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domingo, 29 de noviembre de 2015

DOMINGO 1º DE ADVIENTO (Ciclo C)

"Levantaos, alzad la cabeza" (Lc 21, 28)
Primera Lectura: Jer 33, 14-16
Salmo Responsorial: Salmo 24
Segunda Lectura: 1 Tes 3, 12–4, 2
Evangelio: Lc 21, 25-28.34-36
   
Son las imágenes en tiempo real las que nos sacuden en profundidad. Las que andan rodando por internet, insoportables por su crudeza, tanto visual como de los profundos sentimientos de odio, violencia y venganza que anidan en el corazón humano. Como las noticias que cada mañana, antes de empezar el día, golpean de lleno en la cara al leer los periódicos nacionales e internacionales en línea.
Fotos que encuadran un cúmulo de ruinas de lo que queda de una casa destrozada por un cohete, asomando la cabeza de un niño de siete u ocho años, con el rostro acartonado en su última mirada de miedo, en medio de otros cadáveres de hombres y mujeres deshechos por la metralla. Daños colaterales, los llaman.
Y todo rodeado con explicaciones para justificar la necesidad de las intervenciones armadas, la inevitabilidad de tales daños, y unos y otros alineándose en pro o en contra de éstos o aquéllos. Todos, discutiendo y acusándose; en definitiva, alimentando la violencia que critican, pero sin dar un paso por construir la paz.
 La guerra en Siria, los refugiados que huyen del horror del Estado Islámico, son sólo uno de los muchos conflictos presentes en el mundo, y tantas veces olvidados porque a los poderosos no les interesa que tengan publicidad.
En esta situación, hoy, estrenamos un nuevo Adviento.

Navidades y sangre
¿Para qué sirve la presencia de Cristo entre nosotros? ¿Para qué sirve comenzar un nuevo Adviento y prepararnos a celebrar una Navidad cada vez menos cristiana, tratando de quitarnos de encima una crisis económica y de valores que nos ha llevado por delante? ¿Para qué sirve repetir y remachar las cosas, rebuscar y rezar, si la impresión que tenemos es de estar rodeados por una muerte que no acaba?
En este triste comienzo del camino de Adviento, es Lucas el que viene en nuestro socorro. Viene para espabilarnos y animarnos.

viernes, 27 de noviembre de 2015

27 de noviembre de 1975


Majestades.
Excelentísimos señores de las Misiones Extraordinarias.
Excelentísimo señor Presidente del Gobierno.
Excelentísimo señor Presidente de las Cortes y del Consejo del Reino.
Excelentísimos señores.
Hermanos:

