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domingo, 12 de julio de 2015

DOMINGO 15º DEL TIEMPO ORDINARIO (Ciclo B)


 Primera lectura: Am 7, 12-15
Salmo Responsorial: Salmo 84
Segunda lectura: Ef 1, 3-14
Evangelio: Mc 6, 7-13


El precioso tesoro del Reino de Dios es confiado a nuestras frágiles manos, como en macetas de barro. Y esto todavía suscita asombro como el asombro de la incredulidad de los conciudadanos de Jesús que no reconocían en el hijo de José al mesías esperado y el asombro del Maestro ante de la dureza de los suyos y de nuestros corazones.
Como Amós, cada uno de nosotros hemos sido arrancados de la cotidianidad para convertirnos en profetas, para contraponernos a los profetas de corte, como Amasías, pagado para aplaudir las acciones del rey Jeroboam.
Como a los discípulos, Jesús nos manda a todos nosotros a prepararle el camino, a anunciar el evangelio. Somos enviados a preparar la llegada del Señor, no a reemplazarlo, sino a testimoniar su presencia a partir de nuestra experiencia cristiana.
La Iglesia es, siempre y sólo, preparación al encuentro con Dios, la Iglesia está en un total servicio del Reino: lo acoge y lo realiza en lo que puede. El Papa Francisco, al llegar al aeropuerto de Quito esta semana, en pocas y medidas palabras, quiso comenzar su viaje sudamericano, sugiriendo a todos cuál es la naturaleza propia de la Iglesia, y cómo le conviene actuar: “Nosotros, los cristianos, identificamos a Jesucristo con el sol, y a la luna con la Iglesia, y la luna no tiene luz propia; y si la luna se esconde del sol, se vuelve oscura; el sol es Jesucristo, y si la Iglesia se aparta o se esconde de Jesucristo se vuelve oscura y no da testimonio. Que en estos días se nos haga más evidente a todos nosotros la cercanía del ‘sol que nace desde lo alto’, y que seamos reflejo de su luz, de su amor”.
No somos enviados a vender un producto, sino a anunciar y a suscitar nuestra salvación y la de los que nos rodean. Viendo que vivimos como salvados, los hombres y mujeres que busquen respuestas y esperanza se interrogarán y nos pedirán la razón de la esperanza que está en nosotros.

Comunión
Marcos en el evangelio escuchado, pone las condiciones para el anuncio, una síntesis para recordar a los discípulos cuál es el estilo con que son llamados a anunciar el Reino.
Los discípulos son enviados de dos en dos a anunciar el Reino. No existen navegantes solitarios entre los creyentes, nos jugamos toda la credibilidad del anuncio en el desafío de poder construir comunidad.
Jesús prefiere el fatigoso recorrido del compartir, de la comunión de los ánimos, al de un gurú solitario por más genial que sea; es el amor que nos tengamos entre nosotros lo que va a hacer el anuncio, no una dialéctica espectacular.
Hablar de la comunidad en términos abstractos es muy bonito y poético;  vivir en la propia comunidad, la concreta, con aquel miembro del grupo, con aquellos curas, con aquel vecino, ya es otro asunto. Las mezquindades que todavía emergen en los ambientes vaticanos y eclesiales, que el Papa Francisco quiere sanear, nos recuerdan que es la comunión la que va a dar testimonio de la verdad de nuestras palabras. No, no nos escandalicemos de las maniobras vaticanas, hasta que no logremos superar las de mi comunidad, de mi parroquia o de mi casa.
Jesús apuesta por la convivencia, hecha de amor al Evangelio, Jesús pone en aquél ir “de dos en dos” de los discípulos la condición prioritaria para la veracidad del anuncio.
Por encima de las simpatías y de los caracteres de cada uno, Jesús nos invita a ir a lo esencial, a no detenernos ante las sensaciones a flor de piel, a creer que el testimonio de la comunión es el que, a pesar de nosotros, puede abrir de verdad los corazones.
La Iglesia no es el club de la buena gente, no somos nosotros los que hemos elegido, es Jesús el que nos ha elegido para tener poder sobre los espíritus inmundos. La Palabra que profesamos y vivimos expulsa la inmundicia de los corazones, ilumina la parte tenebrosa que nos habita.
Hacer comunión pone un límite a las sombras que habitan en cada uno de nosotros: sin eliminarlas, la luz que trae el evangelio las ilumina y, de ese modo, nos hace a nosotros luminosos, los unos para los otros.

