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sábado, 19 de marzo de 2022

DOMINGO 3º DE CUARESMA (Ciclo C)




Primera Lectura: Ex 3, 1-8.13-15
Salmo Responsorial: Salmo 102
Segunda Lectura: 1 Cor 10, 1-6.10-12
Evangelio: Lc 13, 1-9

Estamos viviendo un momento de esencialidad: cuarenta días cuaresmales para seguir a Jesús e imitar su necesidad de silencio y oración, de verdad y elección. Durante cuarenta días, queremos mirar a la luz de la Palabra para descubrir si estamos contentos con lo que hemos llegado a ser y si nuestra fe en Dios es la misma que la de Jesús. El objetivo de este camino de vivificación es el Tabor, la belleza de Dios que nos hace decir una vez más, junto con Pedro: “Maestro, es bueno que nos quedemos aquí”.

La Cuaresma es un momento fuerte, un tiempo de esos que pueden convertir, nuestra vida, reavivarla y reorientarla.

Al igual que Abraham, el domingo pasado, también nosotros podemos haber conocido el rostro de Dios y haberle ofrecido nuestra vida; pero, entonces, al igual que Abraham con el holocausto, debemos defender la ofrenda. Hay aves que descienden para devorar las víctimas de sacrificio, y nosotros también, como el primer buscador de Dios, debemos mantener alejadas las aves de presa que nos alejan del camino cristiano.

Convertirse significa cambiar la mentalidad, redefinir el propio pensamiento a partir del evangelio.

Y la primera conversión necesaria, la más difícil, es pasar del Dios que tenemos en la cabeza al Dios de Jesucristo. No es suficiente decir que somos cristianos para creer en el Dios de Jesús. Es necesario ir más lejos, mucho más allá. ¡Tenemos tantas falsas imágenes de Dios!

De la desgracia como tragedia a la desgracia como oportunidad

“¡Qué he hecho mal para merecer esto!”, “¡Qué cruz me manda el Señor Dios!: ¿Cuántas veces hemos escuchado estas lamentaciones, estas maldiciones hacia Dios?

El dolor es un tema delicado y agotador y todos entramos en crisis cuando el dolor nos golpea. Nos gustaría obtener respuestas, ¿pero son respuestas lo que necesitamos? ¡No! Lo que queremos es no sufrir. Sin embargo, Dios está en silencio y la Biblia no nos ayuda mucho en esto.

Pero la página del evangelio de hoy es extraordinaria y nos muestra un camino de reflexión.

Jesús, citando dos noticiosos sucesos de su tiempo, desmantela una creencia popular generalizada tanto entonces como hoy. El devoto medio pensaba que las desgracias, como el derrumbe de la torre de Siloé, castigaban a las personas que, de alguna manera, habían cometido horribles pecados. Igual que la enfermedad o la discapacidad, la desgracia se leía como una intervención tejida por Dios que, además de su justicia suprema, desataba su ira divina.

¿Y si un niño nacía enfermo? Pues la respuesta era horrible pero consistente: sus padres fueron los culpables. Con esta mentalidad no hay piedad para los enfermos, ni comprensión para las víctimas de la represión romana: unos y otros eran víctimas de sus pecados.

Hoy ya no somos tan crueles y directos, pero en sustancia no hemos cambiado mucho. Mucha gente, en momentos de dolor y sufrimiento, la toman con Dios que, evidentemente, no sabe cómo hacer su trabajo.

Sin embargo

Lo que Jesús dice es sorprendente, desconcertante: la vida tiene su propia lógica, su propia libertad.

La causa del colapso de la torre de Siloé debe atribuirse al cálculo de las estructuras incorrectas, o al beneficio obtenido por la empresa que utilizó materiales de baja calidad; la cruel intervención de los romanos es la causa de su política de expansión que utiliza la violencia como instrumento de opresión. Y esto sigue ocurriendo hoy día.

No hay una intervención directa y puntual de Dios, las cosas tienen su propia autonomía y podemos conocer las leyes que la rigen.

Jesús restaura nuestras propias responsabilidades: somos nosotros los que hemos creado gran parte del dolor que experimentamos.

Las cruces nos las dan los demás o nos las imponemos nosotros mismos con una mirada retorcida y mundana de la realidad. Sin embargo, muchos pasan su vida suavizando y lijando su cruz, atribuyendo la responsabilidad a Dios.

No es que Dios sea limitado, pero detiene su mano y nos deja libres, porque nos quiere hijos y no súbditos.

Nosotros, discípulos - concluye Jesús - estamos llamados a leer los sucesos desastrosos como una advertencia de lo que la vida, y no Dios, nos hace: debajo de la torre derrumbada podríamos estar nosotros.

El tiempo es sumamente fugaz, trágicamente corto, aprovechemos estos días como tiempo de salvación y conversión, no esperamos, ni contemporicemos con el mal que nos rodea.

Hoy el Señor pasa a nuestro lado y nos salva, hoy estamos llamados a usar bien nuestra libertad y a observar el gran prodigio de la zarza ardiente, de un Dios que conoce nuestro nombre y nuestra condición.

Del Dios indiferente al Dios presente

A Moisés, que dudaba de ir a hablar de Dios con la gente, Yahvéh le habla de sí mismo, le dice su nombre y se revela a sí mismo como un Dios que conoce los sufrimientos de la gente. Incluso si nuestra vida pasa por momentos de angustia y desolación, Dios no se queda lejos e interviene, pidiéndole a alguien que actúe en su nombre. Dios no mira indiferente a las tragedias del mundo, sino que nos pide, como a Moisés, que nos hagamos presentes entre la gente y junto a los que sufren.

A las personas que esperaban la liberación, Dios les envió como liberador a un pastor temeroso, a Moisés. Cuando le pedimos a Dios que nos libere del dolor, el Señor nos invita a no alimentar el dolor, a desarraigar sus causas y a convertirnos en el rostro sonriente y solidario de Dios para la gente.

Los cristianos, ingenuos, continuamos, para bien o para mal, acercándonos a donde hay dolor e injusticia. Somos la sonrisa de Dios, el bálsamo que Dios le da a la humanidad para superar todo dolor y crecer en una humanidad más verdadera basada en la justicia y el perdón.

Somos testigos de esto.

La vida es una oportunidad que hemos de aprovechar para descubrir quién es Dios y quiénes somos nosotros; y el desierto es el lugar donde ejercemos nuestra libertad. No hay vidas más simples o más complicadas, cada vida es una breve respiración que estamos llamados a vivir con intensidad y alegría. Jesús nos revela el rostro de un Dios paciente, que insiste en que la higuera dé frutos. La conversión, el cambio de actitud, reorientar nuestra vida es el fruto que se nos pide dar.

Detengámonos ante los tristes acontecimientos de la vida sin culpar a Dios y tirando hacia adelante, pero observémoslos también como una advertencia de que la vida misma nos conduce a jugar bien nuestra partida.

Dios, por su parte, es un Dios que sabe, que interviene, pero que respeta nuestras elecciones, tratándonos como adultos, incluso si esas opciones son catastróficas y esclavizantes, como son la guerra y las desgracias que nos rodean.

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