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martes, 31 de julio de 2018

SOLEMNIDAD DE SAN IGNACIO DE LOYOLA (31 de julio)


Primera Lectura: Jer 20, 7-9
Salmo Responsorial: Salmo 33
Segunda Lectura: 1 Cor 10,31 – 11,1
Evangelio: Lc 14, 25-33



Nos convoca hoy aquí la santidad de Ignacio. No hemos sido convocados para festejar a ninguno de los poderosos notables de su tiempo, que tuvieron resonancia en su momento, y que luego se perdieron en el olvido. Nos reunimos a causa de la santidad de un hombre que fue trasparencia de la santidad de Dios en su vida. De un hombre que, como dice el Papa Francisco en su exhortación “Gaudete et exultate”, estuvo abierto a Dios en todo y para ello optó por él y eligió a Dios una y otra vez (GE, 15).
Todo lo que no sea santidad y respuesta entregada a la llamada de Dios, irá pasando al olvido sin dejar huella.

En mi debilidad te haces fuerte, Señor
Pero ¿cómo fue encontrado Ignacio por Dios? El Señor encontró a Ignacio de Loyola en sus límites. Todos conocemos la historia. En su orfandad, Ignacio tuvo que salir por el mundo a buscarse la vida. La institución del mayorazgo vasco le excluía de la posibilidad de un futuro familiar próspero. Primero fue a Castilla a servir al Contador del Rey, Juan Velázquez de Cuéllar, cuya esposa, María de Velasco, estaba emparentada con la familia de Ignacio. Allí aprendió Ignacio la vida de la corte y conoció el ambiente cultural de la época, además de los usos y costumbres de la burocracia y del manejo de las armas. Pero cuando el Contador cayó en desgracia (así pasa la gloria del mundo…), Ignacio tuvo que abandonar Castilla y ponerse al servicio del Duque de Nájera y de su ejército, que trataba de defender la frontera española ante las incursiones de los franceses. Hasta que, en el famoso asedio de la ciudad de Pamplona, Ignacio es herido y conducido de nuevo a la casa familiar de Loyola.
Probablemente ese viaje fue el comienzo del proceso de su conversión. ¿Qué pensaría Iñigo en aquel largo camino en medio de sus dolores?... Ignacio estaba en una situación límite: la enfermedad, la proximidad de la muerte, la soledad y la postración. Todos sus viejos sueños de caballero se estaban viniendo abajo. Por eso luchaba, para que su cuerpo no quedara deforme, aunque tuviera que pasar por los grandes dolores de aquellas operaciones carniceras.

sábado, 28 de julio de 2018

DOMINGO 17º DEL TIEMPO ORDINARIO (Ciclo B)



 Primera Lectura: 2 Re 4, 42-44
Salmo Responsorial: Salmo 144
Segunda Lectura: Ef 4, 1-6
Evangelio: Jn 6, 1-15

El Señor no pudo descansar mucho. Había mucha gente, tal vez demasiada, que lo buscaba cuando intentaba retirarse a un lugar tranquilo, y lo alcanzó. Pero no se irritó, sino que sintió compasión y, más aún, se partió y repartió, entregándose como comida.
Jesús termina sus breves vacaciones y vuelve a predicar, sin medida, entregándose como un regalo. Y la gente lo busca, como buscaría a cualquiera que la ayudase a soñar, a esperar, a creer.
Igual que Moisés en la montaña, Jesús habla con las palabras de Dios. Pasan las horas, la multitud sigue escuchando y no se levanta. Jesús está cansado, pero feliz, y se pregunta si, quizás, el Reino no esté aquí ya. Quizás haya llegado la hora. Quizás ahora la gente ya esté preparada.
Pero no, Jesús se equivoca clamorosamente.

El peor milagro
El milagro de los panes es narrado seis veces por los evangelistas; es el prodigio más llamativo, más dramático, pero es el que marca el principio del fin de Jesús, la apoteosis de la incomprensión, el delirio de una humanidad que prefiere la magia y la brujería a Cristo, el Señor. Que prefiere los prodigios y portentos a la entrega cotidiana del amor a los demás.
Juan elige intencionadamente este milagro para comenzar una compleja catequesis sobre quién es Dios y quiénes somos nosotros, y cuál debe ser la actitud correcta del discípulo hacia el Maestro. Durante casi un mes vamos a ir escuchando este duro discurso sobre el Pan de vida.
Jesús, en este momento, se encuentra en un punto de inflexión. El carpintero de Nazaret que había dejado su taller, ahora se mueve con un grupo de discípulos hablando de Dios y se ha hecho famoso. El rabino Jesús consiguió en pocos meses una fama inesperada; numerosas multitudes lo siguen atraídas por sus palabras y mucho más por su reputación como un poderoso sanador. Recordad como Marcos, el domingo pasado, señalaba que aquel grupo no conseguía siquiera comer en paz.
En Cafarnaúm es donde se consuma la tragedia y se produce la fractura, el final de aquella brillante y nueva carrera política, que muchos esperaban del Mesías. Jesús multiplica los panes… y la gente quiere hacerlo rey: ¿quién no coronaría a alguien que distribuye pan y pescado gratis? Pero Jesús no quiere ser coronado rey, sólo quiere hablar de Dios y de la lógica del regalo y entrega del amor; no quiere recibir unos aplausos, que no busca ni le gustan.

