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viernes, 18 de abril de 2025

VIGILIA PASCUAL EN LA NOCHE SANTA (Ciclo C)


Pregón Pascual
Lecturas del Antiguo Testamento: 
Segunda Lectura: Rom 6, 3-11
Salmo Responsorial: Salmo 117
¡Aleluya, Aleluya, Aleluya!
Evangelio: Mt 28, 1-10

Estamos celebrando la noche más larga.

Después de aquella noche en la que fuimos testigos —conmovidos e impotentes— de la lucha interior de Jesús y de su terrible decisión de entregarse por la salvación de la humanidad, estamos a punto de vivir la madre de todas las vigilias: la noche en la que la muerte fracasó en su intento de frenar el poder de Dios.

Este sábado, en el que la Iglesia espera con ansias correr al amanecer hacia la tumba y anunciar con gozo: “¡No está aquí, ha resucitado!”, se ha consumido en el silencio expectante de una alegría contenida. Frente al sepulcro vacío, la comunidad de discípulos evoca las palabras y los gestos del Maestro, que ahora cobran su verdadero significado.

Pero no sólo eso: la mirada se eleva más allá del horizonte y reinterpreta toda la historia entre Dios e Israel, descubriendo en los acontecimientos narrados por las Escrituras un crescendo que culmina gloriosamente en la venida de Cristo, en su muerte y en su resurrección.

¡Tenemos razones para regocijarnos, hermanos en la fe!

Hoy el Señor Jesús se levanta de entre los muertos, revelando a todos quién es realmente. Dejemos que el torrente desbordante de la proclamación pascual rompa los diques de la desconfianza y del dolor que, a veces, ahogan nuestra pequeña vida.

Huir del sepulcro

Seguimos buscando al crucificado. Seguimos creyendo, quizá inconscientemente, que Dios quiere estar embalsamado. Y así, adaptamos nuestra vida y nuestra pastoral a esa lógica triste del embalsamamiento.

Como si Dios quisiera ser venerado como una momia o custodiado en un mausoleo.

Piadosa y devota es la fe de las mujeres que, al amanecer del día siguiente al sábado, van a completar lo que no pudieron hacer aquel trágico viernes. Buscan a su Maestro, aplastado por los acontecimientos, con desesperación y resignación. Quieren devolverle una apariencia de dignidad al hombre que amaron y siguieron, al que las amó e instruyó.

Pero están equivocadas. El Señor ya no está allí. Ha resucitado.

sábado, 12 de abril de 2025

DOMINGO DE RAMOS (Ciclo C)


Primera Lectura: Is 50, 4-7
Salmo Responsorial: Salmo 21
Segunda Lectura: Flp 2, 6-11
Evangelio: Lc 22, 14 - 23, 56

Dios no es quien envía desgracias ni un patrón que castra la libertad de su gente. No es un déspota que exige sumisión bajo amenaza de castigo, ni alguien que esgrime la Ley con ansias de condenar a quien no la cumpla.

Para reconocer a Dios, hace falta atravesar el desierto, buscar la verdad y sentir el hambre de sentido. Es entonces cuando su Palabra se revela y nos rendimos ante su evidencia: un Dios que deja crecer a sus hijos, que todo lo ha hecho bien y que hace llover sobre justos e injustos. Un Padre amoroso que, como en la parábola, espera con dignidad al hijo que lo rechazó y, al mismo tiempo, sale a consolar al hijo que se siente ofendido. Un Dios verdaderamente justo, que podría condenarnos, pero en cambio nos llama a salir de la mediocridad del pecado y de la falsa libertad.

Nos encontramos al final del camino cuaresmal. En el horizonte ya brilla la luz del Tabor. Comienza la Semana Santa, la más grande de todas, llena de asombro, sangre, amor y emociones intensas.

Hosanna al Rey

Jesús entra triunfalmente en Jerusalén. La multitud lo aclama, alza ramas de olivo y palmera, y extiende sus mantos al paso del Maestro de Galilea. Es un momento de efímera gloria antes de la tragedia, un reconocimiento frágil antes del abandono. Jesús sabe lo que está por ocurrir. Conoce la inconstancia del juicio humano, la debilidad de su fe difusa y la fragilidad de su voluntad ondulante.

Pero ¿qué importa? En ese instante, el Nazareno sonríe y recibe la alabanza que le ofrece el pueblo, y él la dirige al Padre. No es un rey terrenal; su majestad no se viste de oro ni es custodiada por soldados. No entra en Jerusalén montado en un corcel blanco, sino en un humilde pollino. Con ello nos recuerda que el poder no debe tomarse demasiado en serio, que la gloria humana es efímera y que la verdadera grandeza se encuentra en el servicio.

¡Hosanna, Hijo de David! ¡Dios increíble y magnífico Rey!
¡Hosanna de tus pobres hijos! Ilusos, heridos y mendigos.
¡Hosanna, Rey de los humildes y protector de los quebrantados!
            La Iglesia, santa y pecadora, levanta su voz en alabanza, reconociendo en Cristo la única razón de vivir y el único mensaje verdaderamente bueno. ¡Querido Maestro, ¡Hosanna!

sábado, 5 de abril de 2025

DOMINGO 5º DE CUARESMA (Ciclo C)





Primera Lectura: Is 43, 16-21
Salmo Responsorial: Salmo 125
Segunda Lectura: Flp 3, 8-14
Evangelio: Jn 8, 1-11

Dios y el sufrimiento

Dios no nos castiga. No hemos cometido ningún mal para que el Señor nos envíe la muerte o la enfermedad. A menudo, el origen del dolor somos nosotros mismos: nuestra fragilidad y nuestras elecciones equivocadas.

Dios no es un competidor de nuestra felicidad, ni la tiene tomada con nosotros. No necesitamos alejarnos de él para realizarnos como personas. Tampoco es un patrón al que debamos contentar con mil devociones y rezos.

Dios es un Padre que nos espera, que nos respeta y nos deja recorrer el camino de la vida, con la esperanza de que no nos perdamos. Es un Padre bueno, que da pan al hijo que se lo pide y hace llover sobre justos y malvados.

¿No nos basta esto para convertirnos? ¿Aún no es suficiente? Escuchemos entonces la historia de la mujer adúltera.

Traiciones

A Jesús le han tendido una trampa extraordinaria. Eso es evidente.

Una mujer sin nombre, a la que sus acusadores apenas conocen, es sorprendida en flagrante adulterio. ¿Y el hombre con quien estuvo? No existe para ellos. En una cultura profundamente machista, la ley se presenta como justicia, pero es una condena parcial y sesgada.

Esta mujer es llevada ante el carpintero de Nazaret, convertido en rabino. Le preguntan: "Moisés (o, al menos, eso dicen) ordenó que mujeres como ella sean lapidadas, para que quede claro, especialmente a las demás mujeres, que deben permanecer fieles. Jesús, dínoslo tú: ¿qué debemos hacer?"

La trampa es perfecta. Si Jesús confirma la sentencia del Sanedrín, se alinea con el opresor, pues la pena de muerte estaba reservada a los romanos. Si la rechaza, se enfrenta a la ley de Moisés, desafiando una supuesta orden divina.

¿Condenará a la mujer y dará paso al Dios justiciero, despojando al Padre misericordioso de su papel? Es un dilema imposible.