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sábado, 23 de septiembre de 2023

DOMINGO 25º DEL TIEMPO ORDINARIO (Ciclo A)



Primera Lectura: Is 55, 6-9
Salmo Responsorial: Salmo 144
Segunda Lectura: Flp 1, 20-27
Evangelio: Mt 20, 1-16

Difícil historia la del perdón. Una reflexión ácida, dura, que nos inquieta por dentro. El perdón es laborioso, muy serio y exige una conversión radical. No obstante, en el perdón se juega gran parte de la credibilidad del cristianismo. El perdón que debilita y descompone la violencia, que se vuelve profecía de un mundo nuevo, que redibuja el rostro humano, transformándolo en imagen de Dios, devolviéndolo así a su rostro auténtico.

La comunidad cristiana, con su modo de entretejer relaciones, con su capacidad de discutir (¡y de pelear!) de “otra” manera, con su capacidad de tomar en serio la suerte de cada hermano, se convierte en una anticipación del mundo nuevo, de la nueva creación.

Todo esto es en teoría, porque pasados ya 22 años del atentado a las torres gemelas el mundo sigue viviendo en la inquietud por agresiones, que no cesan, y en una violencia de todo tipo, mostrándose incapaz de convertirse a lo que es obvio: que sólo en el perdón y en la aceptación de la diversidad de las personas podremos vivir una vida provechosa para todos.

Se nos hace la boca agua hablando de democracia, pero en cada uno de nosotros, hay un pequeño déspota que quisiera ser el dictador de todos los demás, imponiendo su propio criterio...

Hemos sobrevivido a dos semanas de una Palabra de Dios punzante, y hoy nos encontramos con la parábola del dueño de la viña, que nos muestra la lógica divina de la gratuidad total, completamente diferente a la lógica humana basada únicamente en los méritos.

Incomprensible

La actitud del dueño de la viña es ciertamente incomprensible: la viña tiene mucha tarea, es grande y necesita muchos obreros para poder llevar a cabo la vendimia. Sale a la calle pronto, por la mañana, para contratar a los primeros obreros. Cuando ve que todavía no le bastan, vuelve para buscar más obreros y establece con ellos “lo que es justo” como recompensa del trabajo.

Cuando sale a las cinco de la tarde, una hora antes del fin del trabajo, ve aún a algunos callejeando y los invita a trabajar.

Ahí surge la complicación: ¿qué es lo justo?

Cuando los obreros de la primera hora ven que los otros, que han estado desocupados la mayor parte del día, reciben la misma cantidad – por otra parte, justamente – ellos se sublevan. ¡Ellos han trabajado todo el día y estos últimos solamente una hora, sin embargo, reciben el mismo sueldo, que injusticia!

Pero

La clave de la parábola está en su modo de pensar. Cuando ven que los obreros de última hora reciben un denario, ellos creen que van a recibir más. Cuando reciben el denario pactado no están pidiendo más, sino que exigen que los otros reciban menos.

 Cobardes y atemorizados no dicen lo que legítimamente desean, sino que piden al patrón que dé menos a los otros. Menos de un denario. Un denario era el sueldo mínimo diario para poder comer a una familia en los tiempos de Jesús. Unos 30 €, diríamos hoy.

En vez de ejercer un legítimo derecho (¡Danos más, que hemos trabajado todo el día!), la emprenden con los débiles y piden que se les dé menos a ellos; menos de lo que es indispensable para vivir. Se hacen fuertes con los débiles y débiles con el fuerte. Violencia reprimida. ¡Terrible!

¿No pensamos también así nosotros?

Ya sabemos lo que Jesús nos responde: “¿Vas a tener tú envidia porque yo soy bueno?”. ¿Me vas tú a impedir, con tus cálculos mezquinos, ser bueno con quienes necesitan su trabajo y  su pan para comer?

Meritocracia

El dueño es bueno, no quiere dar una limosna a los desocupados, no quiere humillarlos, quiere darles un atisbo de dignidad, la posibilidad de redimirse, de decidirse y de renacer. Lo hace con elegancia, con amabilidad, con misericordia.

