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jueves, 25 de diciembre de 2014

NATIVIDAD DEL SEÑOR (B)


Primera lectura: Is 9, 1-3.5-6
Salmo Responsorial: Salmo 95
Segunda lectura: Tit 2,11-14
Evangelio: Lc 2,1-14

Aquí estamos
Nos hemos preparado, hemos recorrido el camino del Adviento, hemos dejado que la Palabra nos condujese, que iluminara nuestros tiempo frágil, nuestros momentos de inquietud, que nos diese una esperanza entre tantas palabras fuertes como crisis, corrupción, quiebra, sacrificios, guerras, violencia por doquier...
¿Quién nos puede salvar verdaderamente de todo ello?
Los organismos nacionales e internacionales, ciertamente, tienen que deben encontrar el modo de salir de la dictadura de los mercados, de la locura de una economía que condiciona nuestras opciones de cada día, salir fuera de lo que parece un ineludible capitalismo sin frenos, sin reglas, sin medida.
Pero la salvación de estas esclavitudes no nos es suficiente; evidentemente es necesaria para vivir decorosamente del fruto de nuestro ingenio y de nuestro trabajo, pero la salvación que necesitamos es otra muy distinta.
César Augusto, gracias a su hábil política, inauguró la edad de oro de la “pax romana” y su llegada fue saludada como una señal de abundancia para todo el imperio. El 23 de septiembre, fecha de su nacimiento, se celebraba como el principio del año solar y el emperador fu e proclamado “salvador” de cada hombre.
Pero justo bajo su Imperio, en una oscura aldea de pastores, una joven pareja de galileos dan a luz su primogénito: el Salvador. El verdadero.

Desintoxicarse
Ojalá que la crisis nos lleve al menos a un buen resultado: a reconducirnos a lo esencial, hacernos volver al sentido profundo de lo que vivimos, a retomar la Navidad en su sentido, tan rebajado por nosotros cristianos a la feria de los buenos sentimientos.
La atmósfera que circunda la Navidad nos emociona, y es inevitable que sea así. Pero ha llegado el momento de dejar que, además de la emoción, sea la teología la que nos hable al corazón.
Creemos saber todos los acontecimientos que celebramos. Quizás haga falta animarnos a borrar nuestros recuerdos y nuestra fantasía, para volver a aquella noche de la primera Navidad.

¿Qué ocurrió?
Una joven pareja llega a Belén, la ciudad que ha visto nacer el rey David. Llegan allí a causa de un censo, posiblemente un censo regional, un modo que, desde siempre, tienen los poderosos de manifestar su autoridad.
La mujer está esperando a su primogénito y es acogida en casa de algún pariente, porque era inimaginable que fueran rechazados, teniendo en cuenta  el sentido sagrado que tiene la hospitalidad en el mundo oriental. Pero para proteger su pudor pare en la trasera de la casa, normalmente constituida por un único hueco en el que se custodiaban los animales de tamaño pequeño y las vituallas alimenticias y la caja fuerte de cada vivienda.

La escena se desplaza al exterior, a un grupo de pastores que pasan los días y las noches, desde marzo a octubre, en los yermos pastos de Judea. No los “pastorcitos” de nuestros belenes sino personas poco recomendables endurecidas por el trabajo, a los que los rabinos de aquel tiempo comparaban con los publicanos, considerados mentirosos e incumplidores que no podían testimoniar en un proceso. Ellos son los que reciben el anuncio: los derrotados, los perdedores, los condenados.
No los sacerdotes de Jerusalén, todos preocupados por el funcionamiento del templo recién reconstruido, esperando a una Mesías inoportuno.
No a Herodes, que ha conseguido el trono con determinación y ferocidad, y que ve en el Mesías un peligroso competidor.
No la buena gente de Jerusalén, cogida por el día a día, sin importarle nada todo lo demás.

Accesibilidad
La chica pare, lava al niño, lo envuelve en los pañales, lo coloca en el pesebre. Ninguna lucecita misteriosa, ningún prodigio, ningún efecto especial. Dios como nace cada niño, la salvación llega a nosotros del modo más vulgar y banal.
Y los pastores, lógicamente, buscarán un pesebre para reconocer al Mesías. Y los astrónomos una estrella; claro. Porque Dios se hace encontrar allí donde estamos, habla a nuestros corazones con el lenguaje que conocemos y con los conceptos que manejamos.
Es nuestra mirada la que cambia, es la luz de nuestro corazón la que sabe ver más allá de la apariencia.
Éste es nuestro Dios: un recién nacido con los puños cerrados y la piel enrojecida, los ojos que soportan mal la luz y la pequeña boca que busca el fértil seno de la madre.
Es un niño impotente, frágil, que debe ser lavado y calentado, cambiado y besado, cogido en brazos y en contacto con la piel áspera de José, que deja que la emoción le humedezca los ojos para volver luego a lo concreto de una situación problemática como la suya.
El Niño Jesús ni da ni pide nada, no tiene delirios de omnipotencia, se ha desvestido de los trajes de majestad, y los ha puesto a los pies de nuestra inquieta humanidad. No son los ángeles los que se ocupan del Hijo de Dios, sino una rapaza inexperta y generosa, María de Nazaret.
Quisiéramos un Dios que nos solucionara los problemas, no un Dios que nos los crea. Quisiéramos un Dios poderoso y fuerte, no un recién nacido necesitado de todo. Quisiéramos un Dios más eficiente y no un perdedor; más alineado con los fuertes y no un defensor de las debilidades. Quisiéramos algún efecto especial, fantástico, para convencernos.
Y en cambio… es todo lo contrario.

Feliz Navidad
Qué Dios nazca en nuestro corazón. Que nazca el Dios verdadero, no el de nuestros delirios y de nuestras vanas aspiraciones. El Dios que comparte con los pobres, que salva quién cree estar perdido, a los humildes y no a los soberbios.
Un abrazo y una felicitación especial a cada uno de vosotros en esta Navidad. Un abrazo compartiendo la esperanza, la gracia, la alegría y la paz que Dios nos da por puro amor. “Dios ha puesto su tienda entre nosotros…” ¡Feliz Navidad!