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sábado, 2 de septiembre de 2017

DOMINGO 22º del TIEMPO ORDINARIO (Ciclo A)


Primera lectura: Jer 20, 7-9
Salmo Responsorial: Salmo 62
Segunda lectura: Rom 12, 1-2
Evangelio: Mt 16, 21-27

            ¡Pobre Pedro! La de problemas que tuvo, y no sólo por declarar que el carpintero de Nazaret era el Mesías esperado por Israel.
            Jesús era demasiado diferente en su manera de servir al Reino, demasiado audaz en su predicación, su idea de Dios era demasiado innovadora para poder identificarlo con aquel nuevo y glorioso rey David que restauraría la pasada gloria de Israel y al que todo el mundo estaba esperando!
            Pedro había reconocido a Jesús como el Cristo, y Jesús lo reconoce a él como piedra para construir, como una piedra viva fundada sobre la fe, la piedra que sustentaría a otros hermanos en la fe.
            Ahora, sin embargo, Pedro se ha convertido en una piedra de tropiezo, en una roca de escándalo. ¡Qué desastre!

Otro Mesías
            Una vez que Pedro reconoció a Jesús como Mesías, éste le explica que ser Mesías significa vivir sin gloria, sin poder, sin componendas. Y Jesús dice que está dispuesto a llegar hasta el final en la elección que ya ha hecho, que está dispuesto a morir antes que renegar de ser lo que es: la imagen viva de Dios, y así lo hará.
            Los discípulos quedan atónitos y descolocados: hacía poco tiempo habían estado hablando de quién tendría un cargo en el nuevo reino de Dios y Jesús ahora está hablando de dolor y de muerte.
            Pedro lo lleva aparte y le ruega que cambie el lenguaje para no desalentar la moral de las tropas. Él, también, como nosotros hacemos con frecuencia, queremos enseñar a Dios cómo tiene que ser Dios.
            Y Jesús responde con dureza: Pedro, le dice y nos dice también a nosotros, cambia de mentalidad y conviértete en un auténtico discípulo.
            Demasiadas veces nosotros, en vez de seguir al Señor, lo precedemos, queremos ir por delante de Él. Queremos mostrarle el camino y, sin embargo, la mayoría no seguimos el camino que él nos muestra.
            Somos nosotros los que sugerimos soluciones a los problemas, y la mayor parte de las veces no confiamos en la presencia y en la acción de Dios. Le pedimos que se convierta en nuestro discípulo.
            Jeremías, en la primera lectura, se queja a Dios. Él quería ser un profeta de buenas noticias y se ha convertido en un pelmazo insoportable, al que todos odian, incluso su familia. A Jeremías le gustaría abandonar, pero reflexiona y vuelve a aquel fuego que le ha seducido.
            Cuando nos ponemos en el lugar de Dios, en el lugar del fuego – como hizo Pedro - nos alejamos del camino.
            No nos preguntemos en qué momento nos encontramos en nuestro viaje interior, como si tuviéramos que completar una etapa de la vuelta ciclista, preguntémonos más bien si todavía vamos corriendo detrás de Cristo.


Todos
            Jesús insiste y, ahora, se dirige a todos nosotros.
A Él no le gusta halagar a la gente, y los discípulos no parecen fáciles de convencer. Pero él no engaña, a él no le gusta el marketing.  Su propuesta es cruda, directa y bastante insoportable cuando pronuncia tres imperativos que resuenan como un desafío. ¿Quieres ser mi discípulo? Pues:

Niégate a ti mismo. Es decir, no te pongas en el centro del universo, no quieras sobresalir a toda costa, no hagas como todos los que, en nuestro mundo, se empujan unos a otros para ser vistos, para que se les note. No hace falta, porque tú eres único, eres precioso a los ojos de Dios, eres una obra maestra, ¿por qué has de luchar para demostrarlo a los demás?
El discípulo, como el Maestro, toma muy a pecho la felicidad de los que están cerca, mira más allá, pone su vida en juego para que todos pertenezcan al Reino. No te pongas siempre en el centro, pon más bien en el centro de tu vida el sueño de Dios,  con libertad, como un adulto.

Toma tu cruz. Es decir que no tengas miedo de amar hasta que duela. Como Jeremías que no puede desprenderse del amor ardiente de Dios a pesar de las muchas decepciones que están viviendo.
            Por desgracia, una cierta devoción raquítica ha conseguido trastocar y confundir el simbolismo de la cruz que, nacida como medida del amor de Dios, se ha convertido en el emblema del dolor. Y no es así: Dios no ama el dolor, que quede claro, ni lo exige. Sólo que, a veces, el amor también significa tener que soportar el dolor y sufrir. Y Jesús sabe algo de eso, ¿verdad? Y las madres también, ¿no?

Sígueme. Es decir, comparte la elección de Jesús, su sueño, su proyecto. Dios está presente y se nos manifiesta, Él dirige nuestras decisiones con equilibrio e inteligencia cuando escuchamos sus palabras, cuando nos dejamos moldear por su voz interior. Seguir a Jesús significa cambiar de horizonte, conocer la Palabra de Dios, y dejar que sea la fe la que motive y cambie nuestras decisiones, la que convierta nuestros corazones.
            No olvidemos que somos discípulos siempre, buscadores siempre a lo largo de nuestra vida.

Nueva lógica, nuevo Dios
            Tenéis toda la razón en lo que, seguramente, estáis pensando: ¿cómo seguir a un Dios así? De hecho, lenta e inexorablemente hemos aguado esta página del evangelio, la hemos dulcificado para que sea aceptable, posible, razonable.
            Pero el amor que Dios nos tiene es muy poco razonable y, a menudo, nos señala metas altísimas para corroborar que, con Él, somos capaces de llegar a ser sus discípulos, viviendo como Jesús, abiertos al proyecto del Padre, sabiendo renunciar a la propia seguridad o ganancia, buscando no solo el propio bien sino también el bien de los demás. Este modo generoso de vivir nos conduce a todos a la salvación.
            Es un evangelio exigente el de hoy, cuando está acabándose el verano. Pero es un evangelio que nos muestra a puertas abiertas cuál es el sueño Dios para nosotros: que vivamos nuestra vida en el amor a Dios y a los hermanos. Que así sea.