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domingo, 31 de agosto de 2014

DOMINGO XXII del TIEMPO ORDINARIO (Ciclo A)

Primera lectura: Jer 20, 7-9
Salmo Responsorial: Salmo 62
Segunda lectura: Rom 12, 1-2
Evangelio: Mt 16, 21-27

            ¡Pobre Pedro! La de problemas que tuvo, y no sólo por declarar que el carpintero de Nazaret era el Mesías esperado por Israel.
            Jesús era demasiado diferente en su manera de servir al Reino, demasiado audaz en su predicación, su idea de Dios era demasiado innovadora para poder identificarlo con un nuevo y glorioso rey David que restauraría la pasada gloria de Israel y al que todo el mundo estaba esperando!
            Pedro había reconocido a Jesús como el Cristo y Jesús lo reconoce a él como piedra para construir, como una piedra viva fundada sobre la fe, la piedra que sustentaría a otros hermanos en la fe.
            Ahora, sin embargo, Pedro se ha convertido en una piedra de tropiezo, en una roca de escándalo. ¡Qué desastre!

Otro Mesías
            Una vez que Pedro reconoció a Jesús como Mesías, éste le explica que ser Mesís significa vivir sin gloria, sin poder, sin componendas. Y Jesús dice que está dispuesto a llegar hasta el final en la elección que ha hecho, que está dispuesto a morir antes que renegar de su rostro de Dios, y lo hará.
            Los discípulos quedan atónitos: hacía poco tiempo habían estado hablando  de quién tendría un cargo en el nuevo reino y Jesús ahora habla del dolor y de la muerte.
            Pedro lo lleva aparte y le ruega que cambie el lenguaje para no desalentar la moral de las tropas. Él, también, como nosotros hacemos con frecuencia,  queremos enseñar a Dios  cómo ser Dios.
            Y Jesús responde con dureza: Pedro, le dice y nos dice, cambia de mentalidad conviértete en un discípulo.