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martes, 9 de abril de 2013

Anuario S.J. 2013 - SANTIAGO BERTHIEU EL BUEN PASTOR DE MADAGASCAR


El 21 de octubre 2012 el Papa Benedicto XVI
ha canonizado al Beato Santiago Berthieu,
jesuita francés y misionero en Madagascar,
qué dio la propia vida por sus ovejas,
según las palabras del Evangelio.
 

¿Muerto por la fe de la Iglesia católica o por la política del país colonizador? En nuestra época, en la que existe una mayor sensibilidad para los factores culturales, económicos y políticos de la historia de la salvación, ésta será la primera pregunta cuando se oiga hablar de la violenta muerte del jesuita francés Santiago Berthieu en Madagascar, en 1896. Es verdad que su vida misionera estaba dominada por la política de la madre patria, así como su final acaecido en medio de la segunda guerra de los malgaches, estallada dos años antes, contra Francia. Pero no es menos verdad que el P. Berthieu buscaba solamente el Reino de los cielos. "Quisiera no poseer nada sobre la tierra si no un poco de corazón para querer los hombres en el divino corazón de Jesús", escribió en 1873. Y así fue.


Aquel año don Santiago Berthieu, nacido en Monlogis (Auvernia) en 1838, ordenado sacerdote en 1864, modesto y contento vice-cura desde hacía nueve años, ingresó en la Compañía de Jesús, pidiendo ir a misiones. Dos años más tarde anunció a un compañero suyo de estudios: “He sido destinado como futuro apóstol de los malgaches". Ciertamente el misionero no pensó que habría de llegar a ser su protomártir. Sus cualidades ya notadas en el noviciado - bueno, confiado, sonriente, sereno - se desarrollarían cada vez más a imagen de Jesús, manso y humilde de corazón, "el buen pastor que da su vida por las ovejas" (Jn. 10,11). No fue la política la causa de la muerte del P. Berthieu sino "la pasión por las almas", como dijo el Papa Pablo VI en la beatificación de 1965, "la caridad para con la gente, que tanto más se complace en mostrarse excelsa e ilimitada cuanto las personas a las que se dirige afable y gratuita, están más lejanas, son desconocidas, son por lengua, por costumbres, por desconfianza, por ceguera de juicio e interés, difíciles y casi refractarias al coloquio del mensajero evangélico." 

Naturalmente el principio de la vida misionera no fue fácil para aquel jesuita de 36 años: el clima, la lengua, la cultura, tantas cosas nuevas que le hicieron exclamar: "Mi inutilidad y mi miseria espiritual sirven para humillarme pero sin  desanimarme, esperando la hora en la que podré hacer algo con la gracia de Dios." En el primer campo de trabajo asignado, la isla de Santa Maria, el P. Berthieu se dedicó totalmente a la enseñanza del catecismo, a las visitas a los pobres y a los leprosos, a los bautismos, a la preparación de las primeras comuniones y a la celebración y regularización de las bodas, adaptando a la vez a los indígenas a un cultivo agrícola racional, del que la misión sacaba los medios necesarios para sustentar la escuela de los niños. Sin embargo, en 1881 los decretos de expulsión de los religiosos, emanados del gobierno francés, le obligaron a dejar su misión. "¡Pobre pequeño pueblo!", escribió en su diario. "Qué el buen Dios te mire en su misericordia y te restituya cuanto antes otros pastores para salvar tus almas." La frase, llena de amor por sus malgaches y sin lamentaciones de su propia suerte, hubiera podido valer como estribillo para los años siguientes, en los que sería echado de un puesto misionero a otro. Santiago Berthieu fue primero a Tamatova y luego a Tananarivo, desde donde los superiores lo enviaron a la lejana misión de Ambohimandroso, cerca de los betsileo. 

Pero el estallido de la primera guerra franco-hova (1883), le obligó a volver a partir y, después de una estancia de cinco años en Ambositra, pasó en 1891 a Andrainarivo, al nordeste de la capital Tananarivo, con dieciocho puestos misionales que cuidar, situados en los lugares más remotos y menos accesibles. Aquí, como en otros lugares, él trató de hacerse todo a todos. Así escribió: "Mañana y tarde catecismo y el resto del tiempo lo dedico a recibir gente, o a visitar los del vicariato, amigos y enemigos, para ganarlos a todos para nuestro Señor". Los fieles se daban cuenta de que se estaban relacionando con un verdadero religioso. Dijeron de él: "Fue un padre que no abandonó a sus hijos". Y él repetía a los cristianos a menudo: "No tengáis miedo de los que matan el cuerpo, pero no pueden matar el alma". O bien: "Aunque fuerais devorados por un caimán, resucitaríais." En 1894 estalló la segunda guerra contra Francia y el P. Berthieu tuvo que dejar una vez más a sus queridos malgaches, regresando sólo  después de más de un año, aun a tiempo para poder compartir las preocupaciones que causaban las noticias sobre la violencia de los rebeldes, no solamente contra las autoridades francesas, sino también contra los misioneros. Estos, llevando a Cristo, habrían hecho perder el poder a sus ídolos y amuletos, por eso los fetichistas quisieron eliminar de una vez para siempre a los portadores de la religión cristiana. 

