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sábado, 22 de abril de 2017

DOMINGO 2º DE PASCUA (Ciclo A)


Primera Lectura: Hch 2, 42-47
Salmo Responsorial: Salmo 117
Segunda Lectura: 1 Pe 1, 3-9
Evangelio: Jn 20, 19-31


Las mujeres habían ido al sepulcro cuando todavía era de noche (Jn. 20,1), se habían levantado pronto, antes que los otros, no habían pegado ojo aquella noche. Se sentían impotentes, agitadas, sacudidas en lo más profundo de ellas mismas, porque todo se había desarrollado tan de prisa, de un modo tan dramático, que no sabían qué pensar.

Luego, el sentido femenino de la realidad y de lo concreto les espabiló de sus tinieblas y se organizaron para subir hasta la tumba de Jesús, para hacer lo que dos días antes les estaba prohibido, a causa de la víspera de la Pascua: lavar el cadáver, limpiarlo de la orgía de sangre y humores, de las tumefacciones y de edemas que habían desfigurado el rostro, y ofendido el cuerpo de su Maestro y Señor.

Pero cuando llegaron no encontraron a nadie. Algunos evangelistas hablan de ángeles que las alentaban, que las invitaban a ir más allá, a superar lo que parecía obvio.

Las mujeres abandonaron de prisa el sepulcro y corrieron hacia los doce (Mt. 28, 8) para decirles lo que ha sucedido. Para anunciar que Jesús está vivo.

¡Ha resucitado!
Hemos esperado largamente esta noticia pasada de boca en boca, nos hemos preparado para ello en los cuarenta días cuaresmales. Lo hemos cantado durante la noche pascual y repetido durante los ocho días siguientes. ¡Jesús ha resucitado!

Los cristianos lo creemos con cada fibra de nuestro ser. Si no creemos esto, no creemos nada y nuestra fe es una farsa que no sirve para nada.

Creemos que Jesús está vivo, accesible, y que se le puede encontrar. Creemos que él es alcanzable y que vive en las mil y una señales que nos ha dejado.

No, simplemente, como un desteñido recuerdo sino como una misteriosa presencia.

Sin embargo, ¡cómo quisiéramos poder verlo, y conocerlo, y abrazarlo! Tanto como lo deseaban en su corazón las primeras comunidades cristianas, una vez que murieron los apóstoles.

Es entonces cuando Juan, el evangelista, decide contar la historia de uno de los apóstoles, Tomás.

Bienaventurado Tomás, no porque haya visto lo que no vemos, sino porque creyó sin ver. Exactamente como nos pasa a nosotros.

Heridas
Jesús, en la tarde de Pascua, se aparece a los suyos. Tomás no estaba con ellos. Cuando vuelve, sus amigos le dan la noticia del encuentro, confusos y asombrados, radiantes y llenos de entusiasmo.

domingo, 16 de abril de 2017

DOMINGO DE PASCUA DE RESURRECCIÓN (Ciclo A)


 Primera Lectura: Hch 10, 34.37-43
Salmo Responsorial: Salmo 117
Segunda Lectura: Col 3, 1-4
Evangelio: Jn 20, 1-9


¡El Señor está vivo, amigos, ha resucitado, y está presente para siempre!

Lo hemos acompañamos entre los olivos de Getsemaní, cuando estábamos dormidos, vencidos por el sueño, sin saber que, junto a nosotros, se estaba dando el choque titánico entre la oscuridad y el amor.

Lo seguimos desde la distancia, igual que Pedro, después de su arresto en Getsemaní, aturdidos y asustados al ver tanta violencia contra un hombre bueno y humilde.

Lo hemos visto, colgado, desfigurado, conmocionado, hecho jirones, que perdonaba a sus asesinos hasta el último aliento de vida.

Después junto con los demás, nos encerramos en el cuarto superior, el de la cena. Como si las paredes hubiesen conservado algo de él. Nos encerramos para animarnos a nosotros mismos, sin ni siquiera tener el derecho a llorar, consumidos por el miedo.

Parecía que todo había acabado de la peor manera, como a menudo sucede en nuestras vidas. Una derrota total, el partido perdido, el final de los sueños. Era demasiado bueno para ser verdad.

