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sábado, 11 de febrero de 2017

DOMINGO 6º DEL TIEMPO ORDINARIO (Ciclo A)


Primera Lectura: Eclo 15, 16-21
Salmo Responsorial: Sal 118
Segunda Lectura: 1 Cor 2, 6-10
Evangelio: Mt 5, 17-37


Ni una sola coma…
Si no dejamos que la página de las bienaventuranzas nos ilumine, dé sabor a nuestra vida y nos haga convertirnos en una ciudad sobre el monte, para ser vista ¿para qué sirve llamarnos cristianos?

Todavía una semana más, Jesús nos insiste sobre su revolución interior. Él no es un anarquista que va aboliendo las normas, o un bonachón que diga que todo da igual, como quisieran algunos que confunden el amor con sus propios apetitos y quieren que Dios se doblegue a sus deseos.

Jesús no quiere tirar por la ventana la Torá, la ley de Moisés, sino reconducirla a su origen y sentido, ponerla en el corazón. Porque, lo sabemos bien, el riesgo de toda fe, de cualquier religión, es sentarse, adaptarse, bajar el listón. Y es exactamente lo que estamos viviendo en estos tiempos en los que el Señor nos pide que demos fruto. La fe cristiana no puede proceder por costumbre, por tradición, por muy buena y santa que ésta sea. En un mundo que se desarrolla de prisa, la fe corre el riesgo de aparecer como atada al pasado, a una sensibilidad nostálgica y tranquilizadora que genera el tradicionalismo, pero no el discipulado.

La palabra Torá ha sido incorrectamente traducida como “ley”, cuando en realidad se deriva de la raíz iaráh, que describe el vuelo de la flecha. La Torá, por lo tanto, ha sido dada por Dios como una indicación, una flecha en el camino, para la felicidad del ser humano.

Y así la norma se convierte en el vestido del amor, en una forma del compromiso, en una estructura que sustenta y hace creíble la emoción y el sentimiento.

Jesús, con las bienaventuranzas, vino a completar aquella indicación que era la Ley. Por eso nos señala que ¡ay! de quien se permita cambiar sólo una coma de aquellas indicaciones, ¡ay! de quien infrinja un solo renglón del discurso de la montaña, aunque sea mínimo, porque significa que Dios puede no tenerle en cuenta.

Recuerdo
Jesús, para no ser malentendido, afronta seis cuestiones, seis interpretaciones de la Ley que, desde su punto de vista, habían sido ampliamente traicionadas. Cuatro de ellas nos las presenta el evangelio de hoy; las otras dos, el próximo domingo.


Acusado de no querer respetar las prescripciones, Jesús rechaza las acusaciones de sus adversarios releyendo la Escritura y llevándola a sus orígenes. Toma las leyes hechas por los hombres para, ingenuamente, intentar proteger la Ley de Dios, y las desmonta.

Ese repetido y tajante “pero yo os digo”, era una locura, algo inconcebible, porque pronunciado por un carpintero que llegó a ser profeta, nos está diciendo cómo es la autoridad de Jesús, capaz de poner en tela de juicio lo que nadie jamás habría osado contradecir.

La violencia y el perdón
El primer tema afrontado de manera ejemplar es el tan difícil de la violencia y del homicidio, ya condenado por la Torá que preveía la pena capital (Ex 20,13; 21,12). Jesús amplía la idea del homicidio ampliándolo a la maledicencia y al juicio de los demás. El perdón a los hermanos está ligado a la tradición judía del kippur, que dice que Dios perdona los pecados cometidos contra él, pero que sólo el hermano perdona los pecados cometidos contra el hermano.

No se trata tanto de establecer la gravedad de un hecho, de una acción, sino más bien de su intención, del porqué de las cosas. Puedo vivir cultivando el odio sin jamás, aparentemente, cometer un gesto censurable, igual que puedo usar la lengua como un arma afilada y, sin embargo, matar con ella.

Entonces, ¿cómo hemos de comportarnos?, ¿callando? Hay situaciones que piden una palabra de verdad, que es la del Señor que hace llover sobre justos y culpables. Pero siempre será una Palabra sobre el gesto, sobre el acto, no sobre la persona. ¡Es tan triste ver a cristianos que maldicen y juzgan a los otros!

Así que juzgar sí, pero con la lógica del evangelio, de la misericordia y de la compasión.