Esencialidad
Jesús pide a los suyos que sean auténticos, porque la Iglesia no es una empresa que estudia estrategias ni técnicas de mercado, adaptadas a las necesidades de la población; no es una multinacional de lo sagrado que busca mantener el poder. La Iglesia vive en relación con, y en función de, su Maestro y Señor, atenta en ocuparse de la tarea que le ha sido confiada: construir el Reino de Dios, a la espera de la vuelta del Resucitado.
La organización que se ha venido creando en estos siglos de historia está en función del anuncio del Reino, y para eso tiene que servir. Y si no es así debe ser abandonada y buscar otra que sirva a ese anuncio. Habréis oído aquel dicho: “una Iglesia que no sirve, no sirve para nada”. Es lo que, con palabras de hoy, el Papa Francisco llama la “Iglesia autorreferencial”, a la que hay que combatir, porque “cuando la Iglesia no sale de sí misma para evangelizar, sin darse cuenta, cree que tiene luz propia, se hace autorreferencial y entonces se enferma”.
La historia nos enseña que, demasiadas veces, los compromisos y apaños, pactados por la Iglesia para auto-defenderse, han sido la muerte del anuncio del Evangelio de Jesús.
Cómo Amós, como Jesús, estamos llamados a ser libres. Libres de las estructuras y del pasado. Lo que falta a nuestra Iglesia occidental y de primer mundo, triste y preocupada, es soñar el futuro, la capacidad de atreverse a proyectar el futuro del Reino.
El cristianismo lleva en si una escandalosa fragilidad (los cristianos somos frágiles) que testimonia la fuerza de Dios. A pesar de todas las limitaciones, Dios actúa en nuestras pobrezas, en nuestras fragilidades…, eso sí, si dejamos de ser auto-referenciales y salimos a vivir y anunciar el Evangelio.

Vivir
La última indicación de Jesús en el evangelio de hoy se refiere a permanecer unidos y a compartir.
El cristiano no es alguien apartado, especial, sino que vive las mismas alegrías y los mismos dolores de cualquier persona. Únicamente, que estamos habitados en el corazón por una esperanza incorruptible. El cristiano es ante todo una persona de una humanidad plena y desbordante, inquieta y profunda.
Jesús pide a los discípulos estar en el mundo, vivir con la gente, pertenecer a este mundo, fecundándolo y haciéndolo crecer como hace la levadura con la masa.
¿Qué tenemos que anunciar? En el evangelio de Marcos, antes de la resurrección, los discípulos son llamados a invitar a la conversión. El Señor necesita que nosotros, los primeros, pasemos por el crisol de la pasión, muerte y resurrección de Jesús, antes de poder comunicar la plenitud del Evangelio.
Hasta a entonces, podemos invitar a conversión, convirtiendo nuestros corazones, es decir dirigiéndolos obstinadamente hacia la Palabra del Dios. En ella está contenido el Reino, ella nos entrega el anuncio que debemos hacer: dejémosla emerger en nuestras comunidades, en nuestras asociaciones, en nuestras actividades, y preguntémonos con sencillez cómo el Señor nos pide simplemente que vivamos.


¿Quién mire a la Iglesia, a través de nosotros y de nuestras comunidades, encontrarán de verdad el evangelio? A partir de esta pregunta repensemos nuestra fe, nuestra evangelización y nuestra postura en la Iglesia.