Traducir

Buscar este blog

domingo, 20 de abril de 2014

DOMINGO DE PASCUA DE RESURRECCIÓN DEL SEÑOR (Ciclo A)


Primera Lectura: Hch 10, 34a. 37-43
Salmo Responsorial: Salmo 117
Segunda Lectura: Col 3, 1-4
Evangelio: Jn 20, 1-9

¡Amigos Jesús está vivo, ha resucitado, y está presente para siempre!
Lo hemos acompañado entre los olivos de Getsemaní, cuando nos dormíamos, vencidos por el sueño, sin saber que, junto a nosotros, se estaba dando el choque titánico entre la tiniebla y el amor.
Lo seguimos de lejos, como Pedro, después de la detención en el huerto, aturdidos y asustados viendo tanta violencia sobre un hombre bueno y humilde.
Lo vimos colgado, desfigurado, golpeado, desgarrado, así lo vimos perdonando a sus asesinos hasta el último aliento de vida.
Luego, junto a los demás discípulos, nos hemos cerrado en aquella habitación de la cena. Como si las paredes hubiesen conservado algo de él. Para darnos ánimo, sin tampoco tener derecho a llorar, devorados por el miedo.
Parecía que todo había acabado, de la peor manera, como a menudo ocurre en nuestra vida. Una derrota total, la partida perdida, el final de los sueños. Era demasiado bonito para que fuera verdad.
Y en cambio, sobre al amanecer, el día después del sábado de la Pascua, María vino a decirnos de fuésemos a la tumba.
Las mujeres, piadosa y devotamente, habían ido a terminar lo que no habían logrado hacer aquel trágico viernes.
Buscaban a su Maestro, que había sido dramáticamente atropellado por los acontecimientos. Lo buscaban con desesperación y resignación.
Querían devolver un atisbo de dignidad a aquel hombre al que habían amado y seguido. Que las había querido e instruido.

Ilusas. El Señor ya está  en otro lugar. Ha resucitado.

Huir del sepulcro
Tienen que alejarse del sepulcro, no quedarse allí velándolo. Tienen que ir a otro lugar, allí donde el Señor las espera. El Nazareno ha resucitado. No está  reanimado, ni mucho menos reencarnado, sino espléndidamente resucitado. Tampoco sabíamos bien qué significaba haber resucitado, pues nadie había  resucitado nunca como él. Lázaro volvió a la vida, pero murió, de nuevo.
Jesús no. Jesús está vivo. Espléndido y triunfante. No es una fantasma, ni un ectoplasma. Es exactamente Él y se hace reconocer por las señales de su presencia, come con sus pasmados discípulos, les da ánimos. Vive.
Jesús ha resucitado, tanto si nos damos cuenta de ello como no, tanto si lo creemos más o como si menos. Ha resucitado. Y todo cambia, cada cosa asume una luz diferente.
El Nazareno, entonces, no es sólo un gran hombre, un maestro, un profeta. Es mucho más. Es el Dios vivo.

Terremotos
El evangelista Mateo, en su narración,  habla de dos terremotos: uno en la crucifixión y otro en la resurrección. Terremotos interiores, obviamente, que el discípulo experimenta cuando ve la grandeza del amor de Dios que muere, derrotado, para mostrar cuánto nos quiere.
Terremoto que somos llamados a vivir cuando descubrimos que el Maestro está vivo y que podemos encontrarlo.

Conversiones
¡Feliz Pascua! discípulos del resucitado. ¡Feliz Pascua! vosotros los que habéis superado la cruz y que sembráis esperanza y luz. ¡Feliz Pascua! también a los que aún están anclados al Gólgota, como a Tomás o Pedro. Todavía tendremos tiempo para convertirnos a la alegría, después de habernos convertido a la lógica de nuestro Dios que muere por amor.
¡Feliz Pascua! porque si Jesús ha resucitado tenemos que buscar las cosas de arriba. Abandonar deprisa el sepulcro, porque la muerte no ha logrado retener la fuerza inmensa de la vida de Dios en nosotros.
Contadlo, publicadlo, que Jesús está vivo: pocos lo saben o prefieren ignorarlo. Hasta los cristianos parece que se han olvidado de ello. Y sin embargo toda nuestra fe está en aquella tumba vacía.
Pero no vengáis diciendo que no sois capaces, que nadie os escucha. Tened en cuenta lo que parece una broma: ¡Jesús confió el más precioso mensaje de la historia de la humanidad a unas mujeres que, en aquel tiempo, no tenían derecho de hablar en público! Y aquí estamos nosotros hoy proclamando la resurrección de Cristo, gracias a su testimonio.
Ánimo, pues, vivamos de resucitados, busquemos las cosas de arriba, las cosas de Dios, que es Vida y vida abundante para todos.

Sepulcros
Y si todavía dudáis os dais una vuelta por Jerusalén, por uno de los sitios más feos de la cristiandad, una basílica sucia y caótica en la que prevalecen los gritos de los devotos. En aquella basílica se conserva aquella tumba vacía, absoluta y extraordinariamente vacía.
Desde hace milenios, millares de hombres y mujeres han desafiado a la muerte para ir a ver aquella tumba vacía. Espléndidamente vacía.
Es absurdo: generalmente las personas hacen viajes para venerar algún mausoleo que custodia los despojos de algún gran político o cantante u hombre espiritual. Los cristianos van a ver una tumba vacía.
Porque aquella tumba vacía nos dice que la muerte no ha vencido. Y no vence nunca. Jamás.
¡Si morimos con Cristo resucitamos con él!

¡Alegría, hermanos, que el Señor ha resucitado!