La prohibición de matar no se limita a la acción física sino también, y sobre todo, a la de la voluntad: puedo matar con el pensamiento, con las palabras o con el juicio…  ¡y sin usar un arma!

Luego, está el perdón cristiano, que es superior al culto. Para los rabinos no había que interrumpir el shemá, la oración más sagrada para un judío, aunque una culebra estuviera subiéndote por la pierna. Jesús, en cambio, pide que interrumpamos la oración y la ofrenda en el templo e intentemos reconciliarnos con el hermano que tiene algo con nosotros.

No hacerlo, no ponerse de acuerdo, o no intentar una conciliación, significa correr el riesgo de presentarse ante el juez, en este caso Dios, sin ser escuchados.

Adúlteros
Los fariseos y los rabinos interpretaban la Ley con desventaja para las mujeres, sometidas primero a la acción del padre, y a la del marido después, y además autorizando el divorcio machista. Jesús niega esta posibilidad, aclarando que ese modo de proceder traiciona la voluntad de Dios.

Jesús, en cambio, afirma que es posible ser una pareja fiel y feliz. Qué no es algo ilusorio, una locura, o algo imposible, sino que es el deseo de Dios. Esto supone una concepción de la pareja muy particular, la bíblica, en cuyo interior también es releída la sexualidad, con nuevas perspectivas.

Una pareja que ha descubierto lo que es compartir la misma alma, el ser don el uno para el otro, simplemente, no necesita el adulterio. No siente su necesidad, sino que siente una fuerte tensión hacia su pareja, incluso erótica.

Es verdad que uno aprecia la belleza de otra mujer, de otro hombre, pero son apreciaciones estéticas: en la base está el respeto a la persona en su conjunto, no reduciéndola a una parte de ella. En esta perspectiva, una sexualidad que no tienda a un proyecto conjunto, no es honesta.

Jesús vuela alto: propone una nueva relación del hombre y la mujer que ya no tenga necesidad de vías de escape.

Autenticidad
El juramento era una práctica común a todos los pueblos, la Biblia lo atribuye tanto a los hombres como a Dios (Gn 22,16; Dt 1,8; Sal 132,11-12.). Es un tipo de acto social y sagrado, a la vez, la última garantía de verdad que el hombre puede ofrecer a sus semejantes.

La Torá sólo censura el perjurio, los incumplimientos, la falsedad. Jesús, en cambio, desaprueba cualquier juramento, en contraposición a los abusos que él vio, pues era habitual intercalar juramentos de todo tipo entre los judíos de su tiempo.

El abuso del juramento es señal de desconfianza, de falta de sinceridad. Desacredita tanto a la Palabra como a Dios; la prohibición de Jesús es una llamada a la verdad, a la caridad, que se ve destruida por la duda y por una desconfianza recíproca. Fuera de la sinceridad sólo está la mentira que, como nos recuerda San Juan, tiene por padre al Maligno (Jn 8, 44).

El discípulo de Jesús está llamado a ser sincero, a ser, ante todo, auténtico consigo mismo. La primera mentira que hemos de evitar es con nosotros mismos, siendo trasparentes y honestos. Cuando encontramos a Dios y nos reflejamos en él, ya no tenemos necesidad de aparecer diferentes de cómo somos, de hacernos los mejores, de aparentar. Cuando nos acercamos a Dios nos descubrimos a nosotros mismos, incluidas nuestras sombras, pero releídas a la luz de la Palabra. Dicho esto, aunque estamos llamados a ser siempre sinceros, sin jurar, no está dicho que estemos llamados a decir todo a todos.

Porque hay personas atrevidas, cínicas y curiosas, de las que hay que defenderse: Jesús nos dice que no hay que echar las perlas a los cerdos… Junto al concepto de autenticidad y de verdad, hemos de tener en nosotros el de la discreción y el pudor.
Buscar la autenticidad en nosotros mismos, ciertamente, no es fácil. A ello nos ayuda el contrastarnos con la Palabra de Dios, la dirección espiritual, el consejo de algún amigo apreciado. Para conseguirlo necesitamos mucha humildad, es decir sentido de la realidad y de lo concreto, y el acompañamiento de los santos.

Y todo esto es posible porque Jesús fue el primero que lo vivió. Ahora nos toca a nosotros.