Traducir

Buscar este blog

domingo, 24 de abril de 2016

DOMINGO 5º DE PASCUA (Ciclo C)


Primera Lectura: Hch 14, 21-27
Salmo Responsorial: Salmo 144
Segunda Lectura: Ap 21, 1-5
Evangelio: Jn 13, 31.33-35


Jesús acaba de decir a los suyos que uno de ellos está a punto de entregarlo. Y, claro, el Maestro está aturdido. Ahora que está a punto de cumplirse la hora, siente en su corazón todo el peso del inmenso gesto que está a punto de realizar. Los apóstoles se miran unos a otros, pensando que el traidor se encuentra frente a ellos cuando, en realidad, el traidor está dentro de cada uno de ellos. Dentro de cada uno de nosotros.
Juan, el evangelista, reclina la cabeza sobre el pecho de Jesús y le pregunta: “¿Quién es, Señor?”
Jesús moja el pan y se lo ofrece a Judas que lo come y se vuelve duro y distante.
En el pueblo de Israel, dar el pan era la más bella señal de acogida, pero Judas lo interpreta como una ofensa. Como sucede cuando un gesto nuestro, cargado de cariño, es tomado dramáticamente como todo lo contrario. Jesús, en cambio, está desvelando a Judas que él es el discípulo más querido; quisiera apretarlo contra su propio pecho para que sintiese la medida del amor.
Judas queda impactado y sale del cenáculo en la oscuridad. Son las tinieblas las que ahora le invaden. Pero lleva consigo, en su corazón, el pan, la eucaristía.
Jesús, al contrario, casi no se ha asomado aún a las tinieblas, pero la luz romperá la oscuridad más espesa.

La glorificación
Jesús insiste y exagera: ahora – dice - he sido glorificado. Ahora que Judas está yendo a traicionarlo, ahora que su corazón es tenebroso y hostil, Dios podrá manifestar cuanto lo ama. En la traición de Judas podemos ver la medida del amor de Jesús.
Judas se perdió, pero el Señor ¿no ha venido precisamente a salvar quién estaba perdido? ¿No es justamente la perdición el lugar teológico de la salvación? ¿No estamos salvados nosotros precisamente porque, antes, nos habíamos extraviado?
Por medio de Judas, Jesús podrá demostrar que no hay medida alguna en el amor incondicional de Dios.
Todos nosotros, cuando tomamos conciencia de nosotros mismos nos preguntamos: ¿estoy perdido o estoy salvado? Jesús nos contesta: estabas perdido y has sido salvado.
Ni los apóstoles ni nosotros entendemos esto, como tampoco hemos entendido el gesto del lavatorio de los pies.
Pedro dirá poco después que está dispuesto a dar la vida por Jesús. Pero un gallo cantará recordando a Pedro sus límites. Y Jesús le recordará que es él quien va a dar la vida por sus discípulos.
Pedro no tiene que morir por el Señor, sino morir con él. Todo lo que puede hacer un discípulo – todo lo que podemos hacer nosotros - es imitar al Maestro, no reemplazarlo.
Todos dicen, a nuestro alrededor, que la gloria consiste en el éxito y en el aplauso. Jesús, en el momento más desastroso de su vida, afirma que está en la cima de su glorificación.  La gloria es poder demostrar el propio amor.
Poco importa si llegamos a ser premios Nobel o grandes personajes, padres espléndidos o grandes santos. Lo que importa es cuánto hemos amado, o deseado amar. Esa es la verdadera gloria, la gloria que el mundo no conoce. La gloria que nadie nos puede quitar.
¿Y si, en vez de pasar la vida mendigando un aplauso, empezásemos a querer amar?

domingo, 17 de abril de 2016

DOMINGO 4º DE PASCUA (Ciclo C)


Primera Lectura: Hch 13, 14.43-52
Salmo Responsorial: Salmo 99
Segunda Lectura: Ap 7, 9.14-17
Evangelio: Jn 10, 27-30


