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lunes, 24 de julio de 2017

SOLEMNIDAD DE SANTIAGO APÓSTOL (25 de julio)


Primera lectura: Hch 4,33; 5, 12.27-33; 12,2
Salmo responsorial: Salmo 66
Segunda lectura: 2 Co, 4, 7-15
Evangelio: Mt 20, 20-28

Siempre que celebramos la fiesta de un apóstol, hacemos memoria de los momentos fundacionales de la Iglesia y, por tanto, nos sentimos interpelados por dimensiones ineludibles de nuestra fe cristiana.
En esta solemnidad de Santiago el Mayor, venerado como patrono de España en virtud de una piadosa tradición, conviene que nos fijemos no tanto en lo que nos dice la leyenda, sino en lo que vemos escrito en el Nuevo Testamento y que acabamos de proclamar en las lecturas de la misa de hoy.

Nuestros esquemas habituales
Una pregunta inicial suscitada por el evangelio: ¿Cuáles son nuestros esquemas de comportamiento? ¿Qué es lo que vemos a menudo en nuestro mundo, en nuestra sociedad, incluso en nuestras comunidades cristianas? Afán de poder. Ganas de ser importante, de figurar. Luchas por conseguir pasar delante de los demás. Codazos para poder salir en la foto. La convicción de que, sin nosotros, no funcionaría nada o todo se derrumbaría. Utilización de técnicas publicitarias para vender una buena imagen. Preocupación por el espacio y el tiempo de permanencia en los medios de comunicación, porque sólo vale lo que se publica, lo que sale en la “tele”.
Control de todo y de todos, no sea cosa que alguien actúe por cuenta propia. Evitar que la mayoría piense y se organice: con que algunos tengan iniciativas y las ofrezcan a todos los demás, ya hay más que suficiente. Cortar de cuajo cualquier posibilidad de discrepancia. Esconder la información... por el bien de todos, claro está.
Marcar siempre las distancias, pero marcando gestos de acercamiento: eso siempre gusta a los súbditos. Un cuerpo de funcionarios numeroso, que asegure una maquinaria burocrática incomprensible para la mayoría de la gente. Dar como favor lo que ya le corresponde a cada uno como derecho, o exigiendo como obligatorio lo que es simplemente opcional. Acumular cuantas más prerrogativas mejor, porque si el poder está demasiado repartido, el sistema se hunde.
Este podría ser el estilo de poder que la madre de los Zebedeos tenía en la cabeza cuando pedía a Jesús un enchufe para sus hijos. Y no sólo ella, también nosotros mismos funcionamos con esos esquemas, no nos engañemos.
Pero la respuesta de Jesús es clara y tajante: “No será así entre vosotros”.

sábado, 22 de julio de 2017

DOMINGO 16º DEL TIEMPO ORDINARIO (Ciclo A)



Primera Lectura: Sab 12,13. 16-19
Salmo Responsorial: Salmo 85
Segunda Lectura: Rom 8, 26-27
Evangelio: Mt 13, 24-43


Dios, nuestro Padre, lanza la semilla de la Palabra a manos llenas, con abundancia, con la íntima convicción de lograr hacer brecha siempre en nuestro corazón.
Y así es: si, después de dos mil años, todavía estamos aquí a la escucha de la Palabra, es porque el Señor ha cavado en nuestros corazones, ha fecundado nuestras opciones, ha cambiado de nuestra vida.
¿Pero, si la Palabra se ha difundido y ha arraigado en el corazón de millones de personas, por qué tenemos todavía en el corazón esa desagradable sensación de que, a pesar de dos mil años de presencia cristiana, el mundo sigue sumergido en las tinieblas?
¿Qué es lo que ha cambiado, concretamente, en estos dos mil años de historia?
La semilla es lanzada con abundancia, ciertamente, y quien la acoge con honestidad sabe muy bien lo difícil que es hacerla crecer.
Pero, para complicar las cosas, parece ser que no sólo Dios es el que siembra: el maligno siembra también la cizaña tenazmente en nuestro campo.

