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domingo, 22 de noviembre de 2015

SOLEMNIDAD DE CRISTO REY Domingo 34º del Tiempo Ordinario (Ciclo B)


Primera Lectura: Dn 7, 13-14
Salmo Responsorial: Salmo 92
Segunda Lectura: Ap 1, 5-8
Evangelio: Jn 18, 33-37


Nuestro año litúrgico termina con una no-fiesta, una fiesta de apariencia solemne, que habla de un rey, que habla de triunfos, que desempolva tal vez  los antiguos lujos de una iglesia militante en permanente choque con el poder mundano – recordar la doctrina de las dos espadas, la del Papa y la del Emperador, en los primeros siglos de la cristiandad -, un poder a veces secretamente deseado, a veces confrontado, que imagina muy ingenuamente, la victoria definitiva de Cristo en esta tierra, más bien como ambición que como realidad.
Una fiesta que vuelve a invocar una improbable soberanía de Cristo, como un happy end, un final feliz  que necesitamos absolutamente para fijarnos en el año que está pasando y relanzar el año que está por venir.
Pero al leer el evangelio uno se queda desconcertado, como es natural.

Poderes
Hay dos poderes en confrontación: el de la Roma imperial y de su representante, el procurador Poncio Pilatos, y aquel desventurado y ridículo carpintero de Nazaret que se hace pasar por Dios.
El gran Juan, en la obra maestra del diálogo entre Jesús y Pilatos, pone en escena una verdadera representación teatral: Pilatos se cree fuerte, cree tener bien agarrado a ese fantoche y lo desprecia, a él y todos los judíos que le obligan a usar mano de hierro y que, según nos cuenta la historia, se estaban volviendo la piedra de tropiezo en su carrera hacia el Senado.
Pilatos se divierte tomando el pelo a ese pobre carpintero que también ha perdido el apoyo de sus superiores religiosos. Bromea, lo escarnece, le propone un diálogo aparentemente justo, finge justicia y equidad.
El poder a menudo se convierte en una farsa y una burla, que sólo se defiende a sí mismo y se enfrenta a quien lo obstaculiza.
Los saduceos y los sacerdotes del templo tienen que pedir permiso al odiado Pilatos, que detenta el ius gladii, el derecho de muerte, para deshacerse de aquel embarazoso Nazareno.
El Sanedrín quiere matar a Jesús pero no puede. Pilatos quiere salvar a Jesús para humillar al Sanedrín pero no puede. Ambos terminarán haciendo lo que no quieren. Las componendas, el miedo y el cálculo los hacen convertirse en títeres de sus propias ambiciones.
Pilatos, durante todo el diálogo con Jesús, sólo hace preguntas. No se cuestiona, sólo pregunta. Y, además, no escucha las respuestas.

Tú lo dices
“¿Eres rey?”  - “Tú lo dices”, responde Jesús a Pilatos.
“¿Eres el Hijo de Dios Altísimo?”  - “Tú lo dices”, responde  Jesús al Sumo Sacerdote en otro lugar.
“Tú lo dices”: somos libres de creer o no, Dios no se impone, nunca.
Más aún, la apariencia engaña: este hombre derrotado no se parece en nada a un rey, y mucho menos a un Dios. Esto siempre será así:  nuestro Dios se esconde, nos deja libres, remueve nuestras conciencias, nos pide que nos alineemos, nos obliga a hacer una elección.
El poder que Jesús viene a ejercer es el poder que está al servicio de la verdad. Que no se nutre a sí mismo, que no se da autobombo, que huye de la gloria y de la apariencia.

Preguntas impertinentes
Vaya clase de rey que nos ha tocado, amigos, un rey de opereta que entra en Jerusalén cabalgando en un pollino, y no un caballo blanco; un rey ultrajado y burlado por unos aburridos soldados romanos; un rey que suscita la compasión y el desprecio del intranquilo gobernador Pilatos. Vaya rey, sin ejército, sin poder, sin furia, sin delirios de omnipotencia.

Y así enseguida nuestro entusiasmo se apaga, y se ponen en su sitio nuestros sueños ocultos de una abrumadora victoria del bien sobre el mal. No, no va a ser así ahora ni nunca, porque Dios ha elegido estar de parte de los derrotados, de los olvidados; él ciertamente es rey, pero de los perdedores, un rey sin nada, un rey sin triunfos, un rey sin final feliz de comedia americana.
Un rey desnudo, colgado de una cruz, como trono brutal, y ceñido por una corona de espinas; un rey tan desfigurado que es necesario un cartel que lo identifique, que lo haga reconocible al menos a las personas que lo han querido.
Ésta es la no-fiesta que celebramos, la que abandona los triunfalismos para dejar espacio a la meditación, al estupor. Éste es nuestro rey, discípulos de Jesús de Nazaret.
¿Queremos de verdad un Dios  así? ¿Un Dios que arriesga, un Dios que - por amor  -  acepta hacerse barrer por el odio y la violencia? ¿Queremos de verdad un Dios que lo arriesga todo, incluso ser olvidado para siempre, con tal que mostrar su verdadero rostro? ¿Un Dios que acepta quedar desnudo, es decir entendible, encontradizo, mostrado, patente, evidente para que las personas dejen ya de fabricar absurdas devociones y oscuras visiones de Dios?
Éste es nuestro Dios, un Dios amante, un Dios herido, un Dios que hace del amor la única medida, la última razón, la única esperanza.

Discípulos del no-rey
Si somos discípulos de este Dios, haremos bien en fijarnos a menudo en esa cruz que es signo universal del amor, no un amor partidista y sectario, no un amor signo de una pertenencia religiosa, sino la medida del amor, el modelo de la donación y la entrega. Si somos discípulos de este rey, no podremos soportar que en nuestras actitudes haya sombras de dominio, de desentones, de fracturas en nuestras relaciones.
Si somos discípulos, el poder, tanto en la Iglesia como  entre nosotros y con las demás personas, será siempre y sólo servicio; y el último juicio, en la moral, en la praxis de nuestro ser cristianos, será siempre y sólo el amor. Si somos discípulos del Señor, sabemos que la Historia acabará bien, acabará en luz, acabará en los brazos del Maestro, y esta Historia la queremos leer y construir en los pliegues de nuestras pequeñas e infinitas historias, la queremos tomar como medida para juzgar las cosas y las personas.
Si somos discípulos de Cristo, tenemos confianza porque hemos experimentado en piel propia la medida colmada de su amor devastador y regenerador, fecundo y lleno de luz. Si somos discípulos estamos llamados a construir sucursales del Reino, lugares donde la diversidad es riqueza y el amor la única ley. Sí amigos, el amor la única ley. Sin ingenuidad, sin rebajas, sin miedos, el amor se convierte en la medida de nuestro ser, en medida de nuestras opciones de cada día, en las opciones del nuestro vivir agitado.
Al cerrar este año litúrgico, agradecemos a nuestro hermano Marcos, el discípulo de Pedro, por las bonitas cosas que nos ha hecho vivir domingo tras domingo, le damos gracias por transmitirnos el rostro sencillo e inmediato de Jesús que experimentó el rudo pescador de Cafarnaúm.
El próximo domingo nos encontraremos con Lucas, el escritor de la mansedumbre de Cristo.

Que cada día nos conformemos más con Él.