Bienaventurados nosotros
El Mahatma Gandhi decía que el Sermón del Monte es una de las páginas más luminosas de la literatura universal. Y no le faltaba razón. En pocas líneas, Jesús traza lo que podríamos llamar la Carta Constitucional del Reino de Dios.
Mateo nos lo presenta como un nuevo Moisés que, desde la montaña, entrega no unas tablas de piedra, sino una manera nueva de vivir. Y comienza, de forma provocadora, con las Bienaventuranzas. Un texto muy conocido, muy repetido… y, la verdad, poco comprendido.
Porque son ocho afirmaciones que nos descolocan. Ocho frases que, si las tomáramos en serio, pondrían patas arriba muchas de nuestras seguridades. Tal vez por eso las domesticamos a nuestro gusto. O las ignoramos.
Pero antes de llegar al monte, la liturgia nos ha hecho escuchar a Sofonías. Y eso no es casual.
El resto humilde
El profeta anuncia algo desconcertante: Dios no va a apoyarse en los poderosos, ni en los autosuficientes, ni en los que se creen fuertes. Dice: “Dejaré en medio de ti un pueblo humilde y pobre, que confiará en el nombre del Señor”.
Esto no es un elogio de la
miseria. Es una afirmación teológica muy seria.
Para Sofonías, el futuro de Dios pasa por un resto pequeño, sin
arrogancia, sin engaño, sin falsa seguridad. Personas que no tienen donde
apoyarse salvo en el Señor.
Ahí ya están, en germen, las bienaventuranzas. Antes de que Jesús las proclame, Dios ya ha elegido el camino de los pequeños.
¿Bienaventurados los desgraciados?
Jesús se atreve a decir dónde está la felicidad, el sentido de la vida, la realización verdadera. Y lo hace de un modo desconcertante.
Habla de pobreza, de llanto, de mansedumbre, de persecución. Y uno se pregunta: ¿Está Jesús exaltando el sufrimiento? ¿Está diciendo que la vida cristiana es triste y resignada? ¿Vuelve el tópico de una religión que glorifica el dolor?
No. En absoluto.