En marzo de 1896 la aldea en la que se encontraba el P. Berthieu fue evacuada por la armada francesa, ya que era imposible defenderla. El jesuita, con casi sesenta años, se quedó entre sus "buenos cristianos" que estaban - así lo escribió - "felices por mi presencia […] y dispuestos a morir conmigo, si fuese necesario, para no traicionar su conciencia". Cansado y enfermo llegó a Tananarivo en Pascua y allí se repuso, transcurriendo largas horas de rodillas ante el Santísimo Sacramento. Pero no podía permanecer lejos de su grey, así que volvió con ellos el 21 de mayo. Al regresar le confió a una religiosa: "No sé lo que me espera, pero estoy listo para cualquier cosa que ocurra. He hecho mis Ejercicios Espirituales como si fueran los últimos". Dos semanas más tarde el misionero recibió de nuevo aviso de una necesaria evacuación. Cerca de dos mil prófugos, precedidos por soldados franceses, se pusieron en camino hacia Ambohimila. Al prolongarse la marcha, la fila iba menguando poco a poco y, mientras los soldados iban en cabeza, los enfermos, los viejos y los niños quedaban atrás, cada vez más lejanos de sus protectores. El P. Berthieu, a caballo, trataba de animarlos con su presencia, y fue en esta situación cuando tomó la decisión que habría de ser fatal, decisión por otra parte completamente congruente con su corazón de buen pastor. Un dependiente de la misión, que ya no era capaz de caminar, pidió ayuda y el misionero, intensamente compadecido, le dio su caballo mientras él retomaba la marcha a pie. Avanzando lentamente perdió completamente de vista a los soldados. Cuando algunos grupos de rebeldes asaltaron, Santiago Berthieu, junto con algunos cristianos, huyó a la aldea de Ambohibemasoandro. Allí pasó la noche y a la mañana siguiente, 8 de junio, celebró la Misa. Sería su última Misa. Unas horas más tarde los rebeldes atacaron la aldea y capturaron al compasivo y atrevido misionero. 

El P. Berthieu, golpeado con un hacha en el cuello y en la frente, cayó de rodillas, pero luego se levantó y se enjugó la sangre con el pañuelo diciendo: "No me matéis, hijos míos, que tengo que deciros cosas buenas". Por toda respuesta le fue asestado otro golpe de hacha. Algunos hubieran querido matarlo enseguida, pero la mayor parte prefirió conducirlo al propio campamento, distante unos quince kilómetros, para presentarlo al jefe. Fuera de la aldea despojaron al jesuita del vestido talar. Viendo el crucifijo que llevaba al cuello, uno de los jefes se lo arrancó gritando: "¡Este es tu amuleto! ¡Es esto lo que te sirve para engañar a nuestra gente"! Luego le preguntó: ¿Todavía "vas a rezar y harás rezar a la gente, sí o no"? El P. Berthieu contestó: Aun "rezaré ciertamente, hasta la muerte". Y viendo su caballo, cortado en trozos, continuó: "No espero que me dejéis con vida. Si consiento en lo que decís, seré yo mismo quien me mate, pero si rechazo vuestras palabras, viviré."   

Como si no bastaran la violencia y las palabras sacrílegas de los rebeldes, el mismo misionero que se había dedicado durante veinte años a sus malgaches, ahora era abandonado por todos. Cuando el cortejo llegó a Ambohitra, aldea que el P. Berthieu había convertido, se puso a llover. “Hijos míos - suplicó - ¿queréis darme un paño para cubrirme? porque tengo frío". Pero los habitantes no osaron socorrerlo. Pasando delante de la iglesia donde tantas veces administró los Sacramentos, manifestó el deseo de entrar, pero no le fue permitido. Se arrodilló entonces delante de la puerta y recitó el Padre Nuestro y el Ave Maria; tenía en la mano el rosario y besó su cruz. Los rebeldes hicieron bromas de él y sus 'amuletos'. Cuando dijo que el crucifijo representaba al Salvador de los hombres, enfadados lo golpearon con las culatas de los fusiles. La marcha se reanudó entre insultos y vulgaridades.
 
Caía la tarde y algunos del grupo, cuando llegaron a una gran piedra llamada Farovoay, quisieron volver a sus casas. ¿"Qué hacemos con él"?, se preguntaron. "Es casi de noche y el prisionero está agotado; ¿quién va a custodiarlo?” La solución más fácil era matarlo. Le quitaron la última ropa y lo tiraron por tierra, mientras que el jefe hacía avanzar a seis hombres armados con fusil. El P. Berthieu pidió poder rezar por sus asesinos. “Renuncia a tu maligna religión", fue la respuesta de ellos, "no engañes más a la gente y te llevaremos con nosotros, te haremos nuestro jefe y nuestro consejero, y no te mataremos". Él respondió: "Hijo mío, yo  no puedo consentir eso en absoluto; prefiero morir". Dos hombres dispararon un primer tiro y otros dos un segundo, pero erraron; tampoco un quinto tirador logró matarlo. Entonces el capitán se acercó y le descargó un disparo en la nuca; fue el tiro de gracia. Por miedo de los soldados franceses los verdugos tiraron el cadáver al cercano río Mananara, infestado de caimanes, donde desapareció para siempre. Así se realizaron las palabras que muchas veces Santiago Berthieu había repetido en las catequesis a sus queridos malgaches: "Aunque seáis devorados por un caimán, resucitaréis." 

Marc Lindeijer, S.J. 

Traducción: Juan Ignacio García Velasco, S.J.