Estamos viviendo un tiempo de esencialidad: cuarenta días cuaresmales para seguir a Jesús e imitar su necesidad de silencio y oración, de verdad y elección. Durante este período, queremos mirar a la luz de la Palabra para discernir si estamos satisfechos con lo que hemos llegado a ser y si nuestra fe en Dios es la misma que la de Jesús. El destino de este camino de renovación es el Tabor, la belleza de Dios que nos hace decir, junto con Pedro: “Maestro, es bueno que nos quedemos aquí”.
La Cuaresma es un tiempo fuerte, un período que puede transformar nuestra vida, reavivarla y reorientarla.
Al igual que Abraham, el domingo pasado, también nosotros hemos podido contemplar el rostro de Dios y ofrecerle nuestra vida. Pero, al igual que Abraham con el holocausto, debemos proteger nuestra ofrenda. Hay aves que descienden para devorar las víctimas del sacrificio, y nosotros, como aquel primer buscador de Dios, debemos alejar esas aves de presa que intentan desviarnos del camino cristiano.
Convertirse significa cambiar la mentalidad, redefinir el propio pensamiento a la luz del Evangelio. Y la conversión más desafiante y fundamental es pasar del Dios que imaginamos al Dios de Jesucristo. No basta con llamarnos cristianos para creer en el Dios de Jesús. Es necesario ir más allá, mucho más allá, pues llevamos en nuestro corazón muchas falsas imágenes de Dios.
De la desgracia como tragedia a la desgracia como oportunidad
“¡Qué he hecho mal para merecer esto!”, “¡Qué cruz me manda el Señor!”. ¿Cuántas veces hemos escuchado estas lamentaciones, incluso como reproches hacia Dios?
El dolor es un misterio difícil y agotador, y todos nos tambaleamos cuando nos golpea. Buscamos respuestas, pero ¿realmente necesitamos respuestas? No. Lo que anhelamos es no sufrir. Sin embargo, Dios guarda silencio y la Biblia no nos da explicaciones definitivas.
Pero el Evangelio de hoy nos ofrece una perspectiva extraordinaria. Jesús, citando dos tragedias de su tiempo, desmantela una creencia popular tanto de entonces como de ahora. Se pensaba que las desgracias, como el derrumbe de la torre de Siloé, eran castigos de Dios para aquellos que habían cometido graves pecados. La enfermedad o la discapacidad se interpretaban como intervenciones divinas, manifestaciones de su justicia y castigo.
¿Y si un niño nacía enfermo? La respuesta era cruel pero lógica dentro de aquella mentalidad: sus padres habían pecado. En ese esquema, no había lugar para la compasión hacia los enfermos ni para la solidaridad con las víctimas de la represión romana. Todos parecían culpables de sus propios males.
Hoy no somos tan directos ni despiadados, pero en esencia no hemos cambiado mucho. Aún hay quienes, en el sufrimiento, culpan a Dios por lo que les ocurre, como si él fuera el responsable de su desgracia.
Sin embargo
Jesús nos sorprende y nos sacude: la vida tiene su propia lógica y libertad.
El colapso de la torre de Siloé fue consecuencia de errores en los cálculos estructurales o de la avaricia de una empresa que utilizó materiales deficientes. La cruel intervención de los romanos respondió a una política de expansión basada en la violencia. Y esto es lo que sigue ocurriendo hoy.
Dios no interviene arbitrariamente; las cosas tienen su propia autonomía y podemos conocer las leyes que las rigen. Jesús nos devuelve nuestra responsabilidad: somos nosotros quienes hemos generado gran parte del sufrimiento que vivimos.
Las cruces nos las imponen otros o nos las fabricamos nosotros mismos con una visión mundana y torcida de la realidad. Pero en lugar de asumirlas, muchos pasan su vida puliéndolas y suavizándolas, atribuyendo su peso a Dios.
Dios no es limitado, pero se retira y nos deja libres, porque nos quiere hijos, no súbditos.
Nosotros, los discípulos, -concluye Jesús- debemos leer los acontecimientos trágicos como una advertencia: podríamos haber sido nosotros los que estuviéramos bajo aquella torre derrumbada.
El tiempo es breve y fugaz. Aprovechemos estos días como una oportunidad de salvación y conversión. No posterguemos, no pactemos con el mal. Hoy el Señor pasa junto a nosotros y nos salva. Hoy somos llamados a usar bien nuestra libertad y a reconocer el gran prodigio de la zarza ardiente: un Dios que conoce nuestro nombre y nuestra condición.
Del Dios indiferente al Dios presente
Cuando Moisés dudaba de ir a hablar de Dios al pueblo, Yahvé le reveló su nombre y se manifestó como un Dios que conoce el sufrimiento de su pueblo. Aun cuando nuestra vida atraviese la angustia y la desolación, Dios no es ajeno a nuestra historia: interviene, llamando a alguien para que actúe en su nombre. Dios no es indiferente a las tragedias del mundo, sino que nos llama, como a Moisés, a hacernos presentes junto a los que sufren.
A quienes esperaban la liberación, Dios les envió a un pastor temeroso: Moisés. Y cuando pedimos a Dios que nos libere del dolor, él nos invita a no alimentar el sufrimiento, sino a erradicar sus causas, convirtiéndonos en su rostro sonriente y solidario.
Los cristianos, ingenuos para el mundo, seguimos acercándonos a donde hay dolor e injusticia. Somos la sonrisa de Dios, el bálsamo que él ofrece a la humanidad para superar el sufrimiento y crecer en una auténtica fraternidad basada en la justicia y el perdón.
Somos testigos de esto.
La vida es una oportunidad para descubrir quién es Dios y quiénes somos nosotros. El desierto es el espacio donde ejercemos nuestra libertad. No hay vidas más fáciles o más difíciles: cada vida es un instante que estamos llamados a vivir con intensidad y alegría.
Jesús nos muestra el rostro de un Dios paciente, que espera que la higuera dé fruto. La conversión, el cambio de corazón, es el fruto que se nos pide dar.
Detengámonos ante los acontecimientos tristes de la vida sin culpar a Dios, pero también viéndolos como una advertencia para vivir con mayor conciencia.
Dios es un Dios que ve, que interviene, pero que respeta nuestra libertad, tratándonos como adultos, aunque nuestras elecciones sean catastróficas. La guerra, las desgracias, el sufrimiento que nos rodea son fruto de nuestras propias decisiones y no del castigo de Dios. No le culpemos de lo que es responsabilidad nuestra.
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