Hoy la
liturgia nos presenta la Fiesta de la Familia. No de una familia idealizada,
sino de la familia real y concreta - la que cada uno de nosotros tiene, ha
formado o anhela formar. En estos tiempos convulsos, esta celebración puede
parecer casi provocadora, elevándose por encima de nuestras controversias
sociales y políticas, pero precisamente por ello infunde nueva vida a nuestra
cotidianidad y da densidad a esta Navidad que el mundo ha vaciado tanto de
contenido.
Queramos
reconocerlo o no, la familia permanece en el centro de nuestra existencia. Es
el núcleo vital de nuestra educación, y aunque a veces sea fuente de dolor y
desilusiones, por la gracia de Dios también nos trae inmensas alegrías.
¡Qué
maravilloso misterio que Dios mismo haya querido vivir la experiencia familiar!
Y aún más, qué significativo es que eligiera una familia tan complicada y llena
de dificultades. Algunos podrían sorprenderse de que la Iglesia proponga como
modelo esta familia tan peculiar - con una pareja que vive en castidad, un hijo
que es el Verbo Encarnado, y unos padres que deben huir por la notoriedad de
aquel recién nacido.
Pero no es en
estas circunstancias extraordinarias donde queremos imitar a María y José, sino
en su fidelidad como pareja cuyas vidas fueron transformadas por la acción de
Dios y las circunstancias humanas. En su capacidad de entregarse completamente,
sin condiciones ni angustias, a un plan divino que los sobrepasaba.
Contemplemos
a María estrechando contra su pecho al Niño Jesús, sintiendo su calor y su
fragancia. Veamos a José, más sereno ahora después del agitado nacimiento lejos
del hogar. Después de aquella noche extraordinaria llena de señales divinas, el
joven carpintero mira el futuro con renovada confianza. Ya han presentado al
Niño en el Templo, como mandaba la Ley, donde el anciano Simeón lo tomó en sus
brazos y profetizó sobre Él. Tras el doloroso exilio en Egipto, la Sagrada
Familia regresa a Nazaret, donde Jesús crece.
Y es en Jerusalén donde, como nos narra el Evangelio de hoy, el adolescente Jesús se separa de sus padres para dialogar con los doctores de la Ley. ¡Qué consuelo para los padres de hoy ver que hasta María y José experimentaron las dificultades de la adolescencia!
Dura realidad
Podríamos llenar páginas enteras narrando las vicisitudes de la familia de Nazaret. Pero a veces, envueltos en la emoción navideña, corremos el riesgo de olvidar el peso real que María y José, como toda familia, tuvieron que sobrellevar.













