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domingo, 10 de diciembre de 2017

DOMINGO 2º DE ADVIENTO (Ciclo B)

Preparad el camino al Señor
Primera Lectura: Is 40, 1-5.9-11
Salmo Responsorial: Sal 84
Segunda Lectura: 2 Pe 3, 8-14
Evangelio: Mc 1, 1-8


¿Cuándo comenzó todo?
Comienzo del evangelio de Jesucristo, Hijo de Dios… acabamos de escuchar. Ahí empezó todo, porque los primeros cristianos conocieron a Jesús a través de las palabras de los apóstoles. Se convirtieron en seguidores del Nazareno, fueron llamados “los seguidores del camino”, tenían el corazón lleno de las palabras del Maestro que les habían transmitido unas almas ardientes y sencillas. Conocen las palabras del Maestro, conocen sus prodigios y sus promesas.
Los primeros cristianos eran curiosos, sobre todo los que habitaban lejos de Jerusalén, perdidos en la Babilonia de los gentiles. ¿Cuándo comenzó todo?
Es Marcos el que se decide a redactar una narración. No un tratado de teología sino una historia, una narración de los hechos, una buena noticia, un evangelio.
Tampoco era una novedad. Por entonces ya circulaban las “buenas noticias” (euanguelion) que celebraban las proezas de los emperadores. Grandes proezas hinchadas o falsas, hombres que eran tenidos por dios, disputándose entre ellos el trono con violencia.
En la historia de Marcos, en cambio, se habla de un judío marginal que vivió en los confines del imperio. Marcos, ayudado probablemente por Pedro el pescador, pone en orden los acontecimientos, para que Cristo también pueda nacer en el corazón de quién lo escucha y de quien oye hablar de él.
Por eso estamos aquí: para hacer espacio a Dios en nuestro corazón.

Consuelos y caminos
No hagamos un simulacro de que Jesús va a nacer. Queremos hacerlo nacer de verdad en nuestra vida, cada día, fortaleciendo el manantial de vida que habita en nosotros, redescubriendo en nosotros el rostro de Dios que él mismo nos ha contado.
Un Dios que consuela, como nos dice Isaías, desde su deportación en Babilonia con todo el pueblo de Israel. Ya habían pasado cuarenta años desde el incendio de la ciudad santa y muchos ya se habían integrado en la sociedad babilonia. Ya no piensan en una vuelta a la patria, ¿para qué?
Desde su desesperanza y su desidia, Isaías los vuelve a llamar a lo esencial. Para descubrir el consuelo de Dios hace falta construir un camino en medio del desierto.
Babilonia y Jerusalén estaban separadas por un desierto inmenso y los antiguos hubieran preferido construir un camino que bordeara las montañas, durante mil largos kilómetros, con tal que de no afrontar aquel desierto.

Isaías, en cambio, pide al pueblo construir un camino nuevo justo en medio del desierto, pide al pueblo que se atreva a volar alto, con grandes deseos y con grandes ideales.
¿Queremos, de verdad, encontrar al Dios de Jesús? ¿Queremos encontrar su consuelo? No nos homologuemos, entonces, con la mentalidad de nuestro tiempo, no nos resignemos, no nos acomodemos. Construyamos un camino en nuestro desierto, en medio de nuestra vida caótica.
El encuentro con Dios es gratuito, es un regalo y es gratis. Pero para dejarnos encontrar tenemos que arremangarnos, entrar en el desierto de nuestra vida y huir de Babilonia.

Retrasos
Pero alguno dirá: después de dos mil años de preparación del camino al Señor, ¿dónde está ese Cristo? ¿dónde está ese Reino nuevo? La profecía de un mundo nuevo parece haber quedado perdida en los meandros de la historia humana.
Eso es lo mismo que las primeras comunidades habían pensado, y un presbítero del siglo primero escribe una carta, atribuida a Pedro, en la que da dos respuestas: una, los tiempos de Dios no son nuestros tiempos y, dos, Dios tiene paciencia porque sabe que podemos convertirnos y cambiar la vida.
Construyamos caminos en el desierto, esperemos aún en Dios, incluso haciendo, ya hoy, un acto de esperanza, esperando la vuelta última y definitiva del Señor, esperando la plenitud de los tiempos, la consumación de la historia en la que Dios tendrá la última palabra, que será siempre una buena noticia.

Profetas
San Juan, el Bautista, decidió dedicar su vida a ayudar a los demás a preparar el camino al Señor. Renunció a las legítimas comodidades de la vida para ir a lo esencial. En el desierto acogió a las personas con una señal poderosa, como era la inmersión en el Jordán, para cambiar de vida.
A Cristo lo encontraremos si nos ponemos manos a la obra, si hacemos caso a los muchos profetas que todavía caminan junto a nosotros y que nos sugieren recorridos de interioridad.
A Cristo lo encontraremos en los gestos y símbolos de los sacramentos que, si los vivimos de verdad y con fe, nos llevarán a él.
¡Qué bonito sería si en este tiempo de Adviento lográramos recortar  algún espacio, aunque fuese pequeño, para la oración! ¡Qué bonito sería si consiguiésemos no dejarnos arrollar por el inminente “buenismo” navideño, el “espíritu navideño” que amenaza con reducir el acontecimiento a una melaza de buenas intenciones, y nos decidiéramos a construir un camino en el desierto de nuestras caóticas vidas!
La Navidad es algo serio, que tiene que ver con el drama de un Dios que se hace presente y de un hombre que está ausente.
Juan nos recuerda una vez más que es imposible vivir si no logramos entender por qué extraña razón hemos sido puestos en el mundo. Para ello primero hemos de superar la tentación de los ídolos presentes en nuestra vida: la buena imagen de uno mismo, el “carrerismo” y la competencia, el dinero, que pretenden saciar falsamente la sed de infinito que nos habita. Luego nos queda por llenar un vacío inmenso de sentido, la necesidad absoluta de entender la vida.


Muchos han renunciado, han abdicado de pensar y de vivir, arrollados por una rutinaria vida cotidiana. Pero Dios no se desanima y nos alcanza a todos precisamente en la vida de cada día, convirtiéndose en uno de nosotros. ¡Que sepamos encontrarlo!