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sábado, 16 de junio de 2018

DOMINGO 11º DEL TIEMPO ORDINARIO (Ciclo B)



Primera Lectura: Ez 17, 22-24
Salmo Responsorial: Salmo 91
Segunda Lectura: 2 Cor 5, 6-10
Evangelio: Mc 4, 26-34



Retomando el tiempo ordinario, después del largo paréntesis que desde la Cuaresma nos ha llevado hasta la Pascua del Señor resucitado, lo hacemos hoy junto a Marcos, el primer evangelista, discípulo de Pedro.
Él hoy nos da una sacudida de esperanza y de confianza, en estos tiempos oscuros que tanto asustan.
La tierra sigue temblando y explotando en los volcanes de Hawai y Guatemala, de tal modo que nuestra fragilidad ante las fuerzas de la naturaleza nos asusta sobremanera.
Pero otras convulsiones están sacudiendo España y Europa, víctimas de ellas mismas, víctimas de los egoísmos personales y nacionales, de intereses partidistas, de una unión deseada y nunca conseguida, que nos lleva a la crisis y a la quiebra de los valores que anhelamos. Y, para nosotros creyentes, nos fastidian además las pequeñas sacudidas intraeclesiales de los que creen hacer la voluntad de Dios, y dicen buscar el bien de la Iglesia esparciendo veneno en nombre de un falso ideal de la verdad.
La desconfianza nace en el día a día de quién, siendo discípulo del Señor, ve que en su parroquia se trabaja, que los curas se agotan y que las comunidades se debilitan. Estamos dando una imagen frágil de la Iglesia, a los ojos del mundo. Es verdad que el Papa Francisco ha traído un nuevo aire esperanzador, pero entre los palacios vaticanos hay elementos que intentan hacer de las suyas poniendo palos en las ruedas de la renovación. Mejor nos iría si entre los muros eclesiales revoloteasen más las palomas del Espíritu que los cuervos de la desesperanza.    
¿Entonces, qué hacer? Hermanos, Dios habita nuestras debilidades. Y ante la desesperanza es el momento justo para reflexionar sobre qué es la Iglesia. Mejor aún, sobre “quién” es la Iglesia.

Destierro
Joaquín, el último descendiente del rey David, fue derrotado y deportado a Babilonia por el feroz rey Nabucodonosor. Todo estaba perdido: la ciudad santa destruida, el templo quemado y el arca de la Alianza substraída como botín de guerra. El terremoto de la guerra no ofrece ninguna esperanza, el lozano cedro de la dinastía de David fue impíamente cortado de raíz.
Sin embargo, uno de los deportados, Ezequiel, sacerdote del templo, dice que Dios tomará un brote del árbol cortado y lo plantará, haciéndolo crecer de nuevo. Pero, como sabemos, no será un reino terrenal más lo que va a crecer de aquel brote, sino otra realidad muy distinta: un Reino que pasa por los corazones de cada uno de nosotros.
Aquel brote nuevo de Jesé será para nosotros Jesús el Cristo, el Mesías, el Señor.
Dios no se cansa jamás de la humanidad, no se desanima, no se deja atemorizar por nuestros errores, sino que siempre nos lleva a la plenitud de la vida con unos modos y unos medios que no nos esperamos.

