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domingo, 4 de septiembre de 2016

DOMINGO 23º DEL TIEMPO ORDINARIO (Ciclo C)

No sea que no pueda acabarla... (Lc 14, 29)

Primera Lectura: Sab 9, 13-18
Salmo Responsorial: Salmo 89
Segunda Lectura: Flm 1, 9-10.12-17
Evangelio: Lc 14, 25-33


 Aquí estamos acabando un enésimo verano. Un verano que se cierra con las insoportables y exasperantes vacilaciones políticas mientras que en el Mediterráneo el drama de los refugiados e inmigrantes continúa con toda su atrocidad. De enero a julio, 3.120 personas han muerto en su intento por alcanzar Europa, el mismo número que en todo 2015; y otros 6.500 migrantes fueron rescatados en el Mediterráneo frente a la costa libia. Es el montón de contradicciones que constituyen nuestra vida.
Y nosotros, por nuestra parte combatiendo la violencia que llevamos en el corazón, buscando rastros de luz, para arremangarnos mientras ofrecemos soluciones a partir de las noticias del periódico.
La Palabra nos acompaña siempre con constancia y fuerza; con breves reflexiones que socavan los corazones de piedra para liberar el alma que habita en ellos.
El camino de conversión es largo, pero merece la pena afrontarlo, porque la alternativa sería dejarse morir, día tras día, arrollados por la nada que se desborda en exceso sobre nostros. Ánimo, pues.

Buscar las cosas del cielo
El autor del libro de la Sabiduría escribe una reflexión que no desentonaría como editorial en una de nuestros acreditados diarios nacionales. El autor manifiesta que “los pensamientos de los mortales son frágiles, e inseguros nuestros razonamientos (…) ¿quién puede rastrear lo que está en el cielo?”; y que, a pesar de todo, no tenemos en nosotros una respuesta con sentido.
A nuestro mundo, que ha hecho progresos increíbles en la ciencia y en el conocimiento, le resulta difícil crecer en sabiduría y no logra dar respuestas a las numerosas preguntas de sentido de la humanidad.
Nuestro mundo es tecnológico, organizado, anhela a cruzar los espacios siderales, conoce gran parte de los secretos de la energía, logra mejorar continuamente el bienestar de los habitantes del planeta (al menos de los del hemisferio Norte...), pero lo que no logra dar respuesta al rapaz que se esconde en la droga, lo que no logra es contener el odio que se acalora en la guerra, lo que no supera es la indiferencia y la soledad que encierran a las familias en jaulas de cemento.
El autor sagrado da una respuesta: lo único esencial es buscar la sabiduría, entrar dentro de las cosas, no contentarse con cualquier cosa e ir más allá de las apariencias, redescubrir las profundidades del ser, allí dónde Dios vive. Esta sabiduría no es cultura o inteligencia, sino saborear la realidad (la palabra sabiduría deriva del latín sápere = saborear, aliñar, dar sabor). Se trata de descubrir, como Jesús nos dirá, que somos creados para amar y, amando, cambiar el mundo.
Necesitamos el regalo de la Sabiduría para elevar nuestra mirada a lo alto y a lo lejos.

¿Por dónde?
¿Dónde se encuentra la felicidad?
Jesús tiene una respuesta ardiente y emocionante:  sólo yo – dice -  puedo saciar todo deseo.
Al fin del verano, el Señor nos invita a hacer cálculos, como lo haríamos antes de afrontar el ingente gasto de una casa nueva, para que nos demos cuenta de que nuestro corazón necesita una plenitud que sólo Dios nos puede dar. Jesús no se propone como el fundador de una filosofía o de una religión, sino como el único capaz de llevarnos a Dios y así vivir en plenitud.
Y Jesús nos persigue y nos desafía:  pretende ser más que cualquier cariño, más que la alegría más grande (el amor, la paternidad o la maternidad) que una persona pueda experimentar.
Amarle sobre todas las cosas significa que él es capaz de colmarnos más que la mayor alegría que seamos capaces de vivir.
¡Qué presunción la de Jesús! ¿De verdad puede darnos una alegría más grande que la mayor que podamos experimentar? Puede.
Muchos hermanos y hermanas como nosotros - no unos exaltados, ni “raros”, ni diferentes -, han descubierto esto; nos testimonian que sí, que el Señor es la plenitud de la vida. Y el cristianismo ha superado los dos mil años de historia y de mediocridad de los mismos fieles porque unos pocos hombres y mujeres, devorados por el encuentro con Cristo, lo han hecho creíble.
Sí:  es posible encontrar a Cristo. En nuestro interior, en la oración, en el rostro del hermano, aunque sean unos instantes. Pero es posible, a pesar de nuestras evidentes limitaciones.
Jesús es una pasión infinita, un regalo total; es, a la vez, plenitud e inquietud. Él lo es todo.
Echemos bien las cuentas los que buscamos a Dios, calculemos cuidadosamente en qué estamos invirtiendo, qué es lo que nos estimula y nos inquieta, qué es lo que nos distrae y lo que nos mueve. La propuesta del Señor es desconcertante y fascinadora, Si, después de dos mil años, millones de personas la siguen escuchando hoy, eso significa que quizás sea verdadera; porque sólo Dios puede llenar nuestra inquietud, sólo él puede llenar el ansia de infinito que habita en cada uno de nosotros.
Esto es lo que movió la vida de la Madre Teresa de Calcuta, canonizada hoy por el Papa en Roma. Una vida volcada en el servicio a los más débiles por amor al Señor que era el centro de su vida, y en el que encontraba la fuerza y la consistencia para amar.

Cambios
Si hacemos esto desde ahora nuestra vida cambiará de perspectiva.
Poner completamente la búsqueda de Dios en el centro de nuestra vida, nos hará llegar a ser personas nuevas.
De esto sabe algo Filemón, un simpático cristiano de los orígenes, al que Pablo le hace llegar una nota recomendándole a un esclavo que se había refugiado junto al apóstol.
Pablo invita a Filemón a salir de la lógica de este mundo (amo-esclavo), para entrar en la lógica del Reino (hermano-hermano). Pablo no lo sabía, pero en aquella pequeña nota estaba plantando la semilla que se iba a convertir, varios siglos después, en el árbol de la abolición de la esclavitud.
Que Cristo Jesús, el que mantiene lo que promete, nos conceda, realmente, tener el ánimo de abandonar nuestras pequeñas certezas para afrontar con decisión la aventura de su seguimiento.


Para ello, en el curso que comienza, buscaremos a Dios. No a ese idolillo de nuestros miedos, de nuestros delirios, o de nuestras obsesiones. Sino al magnífico Señor Jesús, que es más grande que la mayor alegría que seamos capaces de vivir.