Traducir

Buscar este blog

sábado, 25 de marzo de 2017

DOMINGO 4º DE CUARESMA (Ciclo A)


Salmo Responsorial: Salmo 22
Segunda Lectura: Ef 5,8-14
Evangelio Jn 9, 1-41


La infinita sed de infinito de la samaritana, en el domingo pasado, ahora está colmada, harta. Ya no se avergüenza de su fragilidad afectiva, de su vida desordenada, de los engaños provocados y recibidos con tal que tener una gota de agua.
Ahora ya encontró el manantial. Ahora ella misma se ha convertido en una fuente manante para las personas que, antes, no quería encontrar. Ya no hay obstáculos, papeles, pecados que puedan mantenerla lejos del Señor que, cansado, la buscaba para amarla.
Su vida la había pasado escondiéndose por miedo a ser juzgada. Ella, que era una pecadora, termina siendo discípula y testigo.
Como la asombrosa historia del ciego de nacimiento, que hemos escuchado hoy.

Dios nos ve
Es Jesús el que, yendo de camino, ve al ciego de nacimiento. El pobrecillo no grita, no pregunta, quizás tampoco sepa quién es el Nazareno. La suya es una vida hecha de sombras, de fantasmas. No ha visto nunca la luz, ¿cómo desearla? ¿Para qué?
Y Dios lo ve, ve su dolor, su necesidad, su pena, su vergüenza.
Vergüenza, ciertamente, porque es un inocente que paga los pecados de sus padres. Más aún, quizás ya hubiera cometido pecado en el regazo de su madre, como algunos rabinos opinaban. ¿Es Dios quien lo castigó? Si es así, ¿para qué pedir nada a un Dios tan terrorífico? Así, por desgracia, piensa mucha gente.
Y en cambio. Jesús hace un poco de barro, se lo pone en los ojos, y el hombre vuelve a ver. Luego Jesús se va, porque no quiere aplausos, él sólo quiere demostrar que Dios no es ese bastardo que, en ocasiones, las personas religiosas dicen que es.

El camino de la iluminación
Tras la curación se inicia un feroz debate: ¿quién lo ha curado? ¿Por qué? ¿Y por qué lo ha hecho en sábado?
Muchos son los personajes implicados en este lío: la muchedumbre, los fariseos, sus padres, los discípulos. Pero el único protagonista aquí es el ciego que recobra primero la vista, después el honor, y luego la fe.
El ciego describe a Jesús primero como un hombre, después como un Profeta, y finalmente lo proclama Hijo de Dios. La fe es una iluminación progresiva, paso tras paso. Se necesitan años para lograr proclamar que Jesús es el Señor.
Al proclamar que Jesús es el Señor, la fuerza del ciego crece: su sentido de culpa se desvanece y adquiere nuevo ánimo. Cuando le preguntan, contesta; cuando es examinado por los devotos, sabe lo que tiene que decir. Y termina siendo irónico, refuta y argumenta. ¿Cómo puede un pecador curar a un ciego de nacimiento? Y hasta se atreve a decirles: ¿queréis también vosotros haceros discípulos? No tiene temor, ni siquiera de sus padres que, despavoridos, tragados por la opinión de los otros, se niegan a tomar partido, atemorizados por la trágica lógica común.

sábado, 18 de marzo de 2017

DOMINGO 3º DE CUARESMA (Ciclo A)



Primera Lectura: Ex 17,3-7
Salmo Responsorial: Salmo 94
Segunda Lectura: Rom 5, 1-2. 5-8
Evangelio: Jn 4, 5-42

La sed es una sensación que lo invade todo. Lo sabe bien quien tiene agua sólo una vez a la semana, en su propia casa, o quién tiene que subir cinco pisos de escaleras para llevar a casa algún litro de agua en botella.
La sed lo es todo: lo sabe bien quien habita en los países cálidos o quién sube a la montaña y necesita mucho líquido para rehidratarse.
La sed lo es todo, no sólo la material, a la que se refiere el agua, el oro del futuro que será origen de nuevos conflictos entre los pueblos, ciertamente, sino también la sed del corazón, la que seca la vida, si no encontramos nada que pueda calmarnos la sed de felicidad que llevamos en el corazón.
Que se lo digan a la Samaritana. Que se lo digan al Señor Jesús.

