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sábado, 30 de julio de 2016

DOMINGO 18º DEL TIEMPO ORDINARIO (Ciclo C)



Primera Lectura: Ec 1, 1-2; 2, 21-23
Salmo Responsorial: Salmo  89
Segunda Lectura: Col 3, 1-5.9-11
Evangelio: Lc 12, 13-21
  

En las semanas pasadas hemos escuchado los evangelios del buen samaritano, de Marta y María, y de la oración. Hoy, la Palabra nos invita a desarrollar un tema ya introducido en los pasados domingos:  el de los bienes de la tierra.
Algo que tiene que ver con la caridad auténtica del samaritano y con la cena deliciosa preparada por Marta. Y también con el “pan de cada día” que pedimos en la magnífica oración del Padre Nuestro.
Todo la Palabra de hoy se encarna en la pesadez de la cotidianidad, en la concreción de las opciones que hacemos y en las relaciones que tenemos con las cosas y la fortuna.
Sobre todo, en estos tiempos en los que conceptos abstractos como “mercado” y “economía” se han hecho concretos y tangibles, llevando a la mayoría de la humanidad a un general empobrecimiento. No, no estamos hablando de cosas inútiles.

Líos
¡Que levante la mano quien no haya tenido nunca, al menos una pequeña discrepancia o desavenencia, por cuestiones de dinero!
Es obvio. Somos personas equilibradas y honestas, y tratamos de cuestiones de principio. En el evangelio de hoy, un ingenuo individuo le pide a Jesús que intervenga con su hermano por una cuestión de dinero, y probablemente tuviera razón: él habría sufrido un engaño y querría ser indemnizado.
¡Cuántas amistades se han ido al garete por cuestiones de dinero, cuántas, frágiles y superficiales, relaciones de parentesco se han convertido en un odio visceral por algún metro cuadrado de una casa o de un terreno!
Por otra parte, seamos honestos: si los cariños, las amistades y las relaciones de parentesco no se basan en actitudes de equidad y justicia, si no pasan la prueba de la solidaridad, se hace de verdad muy difícil entender cómo puede concretarse el bien que supone decir que nos queremos.
Así es, hasta el punto que Jesús sonríe y responde a aquel hombre: “no, gracias.”
No, gracias, porque podemos entender muy bien por nosotros mismos lo que tenemos que hacer en justicia.
No, gracias, porque Dios nos ha creado suficientemente inteligentes para solucionar las cuestiones prácticas.
No, gracias: dejemos de pedir a Dios que haga lo que podríamos hacer muy bien solos.
No, gracias, porque Dios nos trata como adultos, evitemos considerarlo como un director que nos soluciona los líos.
No, gracias, porque Dios no nos abrocha los zapatos, ni nos suena los mocos como a niños pequeños, ni nos soluciona los problemas que podemos solucionar muy bien por nosotros mismos.

El mundo tiene su armonía, su lógica, sus propias leyes que, en último término, dependen de Dios, pero que funcionan por sí mismas.
Dios no se levanta por la mañana para dar una vuelta a la manivela para que el mundo se ponga en marcha, él lo ha creado lleno de inteligencia y de belleza, y a nosotros nos toca descubrir sus leyes específicas.
La actitud de la Biblia, a este propósito, es adulta y madura. Se reconoce el origen de todo en Dios, pero se deja al hombre la capacidad de administrar la creación. No hace falta hurgar en la Escritura para saber lo que es bueno para la economía, la justicia, la paz, o la solidaridad, es suficiente escuchar nuestro corazón, nuestra conciencia iluminada por el Espíritu de Dios.

Los bienes y el bien
Jesús sabe que detrás de la pregunta del hermano pendenciero hay una cuestión de dinero y aprovecha para hacer una reflexión sobre la riqueza.
De palabra, siempre, somos todos libres y puros, franciscanos connaturales.  Todos experimentamos un pudor connatural respecto al dinero, lo consideramos algo peligroso, sucio, ambiguo: “el vil metal”. Una persona rica siempre es mirada con sospecha y, especialmente en nuestro mundo católico, nos mostramos siempre incómodos hablando de dinero.
Jesús, paradójicamente, se muestra muy libre al respecto. Él no dice que la riqueza sea algo sucio. Sólo dice que es peligrosa.
Fijaros en el “pobre hombre” rico de la parábola. Es un gran trabajador, que no es descrito como un pillo, ni como un avaro, más bien, es simpática su preocupación por hacer rentar bien sus ganancias para después disfrutarlas en paz. Su muerte no es un castigo, sino un acontecimiento posible, siempre en el orden de la autonomía de las cosas, que señalé antes.
Tal vez un excesivo estrés, el excesivo trabajo, o los excesivos cigarrillos estén en el origen de la muerte repentina, pero ciertamente no por la acción de Dios.
Jesús nos advierte que la riqueza promete lo que no puede cumplir y nos ilusiona con que el poseer cosas servirá para llenar nuestro corazón.
Como leemos en la ácida reflexión del Eclesiastés, también nosotros constatamos lo inútil que es afanarse en acumular riquezas que van a disfrutar otros. Acogiendo la invitación de Pablo, si de verdad hemos encontrado a Cristo, el orden de nuestras prioridades cambiará en profundidad.

Entonces…
Nuestro mundo provoca falsas necesidades para llenar el grito de absoluto que mana de nuestro corazón y que sólo Dios puede llenar.
Entonces un poco de autenticidad puede ayudarnos a recordar que somos peregrinos, que la riqueza puede engañarnos y que, si alguno providencialmente ha tenido un poco de suerte económica, es para que acumule tesoros en cielo ayudando a los hermanos más pobres.
La Palabra de hoy nos propone un gran examen de conciencia colectivo, sin crearnos inútiles sentidos de culpa, sino proponiéndonos autenticidad a la hora de administrar los bienes de la tierra; una absoluta corrección de quienes, en las distintas comunidades, tienen que administrar el dinero al servicio del anuncio del Reino.
Vayamos a lo esencial, como el Señor nos pide, dejemos que sean las cosas importantes las que guíen nuestra vida y nuestras opciones vitales.

No es dinero lo que necesita nuestro corazón, sino otras riquezas, otros bienes inmensos y tesoros infinitos. Lo que necesitamos es la ternura de Dios.