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miércoles, 5 de marzo de 2014

domingo, 2 de marzo de 2014

DOMINGO VIII DEL TIEMPO ORDINARIO (Ciclo A)



Primera Lectura: Is 49,14-15
Salmo Responsorial: Salmo 61
Segunda Lectura: 1 Cor 4,1-5
Evangelio: Mt 6,24-34

De verdad que estamos viviendo tiempos difíciles. No solamente por la crisis económica, que expone a una dura prueba nuestras familias. Pero sobre todo por la falta de esperanza que está atropellando a los jóvenes, exasperados por la falta de futuro, aturdidos por un mundo que no los quiere más que para consumir y, en muchos casos, para hacer el idiota.
Sin embargo, justo en estos momentos estamos llamados sacar lo mejor de nosotros mismo e ir a lo esencial. Con los pies bien plantados en tierra y con el corazón volando alto sobre los problemas, para mirarlos desde otro ángulo: el de Dios.
Es lo que afirma el inaudito mensaje cristiano: Dios existe y está presente en nuestra historia. No es un severo contable que desde lo alto de su indiferencia nos deja chapotear en nuestras tragicómicas vicisitudes. Dios se ocupa de nosotros, siempre, con entrañas de misericordia.

Ante todo, el Reino
Con esta estupenda certeza la Palabra de hoy nos invita a levantar la mirada de nuestras inquietudes y preocupaciones para mirar a nuestro alrededor, para observar los pájaros del cielo y los lirios del campo, y tener una mirada que sepa asombrarse todavía del hecho de que Dios ha creado el mundo para nosotros, con sabiduría y providencia.
Hoy Jesús nos dice con fuerza en el evangelio que el mayor enemigo de ese mundo más digno, justo y solidario que quiere Dios es el dinero. El culto al dinero será siempre el mayor obstáculo que encontrará la Humanidad para progresar hacia una convivencia más humana. “No podéis servir a Dios y al Dinero”. Es lógico, Dios no puede reinar en el mundo y ser Padre de todos, sin reclamar justicia para los que son excluidos de una vida digna.

domingo, 16 de febrero de 2014

DOMINGO VI DEL TIEMPO ORDINARIO (CicloA)


 Primera Lectura: Eclo 15,15-20
Salmo Responsorial: Salmo 118
Segunda Lectura: 1 Cor2, 6-10
Evangelio: Mt 5, 17-37

En muchas ocasiones nos preguntamos cuál es la originalidad de Jesús y del Evangelio y, en consecuencia, aquello que más nos identifica a sus seguidores. Originalidad respecto a la tradición religiosa de su pueblo y originalidad en relación a cualquier oferta que hoy se nos presenta. Podemos afirmar que en Jesús hay una continuidad con la religión judía y, al mismo tiempo, una ruptura con ella, porque presenta una visión de Dios y del hombre, de la ley y su cumplimiento, completamente nueva. Ciertamente, todo un cambio de perspectiva que provoca reacciones contradictorias a los que escuchan a Jesús, desde el máximo atractivo hasta un persistente rechazo.
 Así podemos entender mejor las primeras palabras que hoy hemos escuchado al mismo Jesús: «No creáis que he venido a abolir la Ley y los profetas, sino a dar plenitud».
Jesús desmonta pieza a pieza todo lo que los devotos de su tiempo, y de siempre, pensaban que era lo esencial de la fe. Jesús se permite corregir, mejor aún, reconducir al origen la Ley que Dios ha dado a los hombres, y nos desvela muchas cosas de Dios, de Jesús, y de nosotros.

De Dios
Nos dice que Dios sabe cómo funcionamos, que nos ha creado y su Palabra, su Ley, los “mandamientos”, no son otra cosa que indicaciones para nuestro buen funcionamiento. Dios no se entretiene con hacer que nos volvamos locos, poniéndonos estacas en el camino y haciéndonos sufrir, al proponernos conductas irreprensibles, y aburridas. Dios no está celoso de nuestra libertad y por eso nos la limita. Simplemente sabe cómo funcionamos, y desea intensamente llevarnos al manantial de la bienaventuranza y del bien. Dios es el colaborador de nuestra alegría: es el pecado el mal que nos hace daño.
¡Qué bonito es pensar que Dios se ocupa realmente de nosotros! ¡Y que, él sí, se preocupa de todo corazón por nuestro bien!