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domingo, 7 de junio de 2015

SOLEMNIDAD DEL CUERPO Y LA SANGRE DE CRISTO (Ciclo B)


Primera lectura: Ex 24, 3-8
Salmo Responsorial: Salmo 115
Segunda lectura: Heb 9, 11-15
Evangelio: Mc 14, 12-16.22-26

Hemos escuchado en el evangelio que el Maestro dice: “¿Dónde está la habitación en que voy a comer la Pascua con mis discípulos?”. Y lo dice cuando está a punto de ser detenido y ejecutado. Los suyos no lo saben, no se enteran: están demasiado concentrados en ellos mismos para poder ver lo que está a punto de suceder.
Jesús, en cambio, tiene plena conciencia de que todo está tocando a su fin y de que está a punto de realizar el más grande regalo, el don de su misma vida.
¿Valdrá eso para algo? ¿Llegaremos a entender que Dios nos ama libremente y sin condiciones? ¿Sabremos rendirnos, por fin, a la evidencia de un Dios que se entrega a nuestras manos por amor?
Estaba cerca la celebración de la Pascua y Jesús sabe que no podrá celebrarla con sus discípulos. Por eso decide adelantarla y busca la hospitalidad de un desconocido que pasaba por allí.
En aquella habitación preparada en el primer piso de una casa, dominando la ciudad sobre el monte Sión, frente al Templo, Jesús está a punto de despedirse de sus discípulos, haciéndoles el regalo más grande que les puede dar:  su presencia eterna.
Ni siquiera sabemos el nombre del fulano que acababa de sacar agua del pozo y que cruzaba la ciudad, al que los discípulos del Nazareno siguieron para pedir al propietario de aquella casa una habitación donde celebrar la Pascua. Tampoco sabemos el nombre del propietario.
Jesús, en cambio, considera suya aquella habitación. Suya porque permanecerá en ella para siempre. Suya porque quién acoge al Maestro, aún sin saberlo, sin ser consciente de ello, verá transformada su vida para siempre.
“¿Dónde está la habitación en que voy a comer la Pascua con mis discípulos?”

Tibiezas
He celebrado miles de misas en mi vida y el Señor misericordioso, me ha dado muchas alegrías en la vida. Uno de ellas es el poder conocer muchas comunidades, esparcidas por varias partes del mundo y poder orar con ellos. He participado en asambleas de comunidades vivarachas, atrevidas, en vigilias de intensa oración, en eucaristías llenas de alegría y emoción… pero raramente.
Es más frecuente la participación en misas flojas, tibias, despistadas, apagadas y, a veces, exasperantes.
¡Muchas veces me he encontrado con personas que, muy cercanas al Señor, que se han convertidos a la escucha de la Palabra, tienen dificultad para nutrir su fe y su espíritu en muchas ciudades, llenas de iglesias, sí, pero pobres de fe!

¡Muchas veces he visto con dolor, en vacaciones, la participación en celebraciones apañadas, con prisas y sin oración ni recogimiento! Sólo por cumplimiento.
Pero el Señor no desprecia a nadie sino que se adapta. En el momento más agobiante de su vida ha querido tener consigo a sus pobres doce apóstoles. Pobres y frágiles como nosotros, inestables y extraños como nosotros.
Jesús elige hacer “suyas” también esas habitaciones.
“¿Dónde está la habitación en que voy a comer la Pascua con mis discípulos?”

Poca fe
Hoy celebramos el Misterio de la presencia real, concreta, actual y  salvadora de Cristo en la eucaristía: el Maestro se hace accesible, cercano, se hace pan para el camino, pan partido y pan comido, se convierte en comida para el hombre exhausto.
¿Qué pasa? ¿Por qué no descubrimos esta realidad salvadora de nuestras vidas? El problema es sencillo. En primer lugar separamos el sacramento de la eucaristía del sacramento de la caridad: celebramos y no amamos. En segundo lugar, nuestra fe es pequeña y, a veces, la dejamos ahí en reserva, congelada para cuando estemos a punto de morir... por si acaso.
Y entonces, convertimos a la eucaristía en un peso, en una fatiga o en algo incomprensible que hay que cumplir.
Pero si creemos que el Señor está presente, más allá de la pobreza del lugar y de las personas, todo cambia. La eucaristía se convertirá en el centro de nuestra semana, la Palabra celebrada la recordaremos en el día a día.
Y el encuentro con Cristo eucaristía, cambiará inexorablemente nuestro modo de vivir, de pensar y de amar. Sobre todo de amar. Por eso hoy la Iglesia celebra el Día de la Caridad, para que en nuestro modo de amor cristiano no disociemos el amor que recibimos de Dios y el amor que damos a los demás. Esa es la principal incoherencia de nuestra vida cristiana.
Mirad la crítica a esta actitud que ya, en el siglo IV, hacía el gran padre de la Iglesia San Juan Crisóstomo: “Has gustado la sangre del Señor y no reconoces a tu hermano. Deshonras esta mesa no juzgando digno de compartir tu alimento al que ha sido juzgado digno de compartir tu alimento, al que ha sido juzgado digno de participar en ella. Dios te ha liberado de todos los pecados y te ha invitado a ella. Y tú, aun así, no te has hecho más misericordioso”.

A pesar de todo
La verdad es que, a pesar de todo, participamos con constancia y fuerza en nuestras celebraciones, aunque a veces sean muy diluidas.
Es verdad que hay gente que hace el bien sin necesidad de ir a misa. Pero para mí, cristiano, el bien deriva del encuentro con Cristo.
Es verdad que la oración puede ser algo personal. Pero el encuentro con la comunidad nos hace ser y sentir Iglesia.
Es verdad que no todas las homilías brillan por lo actual y concreto. Pero lo que está en el centro es la Palabra de Dios, y no tanto su explicación.
Es verdad que el domingo es el día del descanso. Pero el descanso es más cosa del corazón, y no sólo del sueño y el relax.

Testigos
En Abitene, localidad en lo que hoy es Túnez, el año 304, fueron torturados y martirizados 49 cristianos por desobedecer al emperador romano Diocleciano, que había prohibido a los cristianos poseer las Escrituras, reunirse el domingo para celebrar la eucaristía y construir lugares para sus asambleas. Siendo sorprendidos celebrando la liturgia el domingo, uno de los cristianos, en el interrogatorio, explicó el sentido de su desafío al mandato del emperador: «Sin el domingo no podemos vivir».
Cuando un asombrado procurador romano quiso salvarlos de la pena de muerte invitándolos a no reunirse el domingo, los mártires respondieron: “No podemos dejar de participar en la eucaristía”. ¡Dios mío! ¡Cuánta distancia nos separa de aquello… y no sólo en el tiempo!


Ánimo, entonces, que el Señor nos pide que nos pongamos manos a la obra y nos pregunta: “¿Dónde está la habitación en que voy a comer la Pascua con mis discípulos?”