Pero, al amanecer, al día siguiente del Shabbat de la Pascua, María vino a decirnos que fuésemos corriendo a la tumba.

Sepulcros
Es el lugar menos espiritual de Jerusalén, como por desgracia saben muy bien los peregrinos. De la basílica construida por Constantino el Grande queda muy poco, aunque en cada piedra se pueden leer las señales del tiempo y las vicisitudes de la basílica. El statu quo, el decreto emitido por un gobernador musulmán exasperado, ha bloqueado durante siglos cada espacio y cada minuto del día o de la noche, de manera que las diferentes denominaciones cristianas continúan impunemente haciéndose mutuamente de las suyas. La llave de la gran portada lateral está, desde hace siglos, a cargo de una familia musulmana, porque los cristianos no eran gente de fiar. El interior es una sucesión caótica de estilos y épocas, de imágenes y velas, joyas e incienso.

En el centro de la cúpula hay una capilla vigilada por un severo y aburrido monje ortodoxo que permite entrar a los fieles, uno a uno, bajando la cabeza. Dentro de una pequeña habitación recubierta de mármol, una piedra.

Es todo lo que queda de la tumba que José de Arimatea le regaló al Maestro.

Primero la tumba fue cubierta de tierra y Augusto construyó encima un templo pagano, en el renacida Aelia Capitolina, después de haber arrasado a la Jerusalén rebelde. Luego, con la llegada de los reyes cristianos, se construyó una basílica que contenía la tumba y el calvario. Por último, durante la ocupación musulmana, un califa sin escrúpulos trató de arrasar la tumba, destrozándola.

En el lugar menos espiritual de Jerusalén, aprovechando algún momento de silencio, por la mañana, al amanecer, cuando los turistas aún no han llegado, incluso se puede orar. Sorprenderá la banalidad de aquel sitio, la fragilidad de los eclesiásticos (de cualquier iglesia); pero sorprende sobre todo el humor de Dios.
¡Amigos, Jesús ha resucitado!

sábado, 15 de abril de 2017

VIGILIA PASCUAL EN LA NOCHE SANTA (Ciclo A)


Pregón Pascual
Lecturas del Antiguo Testamento: 
Segunda Lectura: Rom 6, 3-11
Salmo Responsorial: Salmo 117
¡Aleluya, Aleluya, Aleluya!
Evangelio: Mt 28, 1-10

Seguimos buscando al crucificado. Pensamos que, de verdad, Dios quiere estar embalsamado. Nos creemos, y acabamos por conseguirlo, adecuar nuestra vida y nuestra pastoral a la trágica lógica del embalsamamiento.

Como si Dios quisiera ser venerado como una momia; o custodiado en un mausoleo.
Piadosa y devota es la fe de las mujeres que, el día siguiente del sábado, van a completar lo que no han logrado hacer durante aquel trágico viernes.

Buscan a su Maestro, que ha sido dramáticamente atropellado por los acontecimientos. Lo buscan con desesperación y con resignación.

Quieren devolverle una apariencia de dignidad a aquel hombre que han querido y seguido. Que las ha querido e instruido.

Ilusas. El Señor está ya en otro lugar. Ha resucitado.

Huir del sepulcro
Tienen que alejarse del sepulcro. No es cosa de velarlo. Han de ir a otro lugar, donde el Señor las espera. El Nazareno ha resucitado. ¡No ha sido reanimado, ni reencarnado!, sino que, espléndidamente, ha resucitado.

No sabemos muy bien lo que significa haber resucitado, pues nadie ha resucitado nunca como él. Lázaro volvió a la vida, pero murió de nuevo.

Jesús no. Está espléndidamente vivo y para siempre. No es un fantasma, ni un ectoplasma.

Es él mismo, que se deja reconocer a través de signos, come con sus asombrados discípulos. Jesús ha resucitado, hermanos, tanto si nos damos cuenta de ello como sino; tanto si lo creemos como si no.

Ha resucitado, y todo cambia; ha resucitado, y cada cosa asume una luz diferente. Ha resucitado, y el Nazareno ya no es sólo un gran hombre, un rabino, o un profeta. Es mucho más.