Bochorno
Jesús tiene sed. Cansado, se sienta en el brocal del pozo de Jacob, en Sicar, a la hora más caliente del día, en el desierto de Samaría. Tiene sed de agua, pero mucho más tiene sed de la fe de la mujer que viene a tomar agua en aquella hora inaudita, para no ser vista por sus paisanos.
Jesús, el Señor, está cansado. Cansado de buscar al ser humano que lo rehúye. Cansado de buscar a quien calma su sed con agua salada, a quien cree que lo sabe todo  pero que vaga buscando respuestas. A quien muere de sed a pocos metros del manantial claro y límpido.
Está cansado, el Señor. Pero no importa: espera a aquella mujer, símbolo de Samaría, la tierra media entre Judea y Galilea, lejana ya de la gloria del Reino del Norte de Israel, arrasada por los asirios en el 722 y, desde entonces, convertida en tierra mestiza, de muchas religiones. El Señor se aventura en la difícil tierra de los samaritanos, arriesgando la vida, con tal de conseguir la felicidad y la alegría de aquella mujer.

Reacia y con aristas
¿Desde cuándo un hombre judío dirige la palabra a una mujer samaritana? La dureza y la desconfianza de la samaritana se explican por dos razones históricas y una personal: hay odio entre judíos y samaritanos, una larga historia hecha de despechos y de desconfianza;  además una mujer no está autorizada a hablar en público y, finalmente, ella ya no tiene ganas de recibir más atenciones de un hombre.
            La mujer cree que aquel hombre la está abordando y tiene toda la razón la Samaritana: el Señor la está atrayendo, porque junto a un pozo Isaac conoció a su Rebecca; en un pozo Moisés se enamoró de Zippora. El esposo quiere reconquistar a la esposa herida.
            Jesús lo sabe e insiste, con delicadeza, proponiendo un diálogo que es una obra maestra de pedagogía.
            Jesús no se desanima... hombre, mujer, judío, samaritano... ¡qué más da! Todos estamos sedientos y sólo él, el vagabundo, asegura tener una fuente de agua.
            Jesús no es sólo un hombre judío, es alguien que puede calmarle la sed en profundidad. La mujer, desconfiada, pide luz y la recibe.
            Aquel extranjero se presenta como alguien que esconde un secreto. Queda en el aire una ambigüedad entre el agua del manantial y el agua interior: Jesús llega a decir que en vez del agua estancada él puede dar agua fresca de manantial, más aún, que la mujer puede llegar a ser ella misma un manantial. En fin, que parece una locura. ¿O será verdad?

viernes, 17 de marzo de 2017

EN EL CUARTO ANIVERSARIO DEL PAPA FRANCISCO


 Con ocasión del cuarto aniversario del Papa Francisco, el periodista de “Vatican Insider” y escritor, Gianni Valente, hace un análisis en cuatro partes de este periodo, para huir a las trampas de los «balances provisionales» sobre el Pontificado actual.




Gianni Valente nació y vive en Roma. Se graduó en la historia religiosa cristiana oriental, con una tesis sobre la India Malabar y Malankara católicos y su participación en el Concilio Vaticano II. Fue editor de la revista internacional “30Días”, por la que también hizo un reportaje sobre la vida de las comunidades cristianas de China, Rusia y varios países de América Latina y el Oriente Medio. En la actualidad es redactor en la agencia “Fides” órgano de información de las Obras Misionales Pontificias. Colabora con la revista italiana geopolítica “Limes” y “Vatican Insider”, portal multilingüe en línea del periódico “La Stampa” dedicada a la información global sobre la actividad de la Santa Sede y los acontecimientos de las comunidades cristianas de todo el mundo.