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sábado, 17 de marzo de 2018

DOMINGO 5º DE CUARESMA (Ciclo B)


Primera lectura: Jer 31, 31-34
Salmo Responsorial: Salmo 50
Segunda lectura:  Heb 5, 7-9
Evangelio: Jn 12, 20-33



Dios sólo tiene un deseo: salvarnos, hacernos felices, llenar de ternura nuestro tibio corazón. Dios se ha tomado la molestia de venir a decírnoslo en la persona de Jesús, hijo de Dios, que nos desvela cumplidamente el designio de Dios Padre, y además nos dice que está dispuesto a morir por conseguirlo.
En este recorrido de vida, qué es el Cuaresma, se nos ha pedido una enésima conversión: pasar de la idea de un Mesías triunfante a la de un Mesías modesto; pasar de un Dios al que corromper para nuestro propio beneficio, y con el que hay que regatear la salvación,  al Padre que sabe lo que necesitan sus hijos; pasar de un Dios misterioso y extravagante que nos juzga con severidad, al Dios que desea nuestra felicidad más de lo que nosotros mismos la deseamos.
Somos libres, espléndida y dramáticamente libres, porque el amor es libre y nos hace libres. Y con esa libertad Dios corre el riesgo de ser rechazado, acepta el hecho de que nosotros podemos elegir las tinieblas, aunque eso no permita que nuestras obras salgan a la luz.
Pero nosotros, discípulos frágiles y apasionados de Jesús, el Maestro, vivimos de la verdad que es el Evangelio.
Frente a la libertad del hombre, Jesús queda descolocado. El gran proyecto del anuncio del Reino, llevado adelante con pasión durante tres años, ahora se está revelando como un fracaso. Después del entusiasmo del principio, la gente considera a Jesús una estafa porque los romanos todavía están allí, los enfermos siguen siendo numerosos, el reino mesiánico, ingenuo y triunfante, no ha llegado. Poco o nada ha cambiado. El Nazareno no puede ser el verdadero Mesías.

Queremos ver a Jesús
Los griegos del evangelio querían ver a Jesús, como nosotros. Eran los paganos que simpatizaban con la religión hebrea, que subían a Jerusalén para obtener la iluminación, para entender, para creer. Alguien les había hablado del Nazareno y querían conocerlo. No hay superficialidad en su solicitud, sólo un sincero deseo.
Y aprovechan a Andrés y Felipe para buscar un encuentro, ya que sus nombres mostraban una procedencia extranjera.
A nosotros nos pasa lo mismo: la curiosidad nos empuja hacia Dios. Creemos conocerlo desde hace tiempo y, en cambio, no acabamos nunca de encontrarlo realmente. Tenemos la cabeza llena de palabras e ideas sobre Dios y corremos el riesgo de pasar toda la vida creyendo que creemos. La fe es el deseo de un encuentro, de ese encuentro con el Señor.
También nosotros queremos ver a Jesús, pero este encuentro sólo ocurre por la mediación, a veces pobre y cansada, de hombres como Felipe y Andrés. Son los discípulos, todavía hoy, los que nos hacen posible el encuentro con Dios, los que nos indican el camino.
 Y lo que Jesús les dice a los griegos en ese encuentro es desconcertante, es una nueva lógica: la lógica de la donación, de la entrega, de sí mismo.

El grano de trigo
Los griegos del evangelio – los paganos - escucharon la difícil Palabra de Dios. También fueron los griegos los que teorizaron sobre la existencia de los mejores (“aristoi”),  llamados a mandar.
Son los griegos – los paganos - de hoy: los bancos, los mercados, los que exigen ser los poderosos vencedores para dominar la sociedad.
Jesús, en cambio, habla de perder la vida, de entregarla, para ganarla. Como él sabría hacer dentro de pocas semanas. Porque si el grano de trigo no muere, queda sin dar fruto…

Nosotros
Y nosotros discípulos, desconcertados, meditamos esta palabra luminosa e inquietante: para vivir, a menudo, tenemos que afrontar una muerte. Y esto nos asusta enormemente.
Estamos convencidos de que la mejor vida posible es aquélla sin apuros, sin obstáculos, sin sufrimiento. En el fondo pensamos – aunque los critiquemos - que benditos los que tienen poder y dinero, que no dependen de los demás y que pasan de todo. Listos y benditos. Felices los que saben usar al prójimo sin prejuicios y sin escrúpulos.
¡Pero no, no es así! El Señor nos dice que si queremos avanzar, renacer, vivir, tenemos que prepararnos a morir a algo.
Y es verdad. El marido “muere” a su egoísmo para dedicarse a su mujer. La esposa “muere” sacrificando su libertad para dar a la luz un hijo. El voluntario “muere” dedicando su tiempo libre al enfermo. Y tantas otras “muertes” que nos rodean día a día.
Sin embargo, todos estos gestos dan a luz una nueva dimensión, la del amor, y una nueva criatura, la solidaridad. La imagen del parto es bien expresiva de esta lógica entretejida en todas las cosas: los dolores son necesarias para dar a la luz a una nueva criatura.
Eso sí: aceptar este discurso es difícil. Cuando se está sufriendo, no se piensa en la vida que va nacer. Cuando estamos mal, nos cuesta entrever más allá. Cuando estamos en la oscuridad y en el frío de la tierra, como el grano sembrado, no pensamos en un Dios misericordioso, sino en un déspota que permite nuestro sufrimiento.
Jesús también tiene miedo de la llegada de ese momento, y se siente aturdido cuando ve llegar a los griegos; sabe que su hora se acerca. ¡Qué humano es este Dios nuestro, tan agitado y asustado!
Sin embargo, Jesús entiende el designio que eligió en el desierto, la necesidad de su destino, y acepta morir por amor, sólo por amor.
Tengamos el coraje de morir a nosotros mismos, como ha hecho el Señor Jesús. De aprender a asumir la vida con realismo, para dar fruto. Pues entonces, y sólo entonces, en nuestro camino cuaresmal, de búsqueda de lo esencial, una vez abandonado el lastre que nos impide avanzar, descubriremos cuánto nos quiere Dios, y en nuestro corazón, con la mirada de la fe, encontraremos, hoy, al Señor Jesús.