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miércoles, 28 de junio de 2017

SOLEMNIDAD DE SAN PEDRO Y SAN PABLO (29 de junio)

Primera lectura: Hch 12,1-11
Salmo Responsorial: Salmo33
Segunda lectura: 2 Tim 4,6-8.17-18
Evangelio: Mt 16, 13-19

Hay aspectos de la Iglesia que cuestan vivir y entender incluso formando parte activa de ella y amándola como sueño de Dios que es. Hay aspectos, en cambio, que nos llenan de alegría cada vez que uno piensa en ellos.
 La fiesta que hoy celebramos, es precisamente una de estas sorpresas desbordantes que le  hacen a uno  feliz y orgulloso de ser cristiano católico.
Hoy celebramos a los  santos Pedro y Pablo, su recorrido, su fe, su lucha.
Para redescubrirlos debemos sacarlos de los nichos en que los hemos puesto y tener el ánimo de pensar en ellos como en unas personas normales que han tenido la suerte de encontrarse con Dios. Por eso se parecen tanto a nosotros. Por eso nos son tan necesarios.
Pedro es el pescador de Cafarnaúm, hombre sencillo y tosco, entusiasta e impetuoso, generoso y frágil. Pablo es el intelectual elegante, el celoso perseguidor, el convertido devorado por la pasión. ¡Completamente diferentes!
Nada ni nadie habría podido poner juntos a dos personas tan distintas. Sólo Cristo.


Pedro
Pedro, el pescador de Cafarnaúm, hombre rudo y simple, de gran pasión e instinto; Pedro que sigue al Maestro con fogosidad, poco acostumbrado a las sutiles disquisiciones teológicas; Pedro que quiere intensamente Jesús, que escudriña sus pasos; Pedro el generoso que sabe poco de diplomacia y que la mayoría de las veces, en el Evangelio, interviene groseramente y a destiempo. Pedro acostumbrado a la fatiga del trabajo, con el rostro marcado por profundas arrugas, con las manos inflamadas y agrietadas por las sogas y el agua. ¿Qué sabía él de profecías y de disputas entre rabinos? Hombre con sangre en las venas y de lo concreto, hombre de mar y de peces, Jesús lo ha elegido por su testarudez, por su temple.
Justamente es Pedro el elegido, y no Juan el místico, para ser el jefe del grupo, para confirmar en la fe a los hermanos. Un Pedro extrañado y confuso por este nuevo rol que se le encomienda, absolutamente fuera de sus registros.
La historia de Pedro tiene así un encumbramiento inesperado y brutal;  Pedro tendrá que ser triturado por la cruz, tendrá que darse de bruces contra su propio límite, llorar amargamente su propia fragilidad para convertirse así en el punto de referencia de los cristianos.
Ninguno de nosotros conoce su propia fe hasta que no es puesto a prueba: así Pedro que se sentía ya adulto en la fe, firme en sus convicciones, tiene que habérselas con su miedo, reniega del Maestro y llora.
A este Pedro lo encontramos, después de su fracaso, cerca del lago de Tiberiades, dónde le espera el resucitado y le pregunta si lo ama. Pedro baja la mirada, siente arder una herida cortante dentro de sí. Pero cree y ama: ahora sí, desde la prueba y el fracaso, es verdaderamente capaz de confirmar a los hermanos en la fe; ahora sí, de verdad, puede acompañar a los hermanos en el camino.
Gran Pedro, te queremos. No eres el mejor pero eres verdadero, auténtico, capaz de llorar tus equivocaciones. Y por ese llanto te queremos, por ese silencioso sollozo de perro fiel, porque tu fragilidad y tu miedo son los nuestros.
El Señor pide a Pedro conservar la fe, mantenerla intacta, dejarla crecer dentro de sí y confirmar a los hermanos. ¿Por qué ha sido elegido Pedro como garante de nuestra fe? Porque cree: él es el único que, impulsivo como siempre, se ha tirado al lago yendo al encuentro de Jesús que camina sobre las aguas.

Pablo
Y, por otra parte, está Pablo, tan diferente de Pedro. Pablo, el estudioso, el intelectual, el polémico, el creyente intransigente y fanático que cae por tierra ante de la luz del Nazareno, nos recuerda el ardor de la fe, el ansia del anuncio, el regalo del carisma, el fuego del Espíritu.
Pablo es confrontado primero por sus excompañeros, los fariseos, y luego por sus nuevos hermanos, los cristianos. Algunos cristianos de Jerusalén ven en su apertura al paganismo una traición del Evangelio y lo obstaculizan por todos los medios. ¡Cuánta paciencia e irritación, a partes iguales, tendrá que ejercer Pablo para llevar adelante su idea del Reino! Gracias a él nosotros ahora somos hijos de Dios, gracias a su constancia y a las pruebas que tuvo que superar.
Sin él, el cristianismo habría quedado cerrado en el espacio estrecho de la experiencia de Israel; gracias a Pablo los muros han sido derribados, gracias a él y a su fuerza el Evangelio ha trastocado la historia.
Pablo el apasionado, el ardiente, el que ama y da la vida por sus comunidades. Ojalá redescubramos en nosotros el fuego de Pablo, sus batallas por la fe, acercándonos a sus textos, a sus intuiciones.

Las columnas
Pocas veces en sus vidas se encontraron estos dos apóstoles. A veces discutieron y pelearon, se enfrentaron, se recordaron mutuamente el camino de la fidelidad. Sin embargo su Señor se empleó a fondo para hacerlos llegar a ser las dos columnas principales en que se apoya el edificio de la Iglesia.
Pedro encarna la conservación de la fe. Pablo, el ardor del anuncio, la anarquía del Espíritu.
Difícilmente se podría haber conseguido poner juntas dos figuras más diferentes y, sin embargo, la Iglesia es así, hecha de una gozosa diversidad, de una desbordante riqueza. Y es bonito y consolador celebrar hoy, en una sola fiesta, a dos personajes que nunca, en la vida, hubieran querido ser recordados juntos.
Así es la Iglesia, que hoy se alegra por estos enamorados de Dios, encantada de poder proponer a cada persona el mismo recorrido en el descubrimiento del rostro del Señor Jesús.
Pero la Iglesia no es de Pedro ni de Pablo sino de Jesús. Quien edifica la Iglesia no es Pedro, sino Jesús. Pedro es sencillamente “la piedra” sobre la cual se asienta “la casa” que está construyendo Jesús. La tarea de Pedro es dar estabilidad y consistencia a la Iglesia: cuidar que Jesús la pueda construir, sin que sus seguidores introduzcan desviaciones o reduccionismos.
El Papa Francisco sabe muy bien que su tarea no es “hacer las veces de Cristo”, sino cuidar que los cristianos de hoy se encuentren con Cristo. Esta es su mayor preocupación. Ya desde el comienzo de su su servicio de sucesor de Pedro decía así: “La Iglesia ha de llevar a Jesús. Este es el centro de la Iglesia. Si alguna vez sucediera que la Iglesia no lleva a Jesús, sería una Iglesia muerta”.
Francisco considera decisivo “volver a la fuente y recuperar la frescura original del Evangelio” pues, siempre que lo intentamos, brotan nuevos caminos, métodos creativos, signos más elocuentes, palabras cargadas de renovado significado para el mundo actual.

Pidamos por el ministerio del Papa en este día de Pedro el pescador y  Pablo el intelectual, las dos columnas sobre las que se apoya nuestra fe. Que ellos nos enseñen a vivir con ternura nuestra pertenencia a la Iglesia.