos ilumine!