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... y se transfiguró ante ellos. |
Jesús entra en el desierto de la vida, solidario con nosotros y con toda la humanidad, y es tentado por el diablo.
La tentación, palabra que significa "pasar por la prueba", es la dimensión habitual en la que vivimos. Nos golpea precisamente porque somos creyentes y estamos llenos del Espíritu Santo. Paradójicamente, ser tentados es una buena señal, pues significa que estamos en el camino lógico de la conversión.
En un día de niebla, no se ven las sombras. Hace falta claridad: solo a la luz de la Palabra se disiparán nuestras tinieblas.
Jesús logra superar la tentación de un mesianismo espectacular, intrigante y mágico. Él será un Mesías discreto porque quiere que Dios sea amado por lo que es, no por lo que nos da.
Cada año nos damos un tiempo para encauzar las tentaciones que estamos llamados a superar continuamente:
- La tentación del pan, que reduce la vida a cosas, metas y objetivos, creyendo que la felicidad consiste en obtener resultados.
- La tentación de poseer a los demás, de ejercer poder sobre ellos.
- La tentación de manipular a Dios, esperando que haga en nuestro beneficio lo que creemos esencial e ineludible.
Solo pertrechados con la Palabra de Dios podemos superar la tentación y enfrentarnos al desierto. El objetivo de la Cuaresma no es pulir nuestra orgullosa imagen espiritual, sino subir al Tabor.
En el Tabor
Hemos entrado en el desierto de la Cuaresma para llegar hasta allí, hasta aquella pequeña colina de Galilea, quemada por el sol, diseminada de árboles frondosos y golpeada por el viento del mar.
Queremos redescubrir y elegir qué tipo de personas queremos ser, del mismo modo que Jesús eligió qué tipo de Mesías quería ser. Como los apóstoles, queremos subir ese montículo en el que todo creyente encuentra la belleza de Dios.
El Tabor evoca el momento en que Jesús, gran Rabí y carismático profeta, desvela su verdadera identidad, supera los límites y se ofrece a la vista pasmada y asombrada de los apóstoles. Nos habla de lo absolutamente otro que es Dios, de su inmensa gloria y de su indescriptible belleza.
El Tabor es la meta de la Cuaresma. Y esto es preciso recordarlo, especialmente a nosotros, católicos, que con frecuencia asociamos la fe al dolor, que representamos siempre a Jesús como el crucificado, olvidándonos del Resucitado. Pensamos en la Cuaresma como un tiempo de renuncia, cuando en realidad es una nueva oportunidad, un tiempo de conversión, de combate y de lucha interior para alcanzar la meta.
El tiempo del dolor llegará, por supuesto, pero será en otro monte: una pequeña cantera de piedra en desuso llamada Gólgota. Allí veremos a Jesús colgado y podremos dirigir la mirada al que traspasaron.
Lo más bello
Pero antes, es imprescindible acordarse de la belleza de Dios y su embriagadora presencia. La liturgia, de manera provocadora, coloca la transfiguración del Señor al inicio del camino penitencial para indicarnos el destino al que debemos llegar.
Si realizamos gestos de conversión y solidaridad, si practicamos la renuncia, el ayuno, la oración y la autenticidad, es únicamente para ser libres y contemplar la gloria del Maestro y Señor.
¿Hemos subido ya al monte Tabor en nuestra experiencia personal? A veces, Dios nos hace el regalo de asistir fugazmente a su gloria. Como decía san Agustín, nos concede instantes de luz.
Un momento de oración que nos ha conmovido, una eucaristía en la que hemos sido tocados por dentro, un día en la naturaleza—en el mar o en la montaña—que se convierte en sinfonía y nos deja sin aliento. Un instante, una iluminación vislumbrada, en la que sentimos que lo inmenso nos habita.
Y, sin embargo, el sentimiento se nos vuelve ambiguo porque la experiencia es tan grande que nos da miedo; tan infinita que nos sentimos abrumados; tan inmensa que nos arrolla.
Es el mismo temor que sintieron Pedro y sus compañeros, el mismo que habitó a Abraham antes de encontrarse con Dios. La percepción de la majestad divina nos sacude, nos motiva y nos impulsa. Pedro lo sabe y exclama: "Señor, ¡qué bien estamos aquí!"
Hasta que no lleguemos a creer gracias a la belleza que nos envuelve, siempre nos faltará una pieza en el gran puzle de la fe cristiana. Ser cristiano es darse cuenta de que nada es más hermoso que Cristo. Quizás deberíamos recuperar este aspecto en nuestra vida cristiana: recomenzar desde la belleza.
Vivimos rodeados de fealdad: nuestras periferias son horrorosas, lo son nuestras ciudades, las vacaciones artificiales que nos venden con paisajes inmaculadamente falsos, el horrible lenguaje de los personajes del mundo de la política y el espectáculo. Horrible es la vida caótica y tensa que nos vemos obligados a vivir, siempre impulsados por la competitividad, la lucha y el desafío. Horrible es el dolor que surge cuando el amor se rompe, cuando nos arrolla el sufrimiento que nosotros mismos creamos y alimentamos.
Necesitamos urgentemente la belleza, la belleza de Dios que es verdad, bien y bondad.
Misión imposible
¿No es esta la fragilidad de nuestra fe contemporánea?
¿No es esta la razón de tanta tibieza en nuestras comunidades cristianas?
¿No hemos perdido la belleza al narrar la fe? ¿Al celebrar al Resucitado?
"¡Qué aburrido es creer!", dicen muchos. Y sí, puede ser inmensamente aburrido. Pero el Evangelio de hoy nos recuerda que creer también puede ser espléndido.
Merecería la pena recuperar el sentido del asombro y la belleza, escuchar la voz interior que nos eleva a la cima del monte y nos permite fijar la mirada en Cristo.
Hagamos de nuestras celebraciones lugares de belleza: que el silencio, la música, el canto, la fe y el espacio donde oramos nos devuelvan una chispa de hermosura en nuestra vida cotidiana.
Hagamos de nuestras vidas profecías de bien y armonía, listas para dar, sonreír y perdonar con una conciencia madura y sufrida. Saquemos a la luz todo lo bello que hay en nosotros.
Soñemos y luchemos por la revolución de la belleza, por la conversión al amor, como discípulos de este Dios espléndido al que buscamos.
Dios, el Hermoso, nos hace hermosos, si le dejamos. Dejémonos hacer.
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