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domingo, 8 de diciembre de 2013

DOMINGO II DE ADVIENTO (Ciclo A)

Primera Lectura: Is 11,1-10
Salmo Responsorial: Salmo 71
Segunda Lectura: Rom 15,4-9
Evangelio: Mt 3,1-12

Basta con ver un noticiario para caer en depresión (y no sólo económica): tensas luchas políticas intestinas, la crisis que se resiste a una solución estable, las diplomacias internacionales que hacen lo que pueden quedando siempre mal.
Si hubiera un Bautista en alguna parte –y los hay- todos acudirían a él para buscar un camino de salida, un camino que nos sacase del túnel, que nos diese esperanza.
Como el Papa Francisco que la semana pasada ha publicado su Exhortación Apostólica “La alegría el Evangelio”: una bocanada de esperanza y alegría para los miembros de una Iglesia amedrentada y triste. Un impulso para salir de un discreto cenáculo a una casa abierta y acogedora.
Sólo un párrafo como muestra: “Invito a cada cristiano, en cualquier lugar y situación en que se encuentre, a renovar ahora mismo su encuentro personal con Jesucristo o, al menos, a tomar la decisión de dejarse encontrar por Él, de intentarlo cada día sin descanso. No hay razón para que alguien piense que esta invitación no es para él, porque «nadie queda excluido de la alegría reportada por el Señor». Al que arriesga, el Señor no lo defrauda, y cuando alguien da un pequeño paso hacia Jesús, descubre que Él ya esperaba su llegada con los brazos abiertos. Éste es el momento para decirle a Jesucristo: «Señor, me he dejado engañar, de mil maneras escapé de tu amor, pero aquí estoy otra vez para renovar mi alianza contigo. Te necesito. Rescátame de nuevo, Señor, acéptame una vez más entre tus brazos redentores». ¡Nos hace tanto bien volver a Él cuando nos hemos perdido!”.
Como lo hacen hoy Isaías, Pablo o Juan Bautista en las lecturas que hemos escuchado.

En espera
Nos preparamos a la Navidad de 2013 para ser acogidos y no abandonados. Acogidos por la desconcertante noticia de un Dios que se hace hombre, de un Dios que arriesga todo convirtiéndose en un niño frágil e inerme.
Muchos cristianos se creen que lo son simplemente porque creen en la llegada a la historia del Señor Jesús;  ¡pero no hace falta ser cristianos para creerlo! Somos cristianos si deseamos, en la sencillez y en la pobreza del deseo, que Cristo nazca en nuestros corazones.
¡Venga, ánimo, los que buscáis a Dios, dejaros hechizar por Cristo, dejaros fascinar por su Palabra, ánimo!

Hombres y mujeres a lo largo de la Historia nos han anunciado la llegada de Cristo en gloria, y a nosotros nos queda acoger ese anuncio en la historia personal de cada uno.
Isaías, inmenso profeta, sueña con un mundo en el que el Mesías reconduce la armonía que hemos perdido por el camino. Pablo, al final de su recorrido de evangelizador, escribe a los cristianos de Roma invitándolos a tener viva la esperanza a partir del consuelo que nos viene de la escucha de la Escritura, escrita a propósito para nosotros.
Es cierto, la gran Historia está por encima y más allá de nuestra capacidad de comprensión. Pero en el camino hacia el absoluto de Dios, la Palabra y la Profecía nos ayudan a conservar la esperanza, mientras llega el Señor de la gloria.

El gran Bautista
María, bonita, jovencita quinceañera de Nazaret también nos enseñará a vivir en la fe, día a día. María nos sugiere estar listos, porque Dios viene cuando menos lo esperas, y además en lo escondido de un agujero del país como era Nazaret.
Hoy Juan Bautista nos sacude con palabras que abofetean, en vez de acariciar. El Bautista, con su vida, proclama la primacía de Dios sobre la Historia, nos vuelve a llamar a todos para que salgamos de una visión estereotipada e inmovilista de la fe y, así, nos encontremos con lo inaudito de Dios.
Personas destacadas y devotas como los fariseos son criticados duramente porque su gran fe está arruinada por un ritualismo y por un moralismo exagerado. Juan los confronta: no basta con hacer audaces gestos como recibir el Bautismo para convertirse, hace falta cambiar la mirada, la perspectiva, el pensamiento, las costumbres. Es una advertencia que va dirigida a quién, de entre nosotros, ya es discípulo: estamos llamados a preguntarnos continuamente por el riesgo que supone la costumbre de una fe rutinaria.
Hasta la más auténtica devoción puede ser una amenaza de superficialidad que vacía la fe del encuentro con Dios.

