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domingo, 1 de febrero de 2015

DOMINGO 4º DEL TIEMPO ORDINARIO (Ciclo B)


Primera Lectura: Dt 18, 15-20
Salmo Responsorial: Salmo 94
Segunda Lectura: 1 Cor 7, 32-35
Evangelio: Mc 1, 21-28

Misterio y dolor
Hoy la Palabra de Dios nos habla de la sinagoga; de la Iglesia, podemos decir nosotros. Y es difícil hablar de la Iglesia, seamos honestos y no nos engañemos.  
Si todo y sólo fuera la teología, el evangelio, los santos, el misterio y su luz envolvente, todo sería más sencillo, resplandeciente, transparente.
Pero no es sólo así. Jesús, pensando en la Iglesia, imaginando una comunidad de hermanos que se pusieran al servicio de unos para otros, escogió  para ponerlas al frente a personas llenas de límites y de defectos. Y así, en la Iglesia, desde siempre convive este enredo misterioso y a veces insoportable de santidad y de pecado, de alas que nos elevan y de pesos que nos hunden, de luz y de sombra.
Santa y pecadora, casta meretriz, la Iglesia está formada por personas y por Dios mismo, está hecha con nuestros límites y con su benevolencia amorosa.
¡Cuánto deseamos que no fuera así! ¡Cómo quisiéramos que la Iglesia estuviera hecha de personas disponibles, coherentes, misericordiosas, que pensaran siempre con el evangelio en el corazón. Y, en cambio, no siempre es así.
En cada uno de nosotros habita toda la fuerza de la Palabra y la experiencia de Dios. Y, a la vez, la contradicción de nuestras limitaciones y cansancios.
Quizás el Señor nos permite vivir en esta situación de tensión interior, de anhelo, de deseo de santidad. Tal vez vueltos todos hacia él, en la nostalgia infinita de su presencia, podríamos enorgullecernos por la experiencia de la luz divina, pero en ese momento tropezaríamos con nuestra mezquina, pequeña y dolorosa incoherencia.
Pero hermanos, en esta Iglesia, a veces severa e incomprensible, es donde hemos recibido a Cristo.
Ciertamente, algunas cosas de la Iglesia no nos agradan, ni nosotros agradamos a la Iglesia. ¿Pero podemos renegar a nuestra madre sólo porque la ropa que lleva la envejece?

Convertir a la Iglesia
Marcos inicia su narración con un hecho desconcertante: la liberación de un endemoniado. Dentro de la sinagoga. No fuera, ni cerca: dentro.
Es como si Marcos dijera: el primer anuncio qué debemos y podemos hacer, la primera liberación que tenemos que hacer está dentro de la comunidad, está dentro de la Iglesia.
Antes de mirar afuera, al mundo hostil y oscuro, hace falta tener el coraje de liberar de cualquier tiniebla en nuestras comunidades. Liberarlas de la peor de las herejías de nuestro milenio apenas estrenado, es decir: conformarse con una fe que sólo es exterioridad, costumbre, cultura, conservación a ultranza, mantenimiento del “siempre se hizo así”. Liberarlas de una fe que no tiene nada que ver con la vida.

¿Qué tienes que ver tú con nosotros, Nazareno?
El endemoniado del evangelio es símbolo de todas las objeciones que, en definitiva, nos impiden volver a ser creyentes. Habita en la sinagoga – en la iglesia - participa en la oración, profesa su fe.
Marcos, con descaro y franqueza, como un digno profeta, amonesta a la comunidad que lee su Evangelio: el primer exorcismo que Jesús ejerce está en la comunidad, entre los hermanos.

Los peligros no están “fuera”, sino “dentro” de nosotros, dentro de las opciones que vamos haciendo cada día es donde vivimos las contradicciones de la fe, dentro de nuestras comunidades es donde habita la lógica tenebrosa de la división.
La afirmación del creyente endemoniado es terrible: ¡Qué tienes que ver tú con nosotros, has venido para arruinarnos!
Es demoníaca una fe que mantiene a Dios lejos de la vida cotidiana y que lo relega al ámbito de lo sagrado, una fe que sonríe benévolamente ante las piadosas exhortaciones, sin bajarlas a la dura realidad de cada día.
Es demoníaca una fe que ve en Dios a un competidor y que contrapone el pleno éxito en la vida a la fe. ¡Cuánta gente piensa que si Dios existe yo estaré castrado y no podré realizar mis deseos!
Es demoníaca una fe que se queda sólo en palabras sin adherirse a ella de corazón: el endemoniado reconoce en Jesús al santo de Dios, pero no se adhiere a su evangelio.
Estos son tres riesgos concretos y medibles para nosotros discípulos que frecuentemos la iglesia:
- profesar la fe en un Dios que no tiene qué ver con nuestra vida
- ver en Dios un adversario del que hay que defenderse
- escuchar únicamente la voz de Dios, sin pasarla a la acción.


"¿Qué tienes que ver con nosotros?"
El riesgo, presente y extendido en la Iglesia de nuestro siglo en occidente, - que cree creer, saciado y aburrido -, es tener una fe que queda cerrada en el precioso círculo de lo sagrado, una fe hecha de sagrados formalismos y de tradiciones, que pero no logra incidir, ni cambiar la mentalidad y el destino del mundo.
Una fe que no cambia la vida, las relaciones económicas, la política, la justicia, es una fe fingidamente cristiana.
No basta con creer: también el demonio cree, también él sabe bien quien es Jesús y, precisamente por eso, sabe que el Señor ha venido para destruir las tinieblas que, prepotentes, habitan nuestro mundo.

Este es el desafío que la Señor lanza a su Iglesia: volver a ser de verdad creyentes, llegar por fin a ser sus discípulos y seguirle en la vida de cada día. Que así sea.