Habéis querido, Majestad, que invoquemos con Vos al Espíritu Santo en el momento en que accedéis al Trono de España. Vuestro deseo corresponde a una antigua y amplia tradición: la que a lo largo de la historia busca la luz y el apoyo del Espíritu de sabiduría en la coronación de los Papas y de los Reyes, en la convocación de los Cónclaves y de los Concilios, en el comienzo de las actividades culturales de Universidades y Academias, en la deliberación de los Consejos.
Y no se trata, evidentemente, de ceder al peso de una costumbre: En Vuestro gesto hay un reconocimiento público de que nos hace falta la luz y la ayuda de Dios en esta hora. Los creyentes sabemos que, aunque Dios ha dejado el mundo a nuestra propia responsabilidad y a merced de nuestro esfuerzo y nuestro ingenio, necesitamos de Él, para acertar en nuestra tarea; sabemos que aunque es el hombre el protagonista de su historia, difícilmente podrá construirla según los planes de Dios, que no son otros que el bien de los hombres, si el Espíritu no nos ilumina y fortalece. Él es la luz, la fuerza, el guía que orienta toda la vida humana, incluida la actividad temporal y política.
Esta petición de ayuda a Dios subraya, además, la excepcional importancia de la hora que vivimos y también su extraordinaria dificultad. Tomáis las riendas del Estado en una hora de tránsito, después de muchos años en que una figura excepcional, ya histórica, asumió el poder de forma y en circunstancias extraordinarias. España, con la participación de todos y bajo Vuestro cuidado, avanza en su camino y será necesaria la colaboración de todos, la prudencia de todos, el talento y la decisión de todos para que sea el camino de la paz, del progreso, de la libertad y del respeto mutuo que todos deseamos. Sobre nuestro esfuerzo descenderá la bendición de quien es el «dador de todo bien». Él no hará imposibles nuestros errores, porque humano es errar; ni suplirá nuestra desidia o nuestra inhibición, pero sí nos ayudará a corregirlos, completará nuestra sinceridad con su luz y fortalecerá nuestro empeño.
Por eso hemos acogido con emocionada complacencia este Vuestro deseo de orar junto a Vos en esta hora. La Iglesia se siente comprometida con la Patria. Los miembros de la Iglesia de España son también miembros de la comunidad nacional y sienten muy viva su responsabilidad como tales. Saben que su tarea de trabajar como españoles y de orar como cristianos son dos tareas distintas, pero en nada contrapuestas y en mucho coincidentes. La Iglesia, que comprende, valora y aprecia la enorme carga que en este momento echáis sobre Vuestros hombros, y que agradece la generosidad con que os entregáis al servicio de la comunidad nacional, no puede, no podría en modo alguno regatearos su estima y su oración.

domingo, 22 de noviembre de 2015

SOLEMNIDAD DE CRISTO REY Domingo 34º del Tiempo Ordinario (Ciclo B)


Primera Lectura: Dn 7, 13-14
Salmo Responsorial: Salmo 92
Segunda Lectura: Ap 1, 5-8
Evangelio: Jn 18, 33-37


Nuestro año litúrgico termina con una no-fiesta, una fiesta de apariencia solemne, que habla de un rey, que habla de triunfos, que desempolva tal vez  los antiguos lujos de una iglesia militante en permanente choque con el poder mundano – recordar la doctrina de las dos espadas, la del Papa y la del Emperador, en los primeros siglos de la cristiandad -, un poder a veces secretamente deseado, a veces confrontado, que imagina muy ingenuamente, la victoria definitiva de Cristo en esta tierra, más bien como ambición que como realidad.
Una fiesta que vuelve a invocar una improbable soberanía de Cristo, como un happy end, un final feliz  que necesitamos absolutamente para fijarnos en el año que está pasando y relanzar el año que está por venir.
Pero al leer el evangelio uno se queda desconcertado, como es natural.

Poderes
Hay dos poderes en confrontación: el de la Roma imperial y de su representante, el procurador Poncio Pilatos, y aquel desventurado y ridículo carpintero de Nazaret que se hace pasar por Dios.
El gran Juan, en la obra maestra del diálogo entre Jesús y Pilatos, pone en escena una verdadera representación teatral: Pilatos se cree fuerte, cree tener bien agarrado a ese fantoche y lo desprecia, a él y todos los judíos que le obligan a usar mano de hierro y que, según nos cuenta la historia, se estaban volviendo la piedra de tropiezo en su carrera hacia el Senado.
Pilatos se divierte tomando el pelo a ese pobre carpintero que también ha perdido el apoyo de sus superiores religiosos. Bromea, lo escarnece, le propone un diálogo aparentemente justo, finge justicia y equidad.
El poder a menudo se convierte en una farsa y una burla, que sólo se defiende a sí mismo y se enfrenta a quien lo obstaculiza.
Los saduceos y los sacerdotes del templo tienen que pedir permiso al odiado Pilatos, que detenta el ius gladii, el derecho de muerte, para deshacerse de aquel embarazoso Nazareno.
El Sanedrín quiere matar a Jesús pero no puede. Pilatos quiere salvar a Jesús para humillar al Sanedrín pero no puede. Ambos terminarán haciendo lo que no quieren. Las componendas, el miedo y el cálculo los hacen convertirse en títeres de sus propias ambiciones.
Pilatos, durante todo el diálogo con Jesús, sólo hace preguntas. No se cuestiona, sólo pregunta. Y, además, no escucha las respuestas.

