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miércoles, 20 de enero de 2016

Anuario S.J. 2016 - PRESENTACIÓN

Anuario

            El año 1980 los titulares de todo el mundo hablaron de una crisis de refugiados. El pueblo vietnamita escapaba de su propio país en cualquier artilugio que se mantuviera a flote. Las imágenes de aquel “boat people” quedaron impresas en muchos corazones. También en el del P. Pedro Arrupe, por entonces Superior General de la Compañía de Jesús. Él, en una carta del 14 noviembre 1980, exhortaba a los jesuitas de todo el mundo a responder a la catástrofe con estas palabras: “Esta situación es un desafío a la Compañía que no podemos ignorar si queremos seguir siendo fieles a los criterios fijados por San Ignacio, a nuestro celo apostólico y a la llamada de las recientes Congregaciones Generales 31 y 32”. Y así nació el Servicio Jesuita a Refugiados (JRS). El JRS se distingue de cualquier otra agencia de ayuda a refugiados por su lema: acompañar, servir y defender. Sobre esta base se ha intentado dar respuesta a otras crisis de refugiados en el mundo.
Muy significativa es la declaración que hicieron los directores del JRS en Chiang Mai (Tailandia) en 1985. “Mientras estamos siempre listos” -  leemos allí - “a ayudar a los refugiados en sus necesidades materiales y espirituales y también en preparar proyectos para una vida mejor y más independiente, buscamos sin embargo poner una particular atención en el estar con antes que en el hacer por. Queremos que nuestra presencia entre los refugiados sea un compartir, un acompañamiento, un caminar juntos en la misma senda.”
Con ocasión de los 30 años de vida del JRS, el Padre General Adolfo Nicolás ha reiterado su necesidad e importancia, subrayando en particular el valor de la hospitalidad. “La hospitalidad es un valor profundamente humano y cristiano que reconoce el clamor del otro, no porque él o ella sea un miembro de mi familia, de mi comunidad, de mi raza o de mi fe, sino simplemente porque él o ella es un ser humano que merece ser bienvenido y respetado. Es la virtud del buen samaritano, que vio en el hombre del camino, no al miembro de otra raza sino al hermano necesitado… El JRS, sirviendo a los refugiados, es la hospitalidad del Evangelio en acción” (14 noviembre 2010).
Desde que el Padre Arrupe llamó la atención de la Compañía de Jesús, el problema de los refugiados, el fenómeno de las migraciones forzadas, ha aumentado dramáticamente y se ha extendido a otras partes del planeta. Si ayer eran los frágiles barcos en el Mar de China los que llamaban la atención del mundo, hoy son las balsas o las pateras, tan frágiles, que atraviesan el Mediterráneo y que a menudo acaban en el fondo del mar con su carga humana. Y también lo son las matanzas perpetradas por grupos extremistas que provocan nuevas oleadas de refugiados.
El Anuario de este año ha querido dedicar una parte muy amplia al mundo de los refugiados, de los desplazados y de todos los que tienen que abandonar forzadamente su país a causa de la guerra, del hambre, de la persecución. Y el JRS tiene naturalmente una parte muy importante en la asistencia a estas personas que lo han perdido todo, a veces también la dignidad humana. Hoy el JRS trabaja en más que 50 países.
Pero con el JRS también hay otras realidades y organismos, siempre bajo la égida de los jesuitas, que se ocupan de los mismos problemas. En el anuario se hace referencia a algunos, como por ejemplo la Red Jesuita con Migrantes, que se ha convertido en una organización interprovincial e intersectorial extendida por 18 países de América Latina y del Caribe. Y también el Servicio Jesuita a Migrantes de España, que es de notable relevancia por su atención a los inmigrantes y por su reflexión sobre las migraciones y la sociedad.
El servicio de la Compañía a los refugiados y desplazados ha hecho, pues, un largo camino en los últimos treinta y cinco años y podemos decir con el P. Nicolás que “queríamos ser de ayuda, pero al final nos dimos cuenta de que aquellos a los que servimos nos han enseñado mucho más, transformándonos profundamente.”
El resto del Anuario es una mirada al mundo de los jesuitas y su obra en los diversos continentes. Después de una mirada a algunos aniversarios, se examinan una serie de actividades en el campo de la espiritualidad, de la educación y del compromiso social. Sólo son unos ejemplos que muestran lo diversificada que está la actividad apostólica de la Compañía de Jesús, en el intento de llegar a todos, para llevarles la buena noticia del Evangelio y dar sobre todo una señal de esperanza a los más pobres y olvidados.
Giuseppe Bellucci, S.J.
Traducción de Juan Ignacio García Velasco, S.J.

viernes, 27 de noviembre de 2015

27 de noviembre de 1975


Majestades.
Excelentísimos señores de las Misiones Extraordinarias.
Excelentísimo señor Presidente del Gobierno.
Excelentísimo señor Presidente de las Cortes y del Consejo del Reino.
Excelentísimos señores.
Hermanos:

Habéis querido, Majestad, que invoquemos con Vos al Espíritu Santo en el momento en que accedéis al Trono de España. Vuestro deseo corresponde a una antigua y amplia tradición: la que a lo largo de la historia busca la luz y el apoyo del Espíritu de sabiduría en la coronación de los Papas y de los Reyes, en la convocación de los Cónclaves y de los Concilios, en el comienzo de las actividades culturales de Universidades y Academias, en la deliberación de los Consejos.
Y no se trata, evidentemente, de ceder al peso de una costumbre: En Vuestro gesto hay un reconocimiento público de que nos hace falta la luz y la ayuda de Dios en esta hora. Los creyentes sabemos que, aunque Dios ha dejado el mundo a nuestra propia responsabilidad y a merced de nuestro esfuerzo y nuestro ingenio, necesitamos de Él, para acertar en nuestra tarea; sabemos que aunque es el hombre el protagonista de su historia, difícilmente podrá construirla según los planes de Dios, que no son otros que el bien de los hombres, si el Espíritu no nos ilumina y fortalece. Él es la luz, la fuerza, el guía que orienta toda la vida humana, incluida la actividad temporal y política.
Esta petición de ayuda a Dios subraya, además, la excepcional importancia de la hora que vivimos y también su extraordinaria dificultad. Tomáis las riendas del Estado en una hora de tránsito, después de muchos años en que una figura excepcional, ya histórica, asumió el poder de forma y en circunstancias extraordinarias. España, con la participación de todos y bajo Vuestro cuidado, avanza en su camino y será necesaria la colaboración de todos, la prudencia de todos, el talento y la decisión de todos para que sea el camino de la paz, del progreso, de la libertad y del respeto mutuo que todos deseamos. Sobre nuestro esfuerzo descenderá la bendición de quien es el «dador de todo bien». Él no hará imposibles nuestros errores, porque humano es errar; ni suplirá nuestra desidia o nuestra inhibición, pero sí nos ayudará a corregirlos, completará nuestra sinceridad con su luz y fortalecerá nuestro empeño.
Por eso hemos acogido con emocionada complacencia este Vuestro deseo de orar junto a Vos en esta hora. La Iglesia se siente comprometida con la Patria. Los miembros de la Iglesia de España son también miembros de la comunidad nacional y sienten muy viva su responsabilidad como tales. Saben que su tarea de trabajar como españoles y de orar como cristianos son dos tareas distintas, pero en nada contrapuestas y en mucho coincidentes. La Iglesia, que comprende, valora y aprecia la enorme carga que en este momento echáis sobre Vuestros hombros, y que agradece la generosidad con que os entregáis al servicio de la comunidad nacional, no puede, no podría en modo alguno regatearos su estima y su oración.