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viernes, 7 de septiembre de 2012

EL SUEÑO DEL CARDENAL MARTINI


Me  viene a la mente aquel sueño de una  Iglesia capaz de ser fermento de la sociedad y que expresé el 10 de febrero de 1981, a un año de mi entrada en la Diócesis, y que continúa inspirándome: 
  
- una Iglesia plenamente sumisa a la Palabra de Dios, nutrida y liberada por esta Palabra 
- una Iglesia que pone la eucaristía en el centro de su vida, que contempla a su Señor, que cumple todo lo que hace "en memoria de Él” y teniendo por modelo Su capacidad de darse; 
- una Iglesia que no teme utilizar estructuras y medios humanos, pero que sirve de ellos y no se vuelve sierva de ellos; 
- una Iglesia que desea hablar al mundo de hoy, a la cultura, a las diversas civilizaciones, con la palabra sencilla del Evangelio; 
- una Iglesia que habla más con los hechos que con las palabras; que no dice sino palabras que parten de los hechos y se apoyan a los hechos; 
- una Iglesia atenta a los signos de la presencia del Espíritu en nuestro tiempo, en cualquier sitio que se manifiesten; 
- una Iglesia consciente del difícil y arduo camino de mucha gente hoy, de los sufrimientos casi insoportables de gran parte de la humanidad, sinceramente partícipe de las penas de todos y deseosa de consolar; 
- una Iglesia que lleva la palabra liberadora y alentadora del evangelio a los que son cargados por pesados fardos; 
- una Iglesia capaz de descubrir a los nuevos pobres y no tan preocupada de equivocarse en el esfuerzo de ayudarlos de modo creativo; 
- una Iglesia que no privilegia a ninguna categoría, ni antigua ni nueva, que acoge igualmente a jóvenes y ancianos, que educa y forma todos los sus hijos en la fe y en la caridad y desea dar valor a todos los servicios y ministerios en la unidad de la comunión; 
- una Iglesia humilde de corazón, unida y compacta en su disciplina, en la que sólo Dios tiene el primado; 
- una Iglesia que practica un paciente discernimiento, valorando con objetividad y realismo su relación con el mundo, con la sociedad de hoy; que empuja a la participación activa y a la presencia responsable, con respeto y deferencia por las instituciones, pero que recuerda bien la palabra de Pedro: "Es mejor obedecer a Dios que a los hombres", (Hech. 4,19). 
  
(Carlo Maria Martini, del Discurso en la fiesta de S. Ambrosio, Milán, el 6 de diciembre de 1996)