Tú lo dices
“¿Eres rey?”  - “Tú lo dices”, responde Jesús a Pilatos.
“¿Eres el Hijo de Dios Altísimo?”  - “Tú lo dices”, responde  Jesús al Sumo Sacerdote en otro lugar.
“Tú lo dices”: somos libres de creer o no, Dios no se impone, nunca.
Más aún, la apariencia engaña: este hombre derrotado no se parece en nada a un rey, y mucho menos a un Dios. Esto siempre será así:  nuestro Dios se esconde, nos deja libres, remueve nuestras conciencias, nos pide que nos alineemos, nos obliga a hacer una elección.
El poder que Jesús viene a ejercer es el poder que está al servicio de la verdad. Que no se nutre a sí mismo, que no se da autobombo, que huye de la gloria y de la apariencia.

Preguntas impertinentes
Vaya clase de rey que nos ha tocado, amigos, un rey de opereta que entra en Jerusalén cabalgando en un pollino, y no un caballo blanco; un rey ultrajado y burlado por unos aburridos soldados romanos; un rey que suscita la compasión y el desprecio del intranquilo gobernador Pilatos. Vaya rey, sin ejército, sin poder, sin furia, sin delirios de omnipotencia.

domingo, 15 de noviembre de 2015

DOMINGO 33º DEL TIEMPO ORDINARIO (Ciclo B)


 Primera Lectura: Dn 12, 1-3
Salmo Responsorial: Sal 15
Segunda Lectura: Heb 10, 11-14.18
Evangelio: Mc 13, 24-32

Estamos a punto de concluir el año litúrgico; dentro de poco despediremos a Marcos y su evangelio para iniciar, junto con Lucas, un nuevo recorrido en preparación de la Navidad. Pero antes, Marcos nos invita todavía a una reflexión incómoda y comprometida.
En estos tiempos en que todos estamos ocupados en sobrevivir, la Iglesia se atreve a pedirnos ir más allá, a no pararnos a una visión pequeñita y autorreferencial de nuestra vida.
Hoy la Palabra de Dios nos orienta en una dirección difícil y comprometida, nos invita a mirar hacia adelante, hacia otro lugar y con otra mirada.

Crisis
La comunidad de Marco estaba en dificultad. En la década de los 60 del siglo I ayuda a comprender lo que dice el texto de este domingo.
- El año 61 hubo un gran terremoto en Asia Menor que destruyó doce ciudades en una sola noche
- El 63 hubo un terremoto en Pompeya y Herculano, distinto de la erupción del Vesubio el año 79.
- El 64 tuvo lugar el incendio de Roma, al parecer decidido por Nerón y del que culpó a los cristianos.
- El 66 se produce la rebelión de los judíos contra Roma; la guerra durará hasta el año 70 y terminará con el incendio del templo y de Jerusalén.
- El 68 hubo otro terremoto en Roma, poco antes de la muerte de Nerón.
- El 69, profunda crisis a la muerte de Nerón, con tres emperadores en un solo año (Otón, Vitelio y Vespasiano).
 En la mentalidad apocalíptica, terremotos, incendios, guerras, disensiones son signos indiscutibles de que el fin del mundo es inminente. El imperio romano atravesaba una crisis profunda, pareciendo estar en disolución. La situación era muy parecida a la que estamos viviendo, una situación de final de sistema, de transición de época. Algunos exegetas incluso creen que Marcos reabrió su obra, ya concluida, para insertar un capítulo nuevo, el decimotercero, redactado precisamente para alentar a los discípulos.
El lenguaje es el habitual en tiempo de Jesús, hecho de imágenes enigmáticas y de hipérboles, no para tomarlo al pie de la letra sino para ser interpretado correctamente. Es un mensaje de esperanza que no quiere asustar sino alentar: caerán las estrellas, es decir los astros venerados por las religiones paganas. La pequeña fe cristiana, en cambio, está protegida por su Señor y no tiene que nada temer.
¿Qué sucederá mañana? ¿Cómo va a acabar la Historia? ¿Qué será de nosotros?
Muchas predicaciones, más bien medievales, y películas de “serie B” nos representan el fin del mundo como un delirio de llamas y destrucción, como un juicio final hecho de calima y de miedo.
No es así. Nosotros creemos que Cristo, resucitado y ascendido al Padre, volverá en la plenitud de los tiempos, volverá para completar su Reino, las almas de nuestros difuntos retomarán los mismos cuerpos transfigurados y renacidos y eso será la plenitud. Entretanto – y esto es verdaderamente doloroso – el simpático de Dios nos ha confiado, a esta frágil Iglesia, la tarea de hacer crecer su Reino en esta tierra.