Como cada cuarto domingo de Pascua hoy hablamos de pastores. Jesús se propone como pastor, algo que no asombra en un país en el que la ganadería era uno de las principales fuentes de subsistencia. Y es la ocasión para preguntarnos sobre qué es la Iglesia y sobre cómo, en esta Iglesia, todos tenemos una responsabilidad mutua, y sobre el hecho de que algunos hermanos sean llamados a señalar al Pastor y a reunir el rebaño alrededor de él.
La vida es un tiempo que se nos da para aprender a amar. Descubrirnos queridos por Dios, descubrir en él el manantial del amor, es la experiencia más preciosa que podamos hacer y esta experiencia es el meollo del anuncio de la Iglesia. Incluso en tiempos difíciles como los que estamos viviendo. ¿Pero existen alguna vez tiempos “fáciles”?.
Hoy queremos escuchar la palabra del Pastor, lo único que nos anima y nos espolea a tener confianza en el Padre.

Pastor decidido
Todos pensamos en el pastor que va en busca de la oveja perdida y que la devuelve al redil cargándosela sobre los hombros. Un imagen dulce y conmovedora la que nos da Lucas y que desvela nítidamente la experiencia interior del evangelista. Pero el pastor de Juan, del que nos habla el evangelio de hoy, tiene otras características: es recio y determinado, y lucha infatigablemente para defender el rebaño de los lobos y de los mercenarios. Un pastor que vela, que lucha, que está dispuesto a dar su propia vida por la salvación del rebaño, de una manera muy distinta de como hacen los pastores de profesión.
Jesús nos está diciéndonos que estamos en sus manos, en manos seguras; que nadie nos arrancará nunca de su abrazo; que sólo por él y en él recibimos la vida divina y sin fin. Pero para seguirlo hace falta escucharlo y reconocer su voz, es decir frecuentar su Palabra, meditarla asiduamente, reposar la vida en ella. Esa Palabra que se convierte en señal de su presencia, que ilumina cualquier otra señal de la presencia del Resucitado.

Escuchantes
Convertirse en adultos en la fe significa descubrir en lo más íntimo lo que Jesús dice: nunca nada podrá jamás alejarnos de la mano de Dios. Jesús nos tiene cogidos, con fuerza, de la mano. Nos quiere como un pastor es capaz de querer, como alguien que sabe adónde llevarnos a pastar. No como un pastor pagado por horas, sino como el propietario que conoce a las ovejas, una a una. Hemos sido comprados a un precio muy caro por el amor de Cristo.

domingo, 10 de abril de 2016

DOMINGO 3º DE PASCUA (Ciclo C)


Primera Lectura: Hch 5, 27.32-41
Salmo Responsorial: Salmo 29
Segunda Lectura: Ap 5, 11-14
Evangelio: Jn 21, 1-19


Jesús ha resucitado, proclamamos. Pues muy bien. Vivas y aplausos…  
Sin embargo, todavía muchos siguen en el sepulcro. Rígidos como cadáveres. Trastocados de dolor, como si el alma se les hubiera endurecido, sin emociones, sin deseos, sin sobresaltos. Como si la resurrección concerniese a otras personas, como si no fuera de veras conmigo.
Hay muchas personas que, aun diciéndose creyentes, viven así la Pascua. Una pena. Gente que sufre pacientemente, arrollada por los acontecimientos;  personas que por sus propios límites, o por dolor físico o espiritual, viven la Pascua sólo como una creencia, con un voluntarismo obstinado de puro esfuerzo y con el alma vacilante. Trastocadas como si la resurrección, en la que creen firmemente, no haya sido por ellas.
Exactamente como le pasó a Pedro. El último de los apóstoles  en convertirse.