Cansancio
Si nosotros estamos aquí, es porque hemos conocido al Señor que nos ha cambiado la vida, iluminándola. Y sentimos un fuerte deseo de compartir la felicidad que hemos encontrado, y que otros nos han transmitido y entregado, y estamos dispuestos a anunciar el Reino, allá donde vivamos. ¡Pero cuánto cansancio y dificultad encontramos! Nos damos cuenta de todo el trabajo que aún hace falta y de la poca fuerza tenemos. A veces nos coge la ansiedad de hacer muchas cosas, y corremos como locos, para luego quedar vacíos interiormente.
Jesús, hoy, nos alienta en esta situación: tenemos que sembrar la semilla de la Palabra de Dios, abundantemente. No sobre los mármoles de nuestras iglesias vacías, sino en el asfalto de nuestro barrio. Salir, como nos pide el Papa Francisco, y echar la semilla, sin preocuparse de lo que va a pasar. Hablar de Dios, bien y con verdad, no sólo con palabras sino, sobre todo, con la propia vida, siendo coherentes entre lo que hablamos y lo que vivimos. Luego, será la semilla la que, progresivamente, irá creciendo sin saber cómo.
Estamos siempre muy preocupados por lo que tenemos que hacer para ser buenos testigos del Reino de Dios. Y está muy bien. Pero a continuación hemos de recordar que es siempre Dios el que actúa. Nos haría tanto bien seguir la máxima de Ignacio de Loyola: Actúa como si todo dependiera de ti, confía como si todo dependiera de Dios.
El mundo ya está salvado, sólo que no lo sabe. Y nosotros podemos vivir como salvados, lo mejor que podamos, de la mejor manera posible, porque la semilla crece por sí misma.
Jesús nos invita hoy a la paciencia, a dejar de lado la ansiedad, la manía de querer tenerlo todo bajo control, de querer programar y entenderlo todo en nuestra vida espiritual.
Ya sé que la vida nos lleva a pensar que las cosas dependen de nosotros y de nuestra buena voluntad. Incluso nos ponemos a programar nuestro descanso… y nos cansamos más. Por eso, el riesgo de aplicar esta categoría de eficacia a las cosas del Espíritu, es demasiado frecuente y, a la vez, tremendamente inútil.
Si miramos nuestra vida, veremos que, tal vez, nos pusimos con entusiasmo a seguir el camino del Evangelio y en ello hemos intuido la verdad, implicados emotivamente en alguna experiencia, en una comunidad, o en un recorrido de oración. Luego, después de algún tiempo, sobrevinieron las dificultades: la acedia espiritual, la dificultad en rezar, la aridez, la inquietud...
Y surge la duda; ¿tal vez me equivoqué? ¿Qué puedo hacer?
Nada, no hagas nada, déjale hacer a Dios, que si la semilla está plantada, podemos estar tranquilos. La vida interior necesita un tiempo y un ritmo que no podemos pretender manipular. En la vida de la fe, la prioridad siempre es de Dios. Él lleva toda la iniciativa.

Mostaza
La segunda parábola, que hemos escuchado, nos recuerda la asombrosa propiedad de la semilla de mostaza, tan pequeña que parece una mota de polvo, y que, no obstante, llega a convertirse en un matorral. La realidad del Reino es así, tanto en nuestro interior como a nuestro alrededor.
En nosotros: un pequeño gesto, un pequeño compromiso, una pequeña apertura a Dios puede abrir la compuerta de la fe, que riega y fecunda todo. Aunque nuestra vida esté llena de distracciones, la semilla puede crecer, en mi vida y a mi alrededor, mediante pequeños gestos de testimonio, a veces insignificantes, pero que producen resultados sorprendentes.
Y el Reino a nuestro alrededor, lo mismo: esta pequeña comunidad de hombres y mujeres, que es la Iglesia, ha surcado el océano de la historia fecundando al mundo entero con la esperanza del Evangelio.
A los ojos de la fe no escapa el hecho de millones de hombres y mujeres, que se reconocen hermanos de Jesús e hijos de Dios, que van cambiando la historia dirigiéndola por senderos de luz. No temamos, pues, porque nuestra comunidad, nuestros gestos, nuestra celebración, misteriosamente como el crecimiento de las semillas, va fecundando la realidad, la va inseminando, dejando que sea el Señor quien haga crecer su Reino entre nosotros.
Para entender esta dinámica subterránea necesitamos silencio y oración. Sólo retirándonos aparte con Jesús podremos entender verdaderamente cómo Dios va actuando, día a día, en nuestra vida y en nuestra historia.
Dejémosle sitio… y él nos salvará.