domingo, 8 de noviembre de 2015

DOMINGO 32º DEL TIEMPO ORDINARIO (Ciclo B)

Verdadera pobreza = dar con el corazón
Primera Lectura: 1 Re 17, 10-16
Salmo Responsorial: Sal 145
Segunda Lectura: Heb 9, 24-28
Evangelio: Mc 12, 38-44

Al fin del año litúrgico y del comentario del evangelio de Marcos, vamos encadenando una serie de páginas centrales, desconcertantes y urticantes, de cosas que sería tan bonito quitar de nuestro cristianismo “hecho a medida” y que, en cambio, nos son dadas como perlas preciosas, como ocasión para reemprender el camino de la fe.
 La invitación de Jesús, hoy, es un inquietante latigazo que nos deja pasmados: pocas veces, en los evangelios, expresa el Señor de manera tan directa su preocupación. Los discípulos – nosotros - pueden llegar a ser como los escribas, ésta es la preocupación del Maestro. Y tenía de qué preocuparse.

Escribas
Los escribas, en un principio, eran sencillamente personas que sabían leer y escribir, y que por tanto asumieron un papel importante para la transmisión de los documentos importantes. Luego, con la reforma del devoto rey Josías, unos siglos antes de Cristo, su importancia fue aumentando excesivamente, hasta ser ellos los que custodiaban la Ley, los que la interpretaban y los que juzgaban  si alguien la violaba.
Jesús los acusa sin contemplaciones y sin medias tintas.
Son vanidosos y hacen de su servicio una desmedida búsqueda de poder. Quieren vestir un uniforme para hacerse reconocer, quieren el respeto temeroso de los pobres ciudadanos, les gusta ser considerados como autoridad, están siempre presentes en los acontecimientos sociales, gozan de su posición y no perdonan la ocasión de mostrarse ostentosamente.
Pienso en la denuncia constante que el Papa Francisco hace del “carrerismo” de los clérigos dentro de la Iglesia. Buscar desaforadamente los primeros sitios, las vestimentas, los aplausos y las invitaciones oficiales, ejercen un maligno atractivo sobre muchos pastores que no se dan cuenta de que se han convertido en un espectáculo que aleja a tantas personas del evangelio y de la Iglesia. Son un grave contra testimonio.
Pero también en nuestro pequeño mundo podemos soñar con llegar a ser como los escribas buscando la visibilidad y el honor en lo que hacemos y decimos. Tenemos que juzgarnos de verdad a nosotros mismos con severidad.
  
Escribas y viudas
Los escribas devoraban los dineros de las viudas, hemos escuchado en el evangelio. Si la viudez ya representa un estado de gran dolor, de laceración interior, de trituración de los afectos, quedar viudas en tiempo de Jesús, era una verdadera tragedia.