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sábado, 10 de junio de 2017

DOMINGO DE LA SANTÍSIMA TRINIDAD (Ciclo A)

La Santa Trinidad de Andrej Rublev
Primera Lectura: Ex 34,4b -6. 8-9
Salmo Responsorial: Dan 3, 52.56
Segunda Lectura: 2 Cor13, 11-13
Evangelio: Jn 3, 16-18

A menudo nos hacemos una idea terrible de Dios. Una idea que mana desde lo profundo, y que junta a nuestros miedos, el sentido de extravío que llevamos en el corazón cuando afrontamos las pequeñas o grandes dificultades referidas al misterio de la vida: ¿por qué existimos? ¿Quién lo ha decidido? ¿Por qué?
Una idea que, desgraciadamente, a veces tiene que enfrentarse con demasiados católicos que arruinan la imagen de Dios, al hablar mal de Él, cuando lo describen cómo un jefe iracundo, un policía intransigente, un déspota lunático e imprevisible al que hay que controlar. ¡Qué desastrosa idea de Dios!
Un Dios que deja morir de hambre a los niños, que no frena las guerras, que hace enfermar de cáncer a una joven madre.  Un Dios que no soluciona los muchos problemas de los hombres, que los deja ahogarse en el mar de las dificultades propias de nuestro tiempo.
Un Dios al que temer y no amar. Un Dios incomprensible.
Y hay también muchos que creen no creer, que se han hecho una idea o una imagen de Dios tan horrible y falsa, que deciden no creer. Es mejor esperar que no haya nadie, antes que tener un Dios sediento de sangre. Tampoco yo creo en semejante Dios.
¿Creéis que exagero? Estar seguros que no. La conversión más difícil de conseguir es precisamente la que nos hace pasar del dios pequeñito y mezquino, que tantas veces llevamos en el corazón, al Dios grandioso que la Biblia nos revela.
Y no basta con ser católicos practicantes para creer en el verdadero Dios. Por eso, necesitamos al menos un domingo dedicado a reflexionar sobre el rostro de Dios, que Jesús nos ha contado. Es el domingo de la Santísima Trinidad.

Moisés
Hace falta tiempo para huir la imagen demoníaca de Dios que llevamos dentro. El pueblo de Israel hizo ese mismo recorrido purificando la propia fe a través de su experiencia vital. El Dios de los padres, el Dios Abrahán, de Isaac y de Jacob, no era como el de los pueblos cercanos, era mejor. Luego, con el éxodo de Egipto, sucede algo que pone todo patas arriba: el Dios de los padres interviene, actúa, se comunica y establece una un pacto, una alianza, una boda con este pueblo errante.
No hay más divinidad que el Dios de Israel, las demás son sólo ídolos.
En el Biblia encontramos el rastro de esta evolución de la experiencia de Dios, al que inicialmente llaman Elohim = el Señor, o El Shadai = el dios de las alturas, hasta llegar a la revelación de su rostro, Adonai = Yo soy el que está presente contigo.
Un Dios que interviene físicamente para liberar su pueblo, que lo educa, después de haberlo hecho salir de Egipto.
Un Dios que le preocupa sobre todo el bien del hombre, al que le revela los diez mandamientos para que pueda vivir.
En el precioso texto de hoy encontramos el encuentro entre Dios y Moisés. Es la narración de la entrega de los mandamientos, que encontramos al menos dos veces en el Éxodo. Antes de entregarlos a Moisés, Dios se presenta: Él es el fiel, el misericordioso, lleno de ternura, el piadoso, lento a la cólera y rico en perdón, lleno de gracia.
Nuestros liturgistas, muy delicadamente, han borrado el versículo en que se dice "que castiga las culpas de los padres en los hijos hasta la tercera generación." Por cierto que es una horrible traducción: el verbo hebreo poqèd  no es castigar, sino averiguar (de aquí deriva paquid, el funcionario). El sentido, entonces, es muy distinto del castigo: el pacto puede ser infringido sin que por ello se anule; si los padres lo infringen, se investigará a los hijos, para darles una nueva y enésima oportunidad de redención.

Pablo
Pablo, escribiendo a los corintios, da testimonio de la progresiva comprensión del misterio de Jesús que van alcanzando las primeras comunidades. Jesús no es solamente un gran profeta, ni simplemente el Mesías: él es el Hijo mismo de Dios. Y, siendo el Hijo, nos desvela quien es Dios en profundidad: un misterio de comunión, un Padre-Madre que quiere al Hijo y cuyo amor se representa en el Espíritu Santo.
La Trinidad no es una inútil complicación inventada por los primeros cristianos (en el país más monoteísta de la Historia, ¡figúrate!), sino la progresiva comprensión de una gran verdad: el Padre es el amante, el Hijo es el amado y el Espíritu es el amor.
Dios es amor.