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sábado, 8 de marzo de 2025

DOMINGO 1º DE CUARESMA (Ciclo C)



 Primera Lectura: Dt 26, 4-10
Salmo Responsorial: Salmo 90
Segunda Lectura:Rom 10, 8-13
Evangelio: Lc 4, 1-13

No, hermanos, la vida no es fácil, y no lo decimos en tono ligero ni como una simple frase hecha.

Algunos, ciertamente, tienen la gracia de vivir sin grandes sobresaltos, pero para la mayoría, la existencia se parece más a una travesía contra corriente, una lucha constante en medio de crisis que no cesan. Cuando no es el trabajo, es la salud; cuando no son los hijos, es la fe... Y a esto se suman las tribulaciones que afligen al mundo: pandemias, guerras, divisiones y odios. Muchas veces sentimos que avanzamos por un sendero cada vez más arduo y, cuando parece que logramos un respiro, una nueva prueba se cierne sobre nosotros.

Pero ante las dificultades, Cristo nos llama a no temer, a iluminarlas con la luz de la fe, a comprenderlas, a enfrentarlas con valentía. Nos exhorta a no caer en la desesperanza ni a tomar atajos engañosos.

Jesús mismo, en su infinita solidaridad con los pecadores, se puso en la fila de los que buscaban el bautismo de Juan. Y hoy le vemos entrando en el desierto, donde se enfrenta a toda clase de pruebas, que el evangelista Lucas nos resume en tres grandes tentaciones. Así nos enseña que la lucha es inevitable, pero nos muestra el camino y el horizonte hacia el que debemos dirigirnos.

¡Abajo las máscaras!

Ha llegado el tiempo de dejar caer las máscaras. No solo las del carnaval, sino aquellas otras, más profundas, que la vida nos ha impuesto, que la sociedad nos ha colocado, o que nosotros mismos hemos adoptado como un refugio por miedo a decidir ante las opciones de la vida.

Al menos, ante Dios, podemos quitarnos las máscaras y permanecer desnudos sin sentir vergüenza.

Jesús, en su amor por la humanidad, quiere recorrer de nuevo el camino de Israel, experimentar el hambre y dejarse envolver por el silencio abrumador del desierto, ser tocado por la luz abrasadora del sol que hiere las rocas descarnadas del desierto de Judea.

Jesús quiere discernir cómo va a anunciar la Palabra, cómo revelar el misterio del Padre, cómo estructurar su misión de evangelización. Y es que Jesús elige elegir, opta y discierne.

Aun siendo la Palabra misma de Dios, como hombre busca en el silencio la respuesta. Se adentra en la soledad del desierto para decidir qué tipo de Mesías será.

Nosotros, al iniciar el desierto cuaresmal, podemos también preguntarnos: ¿la persona que soy es la que quiero ser? Y, sobre todo, ¿se parece algo al diseño maravilloso que Dios ha soñado para mí?

Tentaciones

Jesús tiene ante sí un camino profetizado desde antiguo, anhelado por un pueblo oprimido por poderes extranjeros durante siglos, que espera un Mesías triunfador.

Un Mesías fuerte, un caudillo político, un libertador. La gente soñaba con alguien que resolviera los problemas con un solo gesto, que castigara a los malvados (que siempre son los otros, por supuesto) y que restaurara un reino glorioso como el del rey David, con justicia, abundancia y sin tributos molestos.

Y en ese contexto, aparece el tentador. No es una figura grotesca ni caricaturesca, sino astuto y persuasivo. Su propuesta es clara, lógica, atractiva.

—¿Quieres ser el Mesías? ¡Magnífico! Pero no exageres. Mira, cuida tu imagen, confía en un entrenador personal. Si no haces algo impactante, nadie te reconocerá. ¿Ves esas piedras? Si tienes hambre, conviértelas en pan. Al fin y al cabo, eres Dios.

—¿Quieres ser el Mesías? ¡Genial! Pero necesitas aliados estratégicos. Habla con los políticos, con los sumos sacerdotes. Aprende a moverte entre los poderosos, a negociar y buscar apaños. A fin de cuentas, si quieres ayudar a la gente, necesitas influencia.

—¿Quieres ser el Mesías? ¡Estupendo! Entonces haz un milagro espectacular. Tírate del templo, que los ángeles te sostendrán para que no caigas. Un signo prodigioso y la multitud te seguirá sin dudar.

Sí, el diablo tiene razón. Incluso cita la Palabra de Dios y, además, la conoce mejor que la mayoría de nosotros. Pero no basta con conocer la Biblia, lo esencial es vivirla y hacer la voluntad de Dios.

Opciones

Jesús responde con firmeza al tentador: —No te esfuerces. No caeré en tus engaños.

Rebate a Satanás: la vida es sustancia consistente, no una imagen virtual. Yo iré al corazón de la gente, y será mi amor, sacado del Padre, el que va a roturar los surcos en las almas para sembrar en ellos la Palabra. Elegí ser hombre para mostrar que Dios no es uno de los afortunados y privilegiados. El poder es ambiguo y no gratuito: si da algo, luego lo reclama. El poder usa a la gente. Yo, en cambio, he venido a servir. Quiero ser libre para poder hablar del verdadero rostro de Dios.

El milagro es ambiguo y peligroso. Yo quiero que la gente ame a Dios por lo que Dios es, no por lo que Él nos da. Yo no voy a presentar el rostro de un Dios que resuelve los problemas, sino que los comparte con nosotros.

Ésta son las opciones del Señor. En estas palabras están la esencia de su ministerio y, también, de su fracaso.

Bajo perfil

Jesús será un Mesías de bajo perfil, no usará ningún otro instrumento más que el amor para convencer, anunciar y convertir. Es un gran riesgo, el suyo.

¿La gente lo entenderá? ¿Estará satisfecha? ¿Abrirá su corazón ante el asombro de encontrarse con un Dios humilde y frágil, con un Dios adulto?

Jesús se lanza a este desafío y el demonio lo abandona, de momento. Pero volverá en el momento adecuado, en el huerto de Getsemaní, para intentar demostrar que Jesús estaba equivocado, que estaba engañado, que el hombre nunca cambiará, que no sabe qué hacer con un Dios semejante. Y, también, para convencerlo de que no hace falta que lo maten innecesariamente.

¿Y yo?

¿Yo, quién quiero ser? ¿En qué me quiero convertir?

Las tentaciones se multiplican en la vida, la lógica mundana nos persigue por doquier: aparenta, vence, usa y abusa, exagera, sé pasota, manipula, grita…

Y yo, ¿quién quiero ser? Ánimo, buscadores de Dios. Tenemos que cruzar un desierto. El Señor lo hizo. También nosotros podemos hacerlo.

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