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domingo, 17 de enero de 2016

DOMINGO 2º DEL TIEMPO ORDINARIO (Ciclo C)


Primera Lectura: Is 62, 1-5
Salmo Responsorial: Salmo 95
Segunda Lectura: 1Cor 12, 4-11
Evangelio: Jn 2, 1-11


El domingo pasado veíamos cómo somos queridos mucho y bien por el Señor. Él está verdaderamente contento con cada uno de nosotros. Y es difícil querer bien, dejando libre a la persona que se ama, ayudándola a crecer, valorándola, queriendo sin poseer, queriendo dar alas, amando sin chantajes. Sin embargo, esto lo consigue Dios.
En este año C del Tiempo Ordinario, que va a estar dedicado al evangelista Lucas, intérprete de la mansedumbre y misericordia de Cristo, iniciamos el tiempo ordinario con una injerencia de Juan: la narración de las bodas de Caná. Iniciamos el nuevo año repitiéndonos que encontrar a Dios es como participar en una espléndida fiesta de bodas. Una fiesta en que sentimos cómo la alegría se extiende y llena cada una de las fibras de nuestro cuerpo, porque estamos rodeados por nuestros amigos, porque estamos enamorados, porque todo nos sonríe.
Pero también existe una visión oscura de la fe y Dios, que reemplaza la alegría por el deber, que se escurre hacia la obligación de la regla, que no quita ojo al sentido de culpa y hace del pecado la medida con qué juzgar toda la vida.
Por eso Juan inicia la narración de sus siete milagros con una boda; por eso dice que aquélla fue el primer signo de Jesús, el principal; por eso leemos esta página al principio del año: para volver a descubrir que creer es alegrarse.

Borracheras
La historia de Caná corre el riesgo de ser leída con superficialidad, fijándose sólo en el insólito y agradable milagro, y en la colosal borrachera  colectiva consiguiente; la conclusión, conocida por todos, es que Jesús es un hombre prodigioso que transforma el agua en vino, ¡quién pudiera!
Sin embargo, debemos ir más allá de la pura letra. Habéis leído bien: es una boda bastante extraña. Se echa absolutamente de menos a la novia, el novio sólo aparece para recibir las felicitaciones por algo que, en teoría, no le concierne y por lo que él no ha hecho absolutamente nada! ¡Qué boda más rara!
Aparte notamos la descortesía de Jesús hacia su madre y, para poner la guinda, la absurda presencia de unos cántaros de piedra de cien litros para la purificación en la casa de la celebración. ¿Qué hacían ahí? Aquellas tinajas de piedra existían, sí, ¡pero en el patio del Templo de Jerusalén! Ciertamente, no en Caná.
En fin, que son muchas las cosas que no van; intentemos comprenderlo mejor.

Matrimonio fracasado
El matrimonio entre Israel y su Dios languidecía, era como aquellos cántaros: petrificados e imperfectos. Eran, seis las tinajas, cuando el número de la perfección es siete: falta algo. La religiosidad de Israel estaba cansada y aguada, ya no daba alegría, ya no había fiesta. El pueblo estaba viviendo una fe muy parecida a nuestra religiosidad contemporánea, cansada y despistada, arrollada por las contradicciones y por la rutina de cada día.

María es la primera, entre los discípulos, que se entera e invita Jesús a intervenir.
Los sirvientes fieles, figura central de la narración, son los que mantienen en pie la boda entre Israel y su Dios, los que, con fatiga y sin entender nada,  obedecen, perseveran, y no abandonan. Ellos no lo saben, pero su gesto fiel dará fruto y reanimará la fiesta.
Así que, amigos, ánimo si os sentís como el oso panda en vías de extinción cuando os miran raro por ser cristianos y por venir a la iglesia. Vuestra fidelidad es necesaria para el milagro del vino nuevo.
Jesús es el novio de la humanidad, que transforma el agua de la costumbre y de la rutina en el vino de la pasión, es él quien recibe las felicitaciones de los sumilleres, que somos nosotros, discípulos emborrachados por la ebriedad que nos provoca la Palabra de Dios.

De madre a mujer
Es María la que se da cuenta de que falta el vino. Siempre es ella la que, discretamente, ve que ya no hay alegría en nuestra vida.  E interviene.
Jesús escucha su solicitud y le contesta de mala manera, al menos en apariencia: “Mujer, déjame, aún no ha llegada mi hora”. ¡Vaya respuesta! ¡Qué maleducado!
Pero no es así, María captó muy bien lo que está diciendo su hijo. Jesús está diciendo a su madre que él es un perfecto desconocido, el carpintero de Nazaret; soy tu hijo y si ahora intervengo, madre, me alejaré para siempre de ti, y tú serás para mí una más de las muchas mujeres que me encontraré en la vida.
María acepta y dice a los sirvientes, y a nosotros: “Haced lo que él os diga”.
¡Qué difícil es cortar el cordón umbilical que nos ata a los hijos! ¡Cuanto más duro debió haber sido, para María, renunciar a tener a Dios por casa para luego entregarlo de verdad al mundo!
María quiere mucho y bien a su hijo y lo deja ir a su vida y su misión. María, después de esto, desaparecerá del evangelio de Juan, para reaparecer únicamente al pie de la cruz. Reaparecerá para volver a convertirse en madre pero, esta vez, de todos los discípulos.
La última palabra de María en el evangelio es una invitación a seguir a su hijo.

Alegría
Así es la fe, amigos: una boda en que nunca falta el vino, un encuentro que, siempre, suscita alegría y pasión.
Si, en cambio, la fe, para nosotros, es aburrida y sólo somos cristianos por un deber, tan agradable como ir al dentista, una de dos: o estamos viviendo un mal momento, y entonces le pedimos a al Señor que transforme nuestro agua en vino, permaneciendo en la fidelidad, como los sirvientes del evangelio, o simplemente no estamos presentas en el banquete nupcial; estamos ausentes de la verdadera fe.

Así comienza este nuevo año, con sencillez y con asombro. Ocurrirá cualquier cosa, pero que éste sea el año en que queramos entregar al Señor nuestra fidelidad imperfecta, nuestra vida petrificada, para verla transformarse en el vino nuevo del Reino de Dios. Que así sea.