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domingo, 21 de diciembre de 2014

DOMINGO 4º DE ADVIENTO (Ciclo B)



Primera lectura: 2 Sam 7, 1-5.8b-12.14a.16
Salmo Responsorial: Salmo 88
Segunda lectura: Rom 16, 25-27
Evangelio: Lc 1, 26-38

Hacer nacer Dios. Hacerlo renacer. Dejar que sea él quien ilumine nuestras vidas, nuestra vida diaria, nuestras crisis financieras previstas o no. No para huir de una realidad cada vez más tenebrosa, sino para darle un nuevo horizonte.
Ya sabemos lo que es una vida basada en la apariencia, en la competencia por la imagen y la apariencia, ya hemos visto qué significa batirse para poder permitirse el último artilugio electrónico, ya hemos visto cómo está un país en el  que la vulgaridad se convierte en el nuevo lenguaje, y el cotilleo y la habladuría se transforma en virtud, hemos visto lo que pasa cuando la economía se convierte en la nueva ideología dominante.
Tal vez hemos dado gracias por ello. Ahora démoselas a Dios.

El Dios verdadero
No al que bendice nuestras batallas, no al elevado sobre los estandartes de conquista, no al que protege nuestras ideas. No al Dios que establece la autoridad constituida, no al que exalta el dolor y nos pide soportarlo con cristiana resignación. No al Dios de las procesiones y ceremonias, de los milagros y de las apariciones, de los hombres extraordinarios y de los santos extraños e inalcanzables.
Sino el Dios de Jesús. El Dios niño. El Dios inútil. El que fue anunciado por profetas, esperado y reconocido con asombro por el Bautista, el que nos alcanza cada día y que pide nacer en cada persona.
Faltan apenas cuatro días para la Navidad. Una Navidad humilde, llena de inquietudes. Una Navidad que no será una borrachera de regalos inútiles, que estará muy atenta al gasto de los banquetes, que no tendrá el trasfondo de la ansiedad por la movilidad del empleo y por el fondo de desempleo, o por el fin del contrato.
Dios nace, aquí y ahora. En esta concreta situación de nuestra vida.

David
¿Cómo? ¿Cuándo? ¿Dónde?
María y David son los protagonistas de la Palabra de hoy y nos dan una preciosa indicación. El nacimiento de Dios en nosotros es, ante todo, iniciativa suya.

David, ya envejecido y entristecido por los acontecimientos de la vida, ve su formidable Reino recorrido por movidas secesionistas. El heredero del trono fue matado por su hermano, a su vez muerto durante una batalla del ejército de David. El tercero hijo será a su vez matado por Bersabé, que quiere poner en el trono a su hijo Salomón. Así será y David teme que ya ningún descendiente suyo gobernará sobre Israel. Decide construir un templo al Dios que le ha hecho crecer tanto y Natán, el profeta de la corte, lo para: no será el rey quien construir una casa, sino Dios el que le construirá una descendencia. Y así será.
A pesar de todo, después del destierro en Babilonia, la casa de David desaparecerá, pero será un descendiente suyo, el hijo de José de Belén el que tomo su lugar. Jesús el nazareno subirá al trono de David. Pero no como se lo esperaba el gran rey.
Siempre es Dios que toma la iniciativa. Siempre es él quien viene al encuentro, el que se hace presente, el que nace en nosotros. Pero nunca como lo esperamos.

Bella María
Por ejemplo, fijaros en la adolescente y tierna jovencita de Nazaret.
Si Dios quiere nacer, ¿por qué lo hace en un agujero de un país jamás citado en el Biblia, al margen de las grandes vías de comunicación, en un sitio árido en el que la gente vivía en cuevas? ¿Por qué con una jovencita de trece años? ¿Por qué no a Roma, en casa del emperador? ¿Por qué no hoy, con la fuerza mediática de los satélites e internet? Así es Dios. Imprevisible.
Y María nos enseña las otras características para hacer nacer Dios en nuestra vida. No importa lo que hagamos, o si somos personas extraordinarias.
Dios nace en lo cotidiano. Aunque habitemos en un pueblecito de provincia poco cautivante y menos famoso. Aunque no tengamos grandes cualidades y no logremos nunca salir del anonimato. Aunque no formemos parte de los vip de este mundo.
Dios no nace en las personas que se lo merecen, y tampoco en las personas particularmente religiosas. Dios no nace porque estemos preparados teológicamente.
Dios nace en los corazones que todavía saben asombrarse, como saben hacer los adolescentes. Como David y María, precisamente.

La narración de Lucas
Lucas retoma el esquema de las muchas “anunciaciones” presentes en el Biblia. Poco importa cómo se hayan desarrollado los hechos, Lucas lo cuenta así y nos asombra.
Dios no elige a la mujer del emperador ni a un premio Nobel, ni a una mujer manager dinámica de nuestros días, Dios elige a la pequeña adolescente, la bella María. A ella le pide que se convierta en la puerta de entrada de Dios en el mundo.
¿Qué diríais si por la mañana llegara una hija o una nieta adolescente diciendo: Me ha pedido Dios que le ayude a salvar el mundo? Exactamente eso.
En cambio María ahí está firme, cree,  y nosotros no sabemos si reír o mover la cabeza ante tan espléndida inconsciencia, todos quedamos atónitos ante la desconcertante sencillez de este diálogo, ante del atrevimiento de una hija de Sión que habla de tú a tú con Dios, que le pide y le da explicaciones.
Elegir Nazaret para encarnarse, un país ocupado por el imperio romano, en los confines de la historia, en los márgenes de la geografía del tiempo, en una época desprovista de medios de comunicación, nos revela una vez más la lógica de Dios, lógica basada en lo esencial, en el misterio, en la profecía, en su verdad, en resultados imprevistos y desconcertantes.
Cuatro días nos separan de la Navidad y de un mar de banalidad y de sufrimiento para algunos. Vayamos a Belén tal como somos. Como David en la primera lectura que quiere construir un bonito templo para Dios, también nosotros oiremos que se nos dice: “déjate hacer, no te preocupes como has preparado tu Adviento, soy yo el que viene a tu encuentro”
¡Si nuestro Dios es así, dejémonos encontrar por Él!