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sábado, 28 de enero de 2017

DOMINGO 4º DEL TIEMPO ORDINARIO (Ciclo A)


Primera Lectura: Sof 2,3; 3,12-13
Salmo Responsorial: Salmo 145
Segunda Lectura: 1 Cor 1,26-31
Evangelio: Mt 5, 1-12


Bienaventurados nosotros
Parece que el Mahatma Gandhi consideraba el sermón del monte de Mateo como la página más iluminadora de la literatura mundial. Una página que ha inspirado a muchas personas, en la historia, y que, con razón, es considerada como la Carta Constitucional del Reino de Dios. Un discurso que Jesús pronuncia a la orilla del lago de Tiberiades, al norte de Palestina, en Galilea, no lejos de la casa familiar de Nazaret y de Cafarnaúm. Un discurso en el que Mateo trata de sintetizar gran parte de la doctrina del nazareno, proponiéndolo como un nuevo Moisés que desde la montaña (en realidad una pequeña colina) entrega las “nuevas” tablas de la Ley. Un discurso que comienza con las Bienaventuranzas que acabamos de escuchar, un texto bastante repetido, pero, desgraciadamente, poco conocido incluso por los cristianos y aún menos entendido.
Son ocho afirmaciones que son como latigazos, ocho afirmaciones que, si las tomáramos en serio, pondrían del revés nuestras perspectivas y descabalgarían nuestras pocas certezas. ¡Tal vez por eso las tenemos prácticamente ignoradas!

Bienaventurados los desgraciados
Jesús indica apodícticamente en qué consiste la felicidad, el sentido de la vida y la plena realización. ¡Por fin ya era hora!
Pero una primera lectura nos deja descolocados con lo que allí señala Mateo. Jesús parece que exalta la pobreza, el llanto, la resignación y la persecución.
¿Cómo es posible? ¿Confirma Jesús la terrible impresión que dan muchos cristianos de ser almas dolientes, tristes y lloronas? ¿Valora Jesús la idea de que la vida es una concatenación de desgracias y el cristianismo algo doloroso y crucificante? ¿Volvemos al cliché del cristianismo como una religión que exalta el sufrimiento como instrumento de expiación?
No, en absoluto, estad tranquilos. Lo que de verdad Jesús propone es una auténtica revolución interior. Nos describe, más que cualquier otra página del Evangelio, cuál es la profunda identidad del cristiano.

Bienaventurados
-          Bienaventurados los pobres en el espíritu, porque de ellos es el reino de los cielos. Es decir, bienaventurados los que son conscientes de su pobreza interior, del límite que llevan impreso en el corazón y que, por tanto, buscan el sentido de la vida y lo buscan en otro lugar, más allá de la rutina cotidiana. Y también bienaventurados los que viven con un corazón sencillo, esencial, transparente. Bienaventurados porque, aunque no se den cuenta, están dejando que Dios reine en ellos.
-          Bienaventurados los que lloran, porque ellos serán consolados. Bienaventurados los que, incluso estando en pleno sufrimiento, saben volver la mirada más allá del horizonte, hacia el Dios que hace compañía, que “con-sola”, que está con quien está solo. Bienaventurado el que sabe que la vida está insertada en un gran proyecto y que, aunque alguna vicisitud individual humana puede ser envilecedora y puede ser derrotada, sin embargo, el gran proyecto de Dios avanza sin detenerse. Bienaventurado quien descubre que la vida es preciosa a los ojos de Dios y que ninguna persona, jamás, está sola y abandonada, porque “cada cabello de nuestra cabeza está contado” (Mt 10, 30) y “nuestras lágrimas recogidas” (Sal 56, 9) porque el Dios de Jesús protege a “los gorriones que se venden por dos céntimos” (Lc 12, 6). El sufrimiento, por tanto, no es la palabra definitiva de la vida.

-          Bienaventurados los mansos, porque ellos heredarán la tierra. Bienaventurados los que no ceden a la violencia que llevan en sí mismos, los que ven el lado positivo de las personas, los que creen en la redención humana. Aunque en apariencia venzan los malvados, la historia verdadera, la de Dios, pasa por las personas que han imitado a Dios en su compasiva mansedumbre.
-          Bienaventurados los que tienen hambre y sed de la justicia, porque ellos quedarán serán saciados. Bienaventurados los que no se rinden a la injusticia, los que saben comprometerse con causas justas y nobles, los que son auténticos y sinceros, los que asumen el peso de sus opciones y de sus errores. Bienaventurados los que no ceden a la seducción de los apaños, de la astucia malévola y del perfil rastrero.
-          Bienaventurados los misericordiosos, porque ellos alcanzarán misericordia. Bienaventurados los que, como Dios, se fijan en la miseria con la mirada del corazón, los que no se juzgan a sí mismos ni a los demás sin piedad, los que piden responsabilidad y coherencia, pero sin hacer de la justicia un ídolo. Esos, juzgando con verdad y compasión a los demás, encontrarán verdad y compasión para ellos mismos.
-          Bienaventurados los limpios de corazón, porque ellos verán Dios. Bienaventurados los que tienen una mirada transparente, los que no son ambiguos, los que no tienen malicia, los que no ven siempre y sólo lo negativo, que no pasan el tiempo subrayando las sombras de los otros para suavizar las propias. Su limpieza de corazón se convierte en la transparencia necesaria para poder acceder a Dios.
-          Bienaventurados los que trabajan por la paz, porque ellos serán llamados hijos de Dios. Bienaventurados los que apuestan por la paz, los que son pacifistas porque estando ellos pacificados, no hacen de la raza, de su país y de su religión un ídolo. Bienaventurados los que no sólo hablan de paz, sino que construyen la paz día a día con sus acciones.
-          Bienaventurados los perseguidos por causa de la justicia, porque de ellos es el reino de los cielos. Bienaventurados vosotros cuando os insulten y os persigan y os calumnien de cualquier modo por mi causa. Alegraos y regocijaos, porque vuestra recompensa será grande en el cielo, que de la misma manera persiguieron a los profetas anteriores a vosotros. Bienaventurados los que asumen sus propias responsabilidades, los que no descargan las cargas sobre los otros, los que tienen el ánimo de responder de sus opciones, y también de sus errores, hasta el final. Bienaventurados los discípulos que no reniegan de su fe por miedo.

Aquí estamos
Esta lógica convence. Jesús fue el primero que la vivió. Jesús murió por vivir hasta el final las bienaventuranzas. Jesús fue el primero que mostró coherentemente, que es posible vivirlas, sustentado por el Espíritu y en la lógica de Dios. Y sólo Dios sabe cuántos discípulos hay que intentan vivir las bienaventuranzas a cualquier precio, en estos tiempos hechos de insultos y de arrogancia, de minimalismo ético y de liviandad moral.
Y ahora nos toca a nosotros, si queremos. Realizar, día a día, un trozo de bienaventuranza cada vez, para ir cambiando nuestro corazón, para convertirnos a nosotros mismos y al mundo.
Nosotros que somos pobres, que no paramos de llorar, mansos y sedientos de justicia, misericordiosos, transparentes y pacíficos, dispuestos a llevar las últimas consecuencias de nuestras opciones de fe.
El desafío está lanzado. Una de dos, o Jesús es un loco sin esperanza, o verdaderamente tiene razón. Entonces, hermanos, merece la pena arriesgarse y de seguirlo. Que él nos dé su fuerza.