Objetivamente desafortunado
Juan es el último y el más desdichado de los profetas: amenaza venganza y castigos divinos, según el modelo de los grandes Profetas del pasado. Pero los tiempos han cambiado: las personas no se convierten con las amenazas o los sentidos de culpa, Dios decide de otra manera. ¡Juan amenaza con incendios y hogueras; en cambio Jesús llegará a desvelar que, al contrario, Dios no castiga sino que ama y perdona, y el Mesías no apaga la llama temblorosa ni parte la caña cascada!
El rostro de Dios que Jesús desvela en la Navidad es tan inaudito e inesperado que el mismo Juan no conseguirá reconocerlo, de tal modo que, inesperadamente, el hombre más grande de todos los tiempos tendrá aún que convertirse, al final de su vida vivida en austeridad y en penitencia.

Profecías
Todavía tenemos necesidad de profetas, y numerosos profetas habitan en nuestras ciudades grises. Personas con apariencia normal y que hasta saben hablar en nombre de Dios, saben leer el presente a la luz de la fe. Porque el profeta no predice el futuro (ese es el adivino) sino que nos ayuda a entender el presente. ¡Y sólo Dios sabe cuántos profetas necesitamos para lograr descubrir un recorrido de fe en la pesada vida cotidiana!
El Dios que anuncia el Bautista, el Dios que esperamos es el Dios que quema dentro, que barre con fuerza los temores, un Dios fuerte e impetuoso.  Un fuego que estalla quemando las lentitudes, devorando cada objeción, cada tiniebla, cada miedo. Juan reprocha: ¡no basta con ampararse en  la tradición ("tenemos a Abraham como padre!") o en una fe superficial, de fachada, de conciencia tibia ("dad frutos dignos de conversión"). El que viene pide un cambio real, una elección de vida, un posicionamiento.
Dios –haciéndose hombre- separa la luz de las tinieblas, obliga a acogerlo. O a rechazarlo.
Mientras que Dios esté sobre las nubes, mientras sea una divinidad huraña a la que invocar para pedir un milagro o para insultar porque el milagro no ha ocurrido, todo será un cuento. ¡Pero aquí hablamos de un Dios recién nacido!
Un Dios indefenso que tritura nuestras teorías aproximadas sobre la naturaleza divina, un Dios manso y frágil, que pide hospitalidad y no una vana devoción.
Estamos invitados a reconocer a los profetas a nuestro alrededor, estamos llamados a convertirnos en profetas.
No hay necesidad de vestir pieles de camello, sino de ser transparencia de Dios, dejar que el fuego que Jesús ha venido a encender estalle en la oscuridad de nuestra vida y dé luz a quienes nos encontremos en esta semana.
No hacen falta crucifijos al cuello o a “sancristóbales” sobre los salpicaderos para convertirse en profetas, basta con llevar la única noticia, que Mateo pone en boca del Bautista: "Entérate de que el Reino está aquí." Digámoselo a todos, amigos, Dios se ha acercado, se ha hecho encontradizo, conocible, presente, evidente.

Grande
¡Gran Juan, amigo del Señor, que nos sacudes de nuestras tibiezas, que pulverizas nuestras frágiles verdades, que ridiculizas nuestras adormecidas palabras, que juzgas nuestras vacías celebraciones!


Hermanos, éste es el tiempo verdadero para preparar el camino al Señor que viene, éste es el tiempo verdadero para posicionarnos y acoger a este Dios siempre inesperado, siempre diferente. Hagámoslo.