Ceniza
Venimos de los carnavales. Días de ruido, de disfraces, de cierta ligereza. Y casi sin transición, la Iglesia nos coloca hoy un gesto sobrio, incómodo incluso: la ceniza. No hay tiempo para maquillajes espirituales. Comienza la Cuaresma.
Tomar en serio este tiempo no significa ponerse tristes ni adoptar una cara de vinagre. Significa algo más exigente: tomar la vida en las manos y mirarla con el Señor, desde su mirada limpia, tierna y verdadera.
La imposición de la ceniza es un gesto fuerte. Nos dice, sin rodeos, quiénes somos: polvo, fragilidad, límite. Todo lo que tanto nos preocupa —éxitos, resultados, reconocimientos— acaba siendo ceniza. No para despreciar la vida, sino para recolocar lo esencial.
Porque lo esencial está en otro lugar. No en lo que se ve, no en lo que se exhibe, sino en la interioridad, en la paz del corazón, en la verdad de lo que somos cuando nadie nos mira. Ahí se juega lo decisivo de nuestra vida.
La ceniza pone orden. En nosotros, al menos. Y quién sabe si también en la sociedad. A veces uno piensa —con una sonrisa— cuánto cambiarían nuestras discusiones políticas o vecinales si antes de empezar nos recordáramos mutuamente que todos somos polvo. Quizá bajaríamos el tono. Quizá escucharíamos más.
La Cuaresma es esto: cuarenta días de oportunidad, de desierto, de entrenamiento interior. Un tiempo para dejar aflorar el alma en medio del ruido cotidiano y preguntarnos con honestidad en qué estamos invirtiendo de verdad nuestra vida.
Interioridad
El Evangelio de hoy es directo, casi incómodo. Jesús no se enfrenta a pecadores públicos y notorios, sino a personas religiosas. Y señala una tentación muy concreta: vivir la fe de cara a la galería.