martes, 24 de julio de 2018

SOLEMNIDAD DE SANTIAGO APÓSTOL (25 de julio)


Primera lectura: Hch 4,33; 5, 12.27-33; 12,2
Salmo responsorial: Salmo 66
Segunda lectura: 2 Co, 4, 7-15
Evangelio: Mt 20, 20-28

Siempre que celebramos la fiesta de un apóstol, hacemos memoria de los momentos fundacionales de la Iglesia y, por tanto, nos sentimos interpelados por dimensiones ineludibles de nuestra fe cristiana.
En esta solemnidad de Santiago el Mayor, venerado como patrono de España en virtud de una piadosa tradición, conviene que nos fijemos no tanto en lo que nos dice la leyenda, sino en lo que vemos escrito en el Nuevo Testamento y que acabamos de proclamar en las lecturas de la misa de hoy.

Nuestros esquemas habituales
Una pregunta inicial suscitada por el evangelio: ¿Cuáles son nuestros esquemas de comportamiento? ¿Qué es lo que vemos a menudo en nuestro mundo, en nuestra sociedad, incluso en nuestras comunidades cristianas? Afán de poder. Ganas de ser importante, de figurar. Luchas por conseguir pasar delante de los demás. Codazos para poder salir en la foto. La convicción de que, sin nosotros, no funcionaría nada o todo se derrumbaría. Utilización de técnicas publicitarias para vender una buena imagen. Preocupación por el espacio y el tiempo de permanencia en los medios de comunicación, porque sólo vale lo que se publica, lo que sale en la “tele”.
Control de todo y de todos, no sea cosa que alguien actúe por cuenta propia. Evitar que la mayoría piense y se organice: con que algunos tengan iniciativas y las ofrezcan a todos los demás, ya hay más que suficiente. Cortar de cuajo cualquier posibilidad de discrepancia. Esconder la información... por el bien de todos, claro está.
Marcar siempre las distancias, pero marcando gestos de acercamiento, que eso siempre gusta a los súbditos. Un cuerpo de funcionarios numeroso, que asegure una maquinaria burocrática incomprensible para la mayoría de la gente. Dar como favor lo que ya le corresponde a cada uno como derecho, o exigiendo como obligatorio lo que es simplemente opcional. Acumular cuantas más prerrogativas mejor, porque si el poder está demasiado repartido, el sistema se hunde.
Este podría ser el estilo de poder que la madre de los Zebedeos tenía en la cabeza cuando pedía a Jesús un enchufe para sus hijos. Y no sólo ella, también nosotros mismos funcionamos con esos esquemas, no nos engañemos.
Pero la respuesta de Jesús es clara y tajante: “No será así entre vosotros”.

sábado, 21 de julio de 2018

DOMINGO 16º DEL TIEMPO ORDINARIO (Ciclo B)




Primera Lectura: Jer 23, 1-6
Salmo Responsorial: Salmo 22
Segunda Lectura: Ef 2, 13-18
Evangelio: Mc 6, 30-34
           
Los apóstoles fueron enviados a predicar la conversión, a echar demonios, al lado oscuro de las personas, y al fortalecimiento de los enfermos, de los inestables.
A pesar de todo, el rechazo del que fue objeto en Nazaret no desalentó al Maestro, sino que lo reforzó e, incluso, se atrevió a enviar a sus discípulos a evangelizar.
Los envió de dos en dos, porque la comunión es más importante que la habilidad de cada individuo. Y lo hicieron sin grandes recursos, compartiendo y permaneciendo con aquellos que los acogían.
Aquellos discípulos no estaban muy preparados, ni eran muy capaces, ni siquiera eran particularmente carismáticos. Pero el resultado fue extraordinario, y así vuelven con entusiasmo, contando lo que pasó. Felices y llenos de alegría por la efectividad del anuncio.
Como un buen padre que ama a sus hijos, el Maestro comparte su alegría y también ve su cansancio. Ahora es el momento de descanso, de retirarse, de dejar a la multitud para dedicar un tiempo a lo que es precisamente el núcleo de la Palabra de hoy: una forma inesperada de interpretar las vacaciones.
Es grande Jesús, que hace que sus discípulos sean autónomos. Es grande el Señor, que educa a los suyos, a nosotros, y nos hace responsables.
Ahora es tiempo de ir a descansar. El Maestro lo sabe bien. Pero no lo saben tantos otros, tal vez demasiados, que confunden las vacaciones con el olvido de todo, dando al interruptor de apagado (¡a veces incluso del cerebro!) y dejándose arrullar por la nada.
Jesús descansa con sus discípulos. Ir de vacaciones con Jesús. ¡Qué fuerte!

En un lugar apartado
Sin un tiempo de desierto, de silencio e intimidad con el Señor, no es posible seguir siendo cristianos, ni preservar la fe, ni crecer como discípulos. Y cuanto más nos apremia el caos y la agitación diaria, más urgente y necesario es tomarse un tiempo de respiro.
La oración diaria, un pequeño espacio para dedicar al alma, nos ayuda a sobrenadar durante la semana. Por eso, una hermosa celebración festiva, una verdadera “eucaristía”, nos permite encontrarnos con el resucitado y recargar las baterías. Pero sabemos también que la fatiga de la vida contemporánea extingue el deseo de vivir.