El dueño es bueno, no es un tonto: con su dinero puede hacer lo que quiera. Como salvar gratis a un pecador, que es lo que Dios hace con nosotros. Aquí, Jesús se enfrenta a la lógica del mérito, que dice: “Dios me quiere y me premia porque me porto bien, porque hago méritos”. Así pensaban los devotos de su tiempo. Así piensan también los devotos de nuestros días. ¡Qué gran equivocación!

¡Qué pena da encontrarse con personas buenas, que se imaginan a Dios dedicado a anotar cuidadosamente los pecados y los méritos de los humanos, para retribuir un día, exactamente, a cada uno según su merecido! ¿Es posible imaginar un ser más inhumano y despreciable que alguien entregado a esto desde toda la eternidad? ¿Es ésta la imagen que, desgraciadamente, tenemos de nuestro Dios?

Jesús da un meneo a esa lógica humana que ve la justicia como el único modo de relacionarse entre las personas y con Dios. Es importante la justicia, ¡faltaría más!, sobre todo en nuestro tiempo cuando la explotación se disfraza de con formas diversas y modos sibilinos. ¡Claro que es importante la justicia!, pero siempre y cuando no amenace desembocar en la árida y estéril contabilidad de los méritos. Además del mérito está la gracia, el regalo, el don: esto es lo que Jesús se atreve a decirnos hoy.

Es una gran satisfacción conseguir una licenciatura o un doctorado después de años de estudio, o conseguir un trabajo después de buscarlo con esfuerzo durante tiempo. ¡Pero es una sorpresa indecible el regalo inesperado de alguien que nos quiere! Así es Dios: nos sorprende inesperadamente con su gracia, que supera siempre toda justicia.

Recordémoslo cuando queremos dar peso a nuestra fe con la balanza de las buenas obras, cuando creemos que así le damos gusto a Dios, o que le hacemos un favor con ello.

Convertirse a la bondad

Los obreros de la primera hora no comprendían con quién estaban tratando. Reducían su fe simplemente a fatiga y sudor. Peor aún: miraban con sospecha los otros, a los que veían como competidores de sus privilegios.

Esto no es así para los que acogen la luz del Evangelio. Asombrados, deslumbrados por la bondad del dueño, nos alegramos de la gracia de poder trabajar en la viña, nos alegramos por la posibilidad de que otros hermanos, incluso al final, puedan acoger la misma gracia que a nosotros nos ha transformado antes.

Que la bondad de Dios contagie nuestra vida, de modo que transforme nuestra jornada laboral, ya desde ahora, en una imagen de la alegría que Dios verterá en nuestros corazones forjados con la fuerza del amor.

Que nuestro Señor, manso y humilde de corazón, que vivió en sí mismo esta parábola en el árbol de la cruz, acogiendo el buen ladrón en la última hora, nos haga salir de las estrecheces de una fe “sindical”, de mera exigencia de méritos y derechos, para percibir, al menos un poco, qué brasero de amor y de bondad es su corazón; aprendamos del Señor, que es manso y humilde de corazón...

Es lo que Isaías nos presenta en la primera lectura que hemos escuchado. Isaías espabila a los deportados en Babilonia para indicarles la correcta lógica de Dios: si van a ser rescatados, si van a poder volver a Israel no será por sus méritos sino por pura iniciativa gratuita del Señor.

Cuando dejemos de usar la calculadora en nuestras relaciones, tanto entre nosotros como con Dios, entonces entenderemos lo que significa convertirse en discípulos de Cristo.

Creer en un Dios, amigo incondicional, puede ser la experiencia más liberadora que se pueda imaginar, la fuerza más vigorosa para vivir y para morir. Por el contrario, vivir ante un Dios justiciero y amenazador puede convertirse en la neurosis más peligrosa y destructora de la persona.

Hemos de aprender a no confundir a Dios con los esquemas estrechos y mezquinos que nos hemos montado. El Reino de Dios es gratis, no nos engañemos ni lo olvidemos.


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