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domingo, 27 de marzo de 2016

DOMINGO DE PASCUA DE RESURRECCIÓN (Ciclo C)


Primera Lectura: Hch 10, 34.37-43
Salmo Responsorial: Salmo 17
Segunda Lectura: Col 3, 1-4
Evangelio: Jn 20, 1-9


En Jerusalén amanece muy pronto. El sol se está levantando e inunda de luz la piedra que reviste las casas de la ciudad vieja. Un enjambre de personas inician su jornada laboral después del descanso festivo a la mitad de la semana. Rostros somnolientos pero enérgicos para encontrarse con el nuevo día.
Cientos de vidas, de historias, de personas, de dolor, de esperanzas. Una mezcolanza de razas y religiones, de orígenes y de credos.
No, no es difícil imaginar cómo fueron las cosas aquella mañana de abril en Jerusalén.

El fin
La historia de Jesús de Nazaret había terminado brutalmente en medio de la indiferencia de la gente.
La idea del Sanedrín era buena: detener al Maestro de noche, fuera de la ciudad, y traerlo ante el Consejo, reunido a toda prisa, para comunicarle la sentencia del proceso que ya había tenido lugar durante las semanas anteriores, como prescribía la Ley.
El decidido Anás estaba en lo cierto: la gente estaba demasiado cogida por la fiesta de la Pascua para darse cuenta de lo que iba a ocurrir. Sólo el odiado Pilato, que llegó a una desbordante ciudad de más de cien mil peregrinos, para supervisar la seguridad entre tanta afluencia de gente, se atrevió a mandar todo al cuerno jugando al gato y al ratón con los sumos sacerdotes. Porque sólo un romano era quien podía condenar a muerte un blasfemo. Roma se reservaba el ius gladii, la pena de muerte, y el impostor debería ser crucificado para que todo el mundo supiese que era un maldito. Sus discípulos no opondrían resistencia y la historia se olvidaría en unos pocos días.
Todo parece acabado aquella mañana. La gente está empezando a llevar y traer las mercancías y a situarse en las calles de la ciudad, comentando el éxito de la fiesta y de la venta de algunos productos a los peregrinos que se preparaban para volver a casa. Pocos hablaban sobre lo que pasó.
Nadie se dio cuenta de que aquellos dos hombres que parecían tener mucha prisa, corriendo en dirección al barrio esenio, en la colina de Sión, al oeste de la ciudad.

No está aquí
Todo comenzó de nuevo a partir de aquella carrera.
Una tumba vacía, el último dramático regalo dado a Jesús por el discípulo José de Arimatea, hombre rico y poderoso, que no pudo salvar de la muerte a su Maestro, permanecía allí, testigo vacío del silencio de la resurrección.

El emperador Adriano, después de la destrucción del templo el año 72, la hizo rellenar de tierra, y aquella tumba se convirtió, junto con una cantera en desuso, en el terraplén que - irónicamente - sostenía el templo pagano de Júpiter.
La Jerusalén rebelde recibió el nombre de Aelia Capitolina, y, con el nuevo plan urbano de ciudad romana, el emperador quiso acabar con cualquier memoria de los judíos y sus incomprensibles disputas.
Tres siglos después, la tumba fue excavada por la devota reina Elena, madre del primer emperador cristiano Constantino. La tumba está todavía allí. Encima se construyó una inmensa basílica que ha sido objeto de peregrinación durante un milenio y medio, y que el sultán Al-Hakim el Loco intentó destruir, pieza a pieza.
Ahora está cubierta de mármol, dividida y disputada por mil denominaciones cristianas que reclaman su propiedad, y es visitada diariamente por miles de devotos peregrinos o despistados.
Allí está la tumba, exactamente en el sitio donde la encontraron Pedro y Juan en la mañana de Pascua. Y sigue vacía.

Ha resucitado
Toda nuestra fe se basa en la ausencia de un cadáver, en una tumba vacía. La muerte ha sido vencida. El Hijo de Dios desnudo, colgado, expuesto, evidente, el Dios derrotado y desgarrado, el Dios depositado en la piedra fría del sepulcro no está ahí, ha resucitado.
Resucitado. No reanimado, no recuperado, ni siquiera vivo en nuestra memoria o en otras reconfortantes amenidades de ese estilo. Jesús es el que siempre está presente. Está aquí. Resucitado.
Los cristianos no vamos detrás de mitos, fábulas o vanas ilusiones, sino tras una presencia viva que alcanza a todo ser humano. Una presencia sutil, nueva e intensa que sólo el alma puede captar.
Desde hace dos mil años, Pedro, Juan y los demás discípulos siguen dando la noticia: Jesús ha resucitado. Entre ellos también el Papa Francisco - el nuevo Pedro, el Obispo de Roma - que se ganó los corazones de todos en un instante. Con respeto a las tradiciones históricos, pero decidido a guiar el timón de la barca en la dirección correcta. Y recordando a todos que el Papa no es el corazón de la Iglesia, sino que lo es Cristo. Él nos dice que “«Al igual que Pedro y las mujeres, tampoco nosotros encontraremos la vida si permanecemos tristes y sin esperanza y encerrados en nosotros mismos. Abramos en cambio al Señor nuestros sepulcros sellados, para que Jesús entre y lo llene de vida; llevémosle las piedras del rencor y las losas del pasado, las rocas pesadas de las debilidades y de las caídas. Él desea venir y tomarnos de la mano, para sacarnos de la angustia».”
Y hoy celebramos al Cristo resucitado, junto con Francisco, llenos de asombro y de alegría, incrédulos de poder creer todavía en lo increíble.  La tumba vacía nos dice que la muerte no ha vencido. Y no vence nunca. Jamás.
La Pascua es “la fiesta de nuestra esperanza, la celebración de esta certeza: nada ni nadie nos podrá apartar nunca del amor” de Dios, manifestado en Cristo.
¡Feliz Pascua! porque si Jesús ha resucitado tenemos que abandonar deprisa el sepulcro, porque la muerte no ha logrado retener la fuerza inmensa de la vida de Dios en nosotros. ¡Alegría, hermanos, que el Señor ha resucitado!