Traducir

Buscar este blog

sábado, 14 de enero de 2017

DOMINGO 2º DEL TIEMPO ORDINARIO (Ciclo A)

"Éste es el el Cordero de Dios..."
Primera Lectura: Is 49, 3.5-6
Salmo Responsorial:   Salmo 39
Segunda Lectura: 1 Cor 1,1-3
Evangelio: Jn 1, 29-34
  
Hoy tenemos un baile de “juanes” en el Evangelio: por una parte, el evangelista narrador y, por otra, el bautista, que cuenta su descubrimiento en el Jordán. Allí descubre que Jesús, el hijo de José, el de Nazaret, es el Hijo de Dios. El esperado. El inaudito.
No somos cristianos para que nuestra devoción nos haga fervorosas cosquillas. Somos cristianos porque creemos que un carpintero de Nazaret es la presencia misma del Altísimo. Jesús no es simplemente una buena persona, un profeta incomprendido, es el sello de Dios, su rostro ostensible y manifiesto.
Pero los dos Juanes se atreven a más. Juan evangelista nos dice que el Bautista ve venir a Jesús hacia él. Dios toma siempre la iniciativa, es él siempre el que se aparece.
Y, además, afirma: él es el cordero de Dios.

Cordero
El cordero, un animal al que se le mata sin un quejido. El cordero, parecido al macho cabrío que el día de Kippur, o de la Expiación, era cargado con todos los pecados del pueblo y luego dejado libre en el desierto.
Juan ya ve, en aquel hombre que se le acerca, la determinación y la mansedumbre, la fuerza y la resignación. Juan, la voz que grita en el desierto, queda sin palabras.
Pero el Bautista se equivocó. El Mesías no venía para echar la paja en el fuego inextinguible, no hubo ninguna hacha lista para derribar ningún árbol. El Mesías, aquel Mesías, zaparía y abonaría el árbol, en espera de un improbable cambio.
El asombro del Bautista es el nuestro, su reflexión es la nuestra: ¡nuestro Dios es siempre así de inesperado, siempre tan diferente de cómo lo imaginamos!

Espíritu
El asombro crece y se extiende. Ahora Juan Bautista está seguro de lo que, mirando, ha visto: el Espíritu baja con abundancia sobre Jesús y lo habita. Los gestos que Jesús hace están llenos de interioridad, densos de espiritualidad, transparentan sobre sus vestidos la profundidad que lo habita.
No es la apariencia sino la esencia lo que asombra al Bautista. Jesús está repleto de Espíritu, aun antes de que pronuncie una sola palabra.
Mejor aún: Jesús es el único capaz de dar espíritu en abundancia. Solo su Espíritu nos puede conducir a recuperar nuestra verdadera identidad, abandonando caminos que nos desvían una y otra vez del Evangelio. Solo ese Espíritu nos puede dar luz y fuerza para emprender la renovación que necesita hoy la Iglesia.


Hijo
Juan proclama que Jesús es el hijo de Dios.
No un gran hombre, no un profeta, no un hombre de ternura y compasión, él es ante todo la presencia misma de Dios.
No hay componendas acerca de esto, los sofismas y los sutiles razonamientos no valen de nada: la comunidad primitiva cree que Jesús de Nazaret, potente en palabras y obras, no sólo está inspirado por Dios, sino que habla con las palabras mismas de Dios ya que en él habita la presencia misma del Verbo de Dios.
Dios es accesible, visible, claro, manifiesto, evidente; Dios se cuenta, se explica, se dice, se revela… en Jesús de Nazaret.

No lo conocía
Juan admite que no lo conocía. El más grande entre los profetas, el coherente, el intransigente, el nazireo ofrecido a Dios, el asceta, el precursor, el místico, afirma cándidamente no haber conocido todavía al Señor, no haber entendido hasta el fondo el alcance inmenso de su venida. Podemos ser discípulos desde hace años, haberlo conocido y rezado, meditado y estudiado, haber recorrido las sendas de los peregrinos hasta el agotamiento, sin haber todavía conocido la plenitud de Dios.
Por nuestros medios no se llega nunca definitivamente a la plenitud. Es el Señor quien nos la concede: “De su plenitud todos hemos recibido gracia tras gracia” (Jn 1, 16).

