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sábado, 26 de noviembre de 2016

DOMINGO 1º DE ADVIENTO (Ciclo A)


Primera lectura: Is 2, 1-5
Salmo responsorial: Salmo 121
Segunda lectura: Rom 13, 11-14
Evangelio: Mt 24, 37-44

Vuelve el Adviento, comienza el nuevo año litúrgico, el camino para prepararse y esperar la Navidad, para convertir el corazón a la buena noticia de un Dios que viene a comprometerse con nosotros. Eso significa que estaremos dentro de un mes nuevamente a la mesa abriendo regalos y dándonos felicidades. Al menos quien tenga alguien con quien sentarse y cuatro cuartos para comprar un regalo.
Si miramos alrededor, nos vemos desorientados, como quién, después de una larga noche de batalla, ve el resplandor de la aurora en el oriente. Estamos demasiado cansados para alegrarnos. Hay demasiadas heridas para curar. Demasiada hemorragia de esperanza como para tomar en serio las invitaciones a la alegría, tan poco convencidas, que empezamos a ver en televisión. Llega la Navidad y nosotros aquí en pleno campo de batalla.
El Adviento es el único instrumento posible que tenemos para resistir y sobrevivir a ese otro nacimiento consumista y comercial. Necesitamos pararnos, al menos algún minuto, y mirar adónde estamos yendo, necesitamos encontrar una cuerda en la que colgar, como en una colada, todas nuestras vicisitudes. Hoy empieza el Adviento: sinceramente, lo necesitamos.

Anhelos
Son cuatro las semanas que nos preparan de la Navidad, un espacio de salvación que se nos da para tomar conciencia de nuestra vida. Un mes para preparar una cuna a Dios, aunque sea en un establo. No estamos aquí para hacer un simulacro del nacimiento de Jesús, porque él ya ha nacido en la historia y volverá en gloria. Ahora se trata de que Jesús nazca en mí, aquí y ahora. Ya.
En medio de la crisis de un mundo en descomposición, en medio de los miles de líos que tenemos que afrontar cada día, arrancando con uñas y dientes un tiempo para vivir en serio.
Como cristianos hemos de cuidar cada vez más que nuestro modo de vivir la esperanza no nos lleve a la indiferencia o al olvido de los pobres. No podemos aislarnos en la religión para no oír el clamor de los que mueren diariamente de hambre, o en la fosa común del Mediterráneo huyendo de la violencia y de la tragedia humana de sus países. No nos está permitido alimentar nuestra ilusión de devota inocencia para defender nuestra tranquilidad de conciencia. Cuando el Papa Francisco reclama “una Iglesia más pobre y de los pobres”, nos está gritando su mensaje más importante a los cristianos de los países del bienestar.
Como cristianos queremos prepararnos, necesitamos entender cómo podemos encontrar al Dios que se ha hecho accesible, que se ha vuelto topadizo, que se ha puesto rostro en Jesús. Queremos poder ver a este Dios entregado, rendido, patente y escondido en las miradas y los rostros de tantos recién nacidos.
Ciertamente son pocas cuatro semanas para conseguirlo. Pero podemos intentarlo una vez más. Porque podemos celebrar cientos de navidades sin que Dios nazca jamás en nuestros corazones alguna vez.

Uno llevado, otro dejado
Jesús en el Evangelio cita los acontecimientos simbólicos de Noé y nos dice que alrededor de él había un montón de buena gente que fue arrastrada por el diluvio sin tan siquiera enterarse. Por eso, nos invita a velar, a estar despiertos. Es lo mismo que hace Pablo, exhortando a los romanos: hace falta despertarse, espabilarse y actuar. Vestir las armas de la luz.
Jesús nos advierte: “a uno se lo llevarán y a otro lo dejarán”. Es decir, uno encuentra Dios, el otro no. Uno se llena de plenitud y el otro no se deja encontrar. Uno vive conscientemente, otro ni siquiera se plantea el problema de la vida y de la fe.
Dios es discreto, modesto, casi tímido. No impone su presencia. Su llegada es como la brisa de la tarde. A nosotros se nos pide abrir el corazón, abrir los ojos y dejar que nuestro profundo deseo aflore.
¿Cómo? Cada uno ha de ver lo que más le ayuda a ello. Recortando un espacio diario para la oración, para meditar la Palabra. Algunos logran cogerse un domingo por la tarde para hacer un par de horas de silencio y oración, otros se desvían un poco para ir al trabajo y entran en una iglesia. También ayudan los símbolos de la Navidad cristiana:  preparar un belén, adornar un árbol, preparar y rezar con la corona del Adviento en casa, tener el corazón puesto en los pobres…
Hagamos algo, aunque sea algo pequeño, para preguntarnos si Cristo ha nacido en nosotros, para no dejarnos atropellar por la avalancha de palabras, cosas y tragedias que cada uno vivimos.

“Buenismo”
Pero, para agravar nuestra situación, no sólo tenemos que combatir el olvido, sino que, además, nos toca luchar contra la falsa navidad.
No se entiende por qué una fiesta espléndida, la fiesta que celebra la inaudita noticia de un Dios que irrumpe en el mundo, se haya falsificado con la melaza del “buenismo” navideño. La verdad es que cuanto menos cristianamente se vive la Navidad, más pringosa parece.
La Navidad es un drama, es la historia de Dios, que se hace presente, y la del hombre, que está ausente. Verdaderamente no hay nada que celebrar, porque la humanidad no quedó nada bien la primera vez que sucedió; más bien hizo un papelón ante la llegada de Dios.
La Navidad es como un puño en el estómago, es una provocación, un acontecimiento que obliga a definirse, a tomar partido por Dios y su amor, o no.
La Navidad es la docilidad de Dios que nos obliga a una conversión.
Después…, que vivan los regalos, que viva la fiesta. Pero que sea auténtico lo que hacemos, que Dios - al que festejamos - esté presente en nuestros hipercalóricas cenas, que nuestros críos entiendan que es el cumpleaños del Señor, y que, por eso, nosotros nos hacemos regalos y celebramos la fiesta.

Sin embargo…
Sin embargo, es desalentador que la Navidad, para los auténticos pobres, para quienes han padecido un abandono, un trauma, un luto, se haya convertido en una fiesta odiosa e insostenible.
Frente a las imágenes estereotipadas de la familia feliz alrededor del árbol, en armonía y con cantos de ángeles, que nos proporcionan los medios de comunicación, los que viven con los afectos destrozados y en soledad son invadidos por un insostenible dolor. Y esto da una rabia infinita.
El Dios de los pobres, el Dios que viene para los pastores (los marginados de aquel tiempo), el Dios que no nace en el Templo de Jerusalén, sino en la cueva de Belén, es sustituido por el dios pequeñito de nuestro “buenismo” hipócrita. Si los abuelos solos, si las personas abandonadas, si los heridos de la vida no tienen un brinco de esperanza en la noche de Navidad, significa que nuestro anuncio es ambiguo, arrasado y reemplazado por un inútil mensaje de genérica paz.
Dentro de cuatro semanas celebraremos la Navidad. No juguemos a hacer un simulacro del nacimiento de Jesús, porque él ya nació, murió, resucitó, y vive para siempre con nosotros.

El problema está en que hayamos nacido, o no, a la vida de Dios y su amor. Oremos para que así sea mientras preparamos el camino al Señor en el Adviento que comenzamos.