El delito
Pedro llega a la resurrección con el corazón en puño. Su historia, la conocemos todos: Simón el pescador, llamado a convertirse en discípulo del carpintero de Nazaret; los tres años de seguimiento entusiasta con un crecido aumento de fama y popularidad; la promesa hecha a Simón - a él - de ser el referente del grupo de seguidores, el guardián de la fe; las meteduras de pata de Pedro que no logra moderar su carácter demasiado impulsivo y sanguíneo y, finalmente, la catástrofe de la cruz que todo lo desbarata.
Pedro, en el patio del Sanedrín, había negado conocer al hombre que creía amar y servir fielmente, sin fisuras; el hombre y el Mesías por el que – decía- hubiera dado la vida. Bastó la pregunta de una criada cotilla, para que se derrumbasen las frágiles certezas de quien llegaría a ser el príncipe de los apóstoles. Luego la detención, el proceso sumario, la ejecución. Después, también Pedro, como todos, huyó.
Sólo vagamente logramos entender cuánto dolor, cuánta desolación y cuánto suplicio sacudió la vida de los apóstoles. Pedro, sufriendo por la muerte del Maestro y por su misma muerte como discípulo, quedó desquiciado por su pecado. Y ahí permaneció.

domingo, 3 de abril de 2016

DOMINGO 2º DE PASCUA (Ciclo C)


Primera Lectura: Hch 5, 12-16
Salmo Responsorial: Salmo 117
Segunda Lectura: Ap 1, 9-13.17-19
Evangelio: Jn. 20, 19-31


El Señor ha resucitado. La tumba fue encontrada vacía y, desde ahora, todo es diferente. Los discípulos no saben qué pensar, alternando entre momentos de entusiasmo con los de duda y de impotencia. Encerrados en la habitación alta dónde celebraron la cena de Pascua, todavía se esfuerzan en focalizar lo que ha sucedido.
Es demasiado. Demasiado grande, demasiado inesperado, es una locura. Todo es nuevo, excesivo e incomprensible. Todo parece alterado.
De verdad, ha resucitado el Señor. Pero si es así, ¿quién es en verdad el Nazareno?
Las mujeres hablan de una visión de ángeles. Pero sólo son mujeres, emotivamente inestables, dirían los judíos del momento. También los discípulos de Emaús han hablado de un extraño encuentro. Y Simón, sumido en un mutismo que lo caracteriza desde aquella horrible noche de la negación, ha hecho alguna referencia a un fulano que ha encontrado.
Todavía están hablando de todo aquello cuando Jesús se aparece.

Fe
Obviamente es cuestión de fe. La fe se nos presenta como protagonista cada segundo domingo de Pascua, con un actor de excepción: el apóstol Tomás. El creyente, no el incrédulo.
Creer es un concepto ambiguo en las lenguas latinas, en las que creer equivale a dudar: “creo que mañana hará buen tiempo”. En las lenguas bíblicas, en cambio, para describir un acto de fe se usan dos verbos: “aman” y “hatah”, que indican un punto de apoyo seguro, una certeza absoluta; del primer verbo se deriva nuestra aclamación litúrgica “amén”: estoy cierto, así es.
Creer significa apoyarse a algo seguro, confiar plenamente en alguien que es confiable.
Pero Tomás ya no cree. Todo en lo que se había apoyado se ha derrumbado miserablemente. Su entusiasmo se ha apagado: todo parece perdido, el Reino de Dios es una vana ilusión, el Maestro una buena persona atropellada por la maldad del poder religioso. Tomás ya no tiene certezas porque la cruz las ha puesto patas arriba. Como también nos sucede a nosotros.

Bien
Y eso significa que precisamente aquellas certezas tenían que derrumbarse porque eran frágiles. Tomás aún no lo sabe, pero su fe está preparada para renacer, para apoyarse en la predicación del Maestro y ya no en las falsas perspectivas que el apóstol había elaboró por sí mismo. Si la fe se derrumba, significa que estaba apoyada en bases frágiles e inconsistentes y que, por fin, estamos listos para la verdadera Fe.