Testigos
Todo esto es lo que cree la comunidad de Juan, el evangelista.
Así es como Isaías sueña la comunidad de Israel: no cerrada en sí misma, absorta en protegerse, sino abierta al anuncio del verdadero rostro de Dios a las naciones extranjeras.
Así es como Pablo desea que los cristianos de Corinto, ciudad delirante y violenta, sean santos. También nosotros, santificados por Cristo, estamos llamados a dar testimonio del Hijo de Dios.
Llamados a creer y decir que Dios viene al encuentro a cada hombre; que perdona y salva; que se hace cargo de cada oscuridad nuestra; que no ignora el pecado, sino que lo asume; que paga las deudas que hemos contraído con la vida; que no apaga la llama vacilante y que está dispuesto a llevar sobre sí todo dolor, toda violencia, toda locura.
Llamados a creer y decir que sólo retomando la espiritualidad, reponiendo en el centro del anuncio el don del Espíritu, podemos reconocer el paso de Dios por nuestra vida.
Llamados a creer y decir que nosotros proclamamos que Jesús, nuestro maestro, hombre extraordinario, es la presencia misma de Dios, de un Dios que se quiere dar a conocer, un Dios al que convertir nuestro corazón habitado por visiones pequeñitas y demoníacas de la divinidad.
Llamados a admitir lo que no sabemos de él, porque es una luz velada, un misterio luminoso.
El mundo no necesita cansadas comunidades de cristianos sosos y aburridos, que se reducen a solucionar con dificultad las “obligaciones y cumplimientos” institucionales, sino grupos de discípulos llenados por la luz del Señor, testigos creíbles como el Bautista y su discípulo Juan, el evangelista.

Jornada Mundial del Emigrante
Hoy tenemos una oportunidad para caer en la cuenta de estas llamadas que el Señor nos hace, al celebra la Jornada Mundial del Emigrante. El Mensaje de la Jornada de este año dice: “Emigrantes menores de edad, vulnerables y sin voz.”
El Papa Francisco nos recuerda en su mensaje que son principalmente los niños quienes más sufren las graves consecuencias de la emigración, casi siempre causada por la violencia, la miseria y las condiciones ambientales, factores a los que hay que añadir la globalización en sus aspectos negativos. La carrera desenfrenada hacia un enriquecimiento rápido y fácil lleva consigo también el aumento de plagas monstruosas como el tráfico de niños, la explotación y el abuso de menores y, en general, la privación de los derechos propios de la niñez sancionados por la Convención Internacional sobre los Derechos de la Infancia […]
Sin embargo, los niños constituyen el grupo más vulnerable entre los emigrantes, porque, mientras se asoman a la vida, son invisibles y no tienen voz: la precariedad los priva de documentos, ocultándolos a los ojos del mundo; la ausencia de adultos que los acompañen impide que su voz se alce y sea escuchada. De ese modo, los niños emigrantes acaban fácilmente en lo más bajo de la degradación humana, donde la ilegalidad y la violencia queman en un instante el futuro de muchos inocentes, mientras que la red de los abusos a los menores resulta difícil de romper.
¿Cómo responder a esta realidad?
En primer lugar, siendo conscientes de que el fenómeno de la emigración no está separado de la historia de la salvación, sino que forma parte de ella. Está conectado a un mandamiento de Dios: «No oprimirás ni vejarás al forastero, porque forasteros fuisteis vosotros en Egipto» (Ex 22,20); «Amaréis al forastero, porque forasteros fuisteis en Egipto» (Dt 10,19). Es decir, que el cumplimiento de los deberes para con Dios pasa por la acogida de emigrantes y forasteros.
Cada persona es valiosa y es más importantes que cualquier cosa, y el valor de cada institución - empezando por la Iglesia - se mide por el modo con que se trata la vida y la dignidad del ser humano, especialmente en las situaciones de vulnerabilidad, como es el caso de los niños emigrantes.

Es necesario centrarse en la protección, la integración y en soluciones estables para niños emigrantes. Acojamos, pues, con valentía fe y humildad esta tarea a la que somos llamados de crear juntos un mundo mejor.