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domingo, 22 de marzo de 2015

DOMINGO 5º DE CUARESMA (Ciclo B)


Primera lectura: Jer 31, 31-34
Salmo Responsorial: Salmo 50
Segunda lectura:  Heb 5, 7-9
Evangelio: Jn 12, 20-33


Dios sólo tiene uno deseo: salvarnos, hacernos felices, llenar de ternura nuestro tibio corazón. Dios se ha molestado para venir a decírnoslo en la persona de Jesús, hijo de Dios, que desvela cumplidamente el designio de Dios, y además nos dice que está dispuesto a morir por conseguirlo.
Se nos ha pedido en este recorrido de vida, qué es el Cuaresma, una enésima conversión: pasar de la idea de un Mesías triunfante a la de un Mesías modesto; pasar de un Dios al que corromper en beneficio propio y con el que hay que regatear la salvación,  al Padre que sabe lo que necesitan sus hijos; pasar de un Dios misterioso y extravagante que nos juzga con severidad, al Dios que desea nuestra felicidad más de lo que nosotros mismos la deseamos. 
Somos libres, espléndida y dramáticamente, porque el amor es libre y nos hace libres. Y con esa libertad Dios corre el riesgo del rechazo, acepta el hecho de que podemos elegir las tinieblas, aunque eso no permita que nuestras obras salgan a la luz. 
Pero nosotros, discípulos frágiles y apasionados del Maestro, vivimos en la verdad que es el Evangelio.
Frente a la libertad del hombre, Jesús queda descolocado: el gran proyecto del anuncio del Reino llevado adelante con pasión durante tres años, ahora se está revelando como un fracaso. Después del entusiasmo del principio, la gente considera a Jesús una estafa porque los romanos todavía están allí, los enfermos siguen siendo numerosos, el reino mesiánico, ingenuo y triunfante, no ha llegado. Poco o nada ha cambiado. El Nazareno no puede ser el verdadero Mesías.

Queremos ver a Jesús
Los griegos del evangelio quieren ver Jesús,  como nosotros. Son los paganos que simpatizan con religión hebrea, que suben a Jerusalén para obtener la iluminación, para entender, para creer. Alguien les ha hablado del Nazareno y quieren conocerlo. No hay superficialidad en su solicitud, sólo un sincero deseo.
Y aprovechan a Andrés y Felipe, cuyos nombres descubren una procedencia extranjera, para buscar un encuentro.
A nosotros nos pasa lo mismo: la curiosidad nos empuja hacia Dios. Creemos de conocerlo desde hace tiempo y, en cambio, no acabamos nunca de encontrarlo realmente. Tenemos la cabeza llena de palabras e ideas sobre Dios y corremos el riesgo de pasar toda la vida creyendo que creemos. La fe es el deseo de un encuentro, de ese encuentro con el Señor.
También nosotros queremos ver a Jesús, pero este encuentro sólo ocurre por la mediación, a veces pobre y cansada, de hombres como Felipe y Andrés. Son los discípulos, todavía hoy, los que nos hacen posible el encuentro con Dios, los que nos indican el camino.
 Y lo que Jesús les dice a los griegos es desconcertante, es una nueva lógica: la lógica de la donación de sí mismo. 

El grano de trigo
Los griegos del evangelio – los paganos - escucharon la difícil Palabra del Dios. También fueron los griegos los que teorizaron sobre la existencia de los mejores (“aristoi”),  llamados a mandar.
Son los griegos – los paganos - de hoy: los bancos, los mercados, los que exigen ser los vencedores para dominar la sociedad.
Jesús, en cambio, habla de perder la vida, de entregarla, para ganarla. Como él sabrá hacer dentro de pocas semanas.



Nosotros
Y nosotros discípulos, desconcertados, meditamos esta palabra luminosa e inquietante: para vivir, a menudo, tenemos que afrontar una muerte. Y esto nos asusta enormemente. 
Estamos convencidos de que la mejor vida posible es aquélla sin apuros, sin obstáculos, sin sufrimiento. En el fondo pensamos que benditos los que tienen poder y dinero, que no dependen de los demás y que pasan de todo. Listos y benditos. Felices los que saben usar al prójimo sin prejuicios y sin escrúpulos.
¡Pero no, no es así! El Señor nos dice que si queremos avanzar, renacer, vivir, tenemos que prepararnos a morir a algo. 
Y es verdad. El marido “muere” a su egoísmo para dedicarse a su mujer. La esposa “muere” sacrificando su libertad para dar a la luz un hijo. El voluntario “muere” dedicando su tiempo libre al enfermo. Y tantas otras “muertes”.
Sin embargo todos estos gestos dan a luz una nueva dimensión nueva, el amor, una nueva criatura, la solidaridad. La imagen del parto es bien expresiva de esta lógica entretejida en todas las cosas: los dolores son necesarias para dar a la luz a una nueva criatura. 
Eso sí: aceptar este discurso es difícil. Cuando se está sufriendo no se piensa en la vida que va nacer. Cuando estamos mal nos cuesta entrever más allá. Cuando estamos en la oscuridad y en el frío de la tierra, como el grano, no pensamos en un Dios misericordioso, sino en un déspota que permite nuestro sufrimiento.
Jesús también tiene miedo de la llegada de ese momento, y se siente aturdido cuando ve llegar a los griegos llegar;  sabe que su hora se acerca. ¡Qué humano es este Dios nuestro tan agitado y asustado! 
Sin embargo Jesús entiende el designio que eligió en el desierto, su necesidad, y acepta morir por amor, sólo por amor.
Tengamos el coraje de morir a nosotros mismos, como ha hecho el Señor Jesús. De aprender a obedecer a la realidad, para llevar fruto. Pues entonces, y sólo entonces, en nuestro camino cuaresmal, de búsqueda de lo esencial, abandonado el lastre que nos impide avanzar, descubriremos cuánto nos quiere Dios, y en nuestro corazón, con la mirada de la fe, encontraremos hoy al Señor Jesús.