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domingo, 3 de abril de 2016

DOMINGO 2º DE PASCUA (Ciclo C)


Primera Lectura: Hch 5, 12-16
Salmo Responsorial: Salmo 117
Segunda Lectura: Ap 1, 9-13.17-19
Evangelio: Jn. 20, 19-31


El Señor ha resucitado. La tumba fue encontrada vacía y, desde ahora, todo es diferente. Los discípulos no saben qué pensar, alternando entre momentos de entusiasmo con los de duda y de impotencia. Encerrados en la habitación alta dónde celebraron la cena de Pascua, todavía se esfuerzan en focalizar lo que ha sucedido.
Es demasiado. Demasiado grande, demasiado inesperado, es una locura. Todo es nuevo, excesivo e incomprensible. Todo parece alterado.
De verdad, ha resucitado el Señor. Pero si es así, ¿quién es en verdad el Nazareno?
Las mujeres hablan de una visión de ángeles. Pero sólo son mujeres, emotivamente inestables, dirían los judíos del momento. También los discípulos de Emaús han hablado de un extraño encuentro. Y Simón, sumido en un mutismo que lo caracteriza desde aquella horrible noche de la negación, ha hecho alguna referencia a un fulano que ha encontrado.
Todavía están hablando de todo aquello cuando Jesús se aparece.

Fe
Obviamente es cuestión de fe. La fe se nos presenta como protagonista cada segundo domingo de Pascua, con un actor de excepción: el apóstol Tomás. El creyente, no el incrédulo.
Creer es un concepto ambiguo en las lenguas latinas, en las que creer equivale a dudar: “creo que mañana hará buen tiempo”. En las lenguas bíblicas, en cambio, para describir un acto de fe se usan dos verbos: “aman” y “hatah”, que indican un punto de apoyo seguro, una certeza absoluta; del primer verbo se deriva nuestra aclamación litúrgica “amén”: estoy cierto, así es.
Creer significa apoyarse a algo seguro, confiar plenamente en alguien que es confiable.
Pero Tomás ya no cree. Todo en lo que se había apoyado se ha derrumbado miserablemente. Su entusiasmo se ha apagado: todo parece perdido, el Reino de Dios es una vana ilusión, el Maestro una buena persona atropellada por la maldad del poder religioso. Tomás ya no tiene certezas porque la cruz las ha puesto patas arriba. Como también nos sucede a nosotros.

Bien
Y eso significa que precisamente aquellas certezas tenían que derrumbarse porque eran frágiles. Tomás aún no lo sabe, pero su fe está preparada para renacer, para apoyarse en la predicación del Maestro y ya no en las falsas perspectivas que el apóstol había elaboró por sí mismo. Si la fe se derrumba, significa que estaba apoyada en bases frágiles e inconsistentes y que, por fin, estamos listos para la verdadera Fe.

Confianza
Pero la fe también significa fiarse, confiar. Y Tomás ya no se fía de sus compañeros, de la Iglesia. Le dicen que Jesús está vivo. ¿Pero cómo confiar en ellos después de haber mostrado que estaban aterrorizados? ¿Cómo confiar en unos incoherentes como él mismo lo ha sido?
Tienes razón, Tomás. ¿Cómo podemos creer en el evangelio si, demasiadas veces, la Iglesia que lo proclama no lo vive?
Pero Tomás no se va. No se siente ofendido porque el mensaje de la resurrección esté confiado a nuestras frágiles manos. No lo entiende pero permanece, sin fundar una iglesia alternativa, sin sentirse mejor que los demás, sin marcharse.
Y hace bien a quedarse porque ocho días después el Maestro vuelve a propósito para encontrarse con él.

Clavos
Ahí está el Resucitado. Impalpable, espléndido, sereno. Sonríe y emana de él una fuerza irresistible. Los otros discípulos lo reconocen y vibran. Tomás, aún herido, lo mira sin persuadirse. Entonces el Señor va hacia él y le enseña las palmas de las manos traspasadas.
“Tomás sé que has sufrido mucho. También yo he sufrido mucho: mírame”.
Y Tomás cede. La rabia, el dolor, el miedo, el extravío se deshacen como la nieve al sol.
Se pone de rodillas, besa aquellas heridas y llora y ríe. "¡Señor mío y Dios mío!”

Santo Tomás
Santo Tomás, patrón de todos los entusiastas que ponen el corazón por delante de los obstáculos, de los que creen en Cristo, ayuda los que han experimentado en su propia piel la quiebra de la vida: que no se dejen arrollar por la rabia y el dolor, sino que sepan que el Maestro ama su generosidad, como ha amado la tuya.
Santo Tomás, patrón de todos los escandalizados por la incoherencia de la Iglesia, ayuda a quien ha sido herido por la espada del juicio clerical a no fijarse en la fragilidad de los creyentes, sino en fijar su mirada en el resplandor del Resucitado al que indignamente profesamos.
Santo Tomás, patrón de los tenaces, ayúdanos a no sentirnos mejores cuando, como tú, vemos que nuestros hermanos en la fe son pequeñitos, sino a permanecer fieles al gran sueño del Maestro que es la Iglesia, y a convertirla a partir de nosotros mismos.
Santo Tomás, patrón de los crucificados sin clavos, que has visto en la señal de las manos del Señor un reflejo el desgarrón que su muerte provocó en tu corazón, ayúdanos a ver que el dolor, todo dolor, nuestro dolor es conocido por Dios.
Santo Tomás, patrón de los discípulos, el primero entre los Doce en haber profesado la divinidad de Cristo, ayúdanos a profesar con franqueza nuestra fe en el rostro de Dios que es Jesús.

Misericordia
Hoy es también el Domingo de la Divina Misericordia. Como parte de las celebraciones del Año Jubilar de la Misericordia, tiene sentido recordar que, como parte de la Iglesia que somos, estamos llamados a contribuir a poner en evidencia la misión de ser testimonio de la misericordia. A profesar nuestra fe siendo misericordiosos como el Padre.
La Misericordia del Padre, al manifestarse ante nosotros, nos devuelve la alegría, la calidez, la luz de la mirada y el gozo del corazón. La mejor profesión de nuestra fe es la manifestación de la misericordia. Dando o recibiendo misericordia, el alma se ensancha, los sentimientos del corazón del Padre se unen al nuestro, la alegría y la fiesta se amplía y el duelo se reduce a dimensiones manejables.
Es reconfortante pensar que el salto a ojos cerrados que exige la fe, tantas veces incomprendido por quienes nos rodean, puede llegar a llenamos de fuerza, luz y gozo. A abrirnos las puertas del corazón y animarnos a salir afuera, al encuentro de quienes nos necesitan. A hablar a cada uno en el lenguaje que mejor entiende, a repartir a manos llenas el amor que tan gratuitamente se nos da.
¡Alegría y paz, hermanos, que el Señor resucitó!