Cizaña
El mundo está sembrado con buen grano. Merece la pena recordar lo que el libro de la Sabiduría dice: si contemplamos con honestidad la creación podemos concluir que Dios es el artífice de tanta armonía y que, por lo tanto, él es justo y benévolo.
El mundo es bello, el hombre es bueno, aunque sea difícil creerlo en algunos momentos. Pero Jesús lo afirma con serenidad y con fuerza. Tal vez nos hayamos olvidado de mirar bien, de leer más allá de las apariencias, de captar lo esencial. Lo esencial, que es invisible a los ojos, como dice El Principito.
El enemigo siembra la cizaña, a hurtadillas, por la noche. El bien y el mal crecen juntos y nos damos cuenta de ello cuando la realidad aumenta, avanza y se extiende. Cuando crecemos.
La sabiduría del dueño del campo, en la parábola de hoy, es asombrosa: despide a los sirvientes celosos que quieren que su entorno sea un bonito jardín inglés, empeñados con pasión en arrancar la cizaña.
“Tened paciencia” dice el dueño, para no correr el riesgo de arrancar el trigo bueno con tanta furia limpiadora.
En la Palabra sembrada, el pasado domingo, el Reino de Dios crecía compartiendo el campo con las tinieblas, la oscuridad, es decir, la cizaña. Es la experiencia que todos los hijos de la luz hacen antes o después: a pesar de los dos mil años de Evangelio, la mala hierba parece que ahoga el anuncio de la salvación. De palabra y en teoría todo parece funcionar, pero con los hechos tenemos que rendirnos a la evidencia: a pesar de que Cristo ya nos ha salvado, encontramos dificultad en aceptarlo y aprender. La salvación es cosa seria y Jesús, el Maestro, sabe que la luz y las tinieblas se enfrentan y que las tinieblas hacen siempre más ruido.
Sólo hay una cosa que es peor que el mal: acostumbrarse a él, darle carta de ciudadanía, como algo cotidiano e ineludible; fingir e ignorarlo, pensar que en el fondo, entre luz y tinieblas es mucho mejor vivir en un bello claroscuro.
O bien hacer el talibán, suplantando a Dios, siendo más papistas que el Papa, haciéndose justicieros fundamentalistas que quieren hacer limpieza a toda costa, poner orden, arrancar la cizaña a cualquier precio.

sábado, 15 de julio de 2017

DOMINGO 15º DEL TIEMPO ORDINARIO (Ciclo A)


 Primera Lectura: Is 55,10-11
Salmo Responsorial: Salmo 64
Segunda Lectura: Rom 8,18-23
Evangelio: Mt 13,1-23

En el corazón del verano hablamos de la Palabra. Palabra que llena, que sacude, que convierte, que reanima, que impacta, que consuela. Palabra que penetra como una espada de doble filo en las profundidades de nosotros mismos, hasta los abismos del corazón, para juzgar e iluminar, para desvelarnos el verdadero rostro de Dios y para desvelarnos a nosotros mismos.
Palabra que escuchamos cada domingo, que intentamos convertir en nuestra luz y nuestro empeño. Palabra solemnemente recobrada para el pueblo de Dios después del Concilio Vaticano II pero que, desafortunadamente, todavía es muy desconocida para la mayoría de los creyentes, incluso los cristianos.
Es muy desalentador ver así a muchas personas que ignoran los evangelios y siguen, sin embargo, la profecía del último adivino de turno; entristece escuchar muchas prédicas que hablan de todo, menos de comentar la Palabra solemnemente proclamada; inquieta ver que se cita a la Iglesia por sus impopulares posiciones éticas y no se alude nunca a ella cuando, fiel al mandato recibido por el Señor, proclama la Buena noticia a todas las gentes.
Al principio del verano, la Palabra que hemos escuchado reflexiona sobre ella misma para recordarnos que Dios no se cansa de nosotros, que la eficacia de sus palabras no está determinada por nuestra capacidad de repetirlas, sino de acogerlas.

Una Palabra eficaz
Isaías, el tercer Isaías, habla al desmoralizado pueblo de Israel que estaba desterrado en Babilonia. Habían pasado muchas décadas desde las promesas de retorno hechas por el profeta a Ezequiel, y ya nadie pensaba en serio que se pudiera volver a Jerusalén.
La profecía, entonces, se alza con firmeza: la lluvia y la nieve fecundan la tierra y sólo vuelven al cielo después de haber cumplido su misión. Así será Palabra de Dios.
Ciertamente: los tiempos de Dios no son los nuestros, pero la eficacia de sus promesas es indiscutible.
Isaías también nos invita a nosotros, exiliados del Reino de Dios, a no desanimarnos en estos tiempos difíciles, sino a perseverar en la lectura y en la meditación frecuente y aún diaria de la Biblia.
Tal vez la Palabra que estudiamos y escuchamos, que profundizamos y oramos, no nos dice nada en el momento. Pero, creedme, lo he experimentado cientos de veces: una Palabra acogida en el corazón vuelve a la mente cuando menos lo esperamos.
La Palabra de Dios es eficaz, pero si no la conocemos, si la ignoramos, si la dejamos al lado y al mismo nivel de otras muchas, demasiadas, palabras humanas, no podrá fecundar nuestro corazón ni dar el